Confidencias

Soy hija única, el nombre que llevo lo eligió mi padre sin el consentimiento de mi madre, ella quería otro, un poco menos común, pero mi padre quería darle una alegría a su madre, Sinforiana, que estaba a 18.000 Km. de distancia. No, no me llamó Sinforiana, aunque me hubiera gustado, me nombró Carmen y llegué a España a la edad de 4 años, a los 6 años entré en un colegio de monjas, compartía el aula con 40 niñas, de las cuales 9 llevaban el mismo nombre que yo. La profesora me llamaba por el número de lista (de esto hace mucho, mucho tiempo) yo era “32”.

Mi padre siempre quiso un chico, un hombre debe tener un hijo para que continúe el apellido, y lo esperó, al chico, durante años, a mí de niña me daba pena mi padre, siempre imaginando lo bueno que hubiera sido tener un hijo varón. Pero yo era una niña y lo que pensara o sintiera no era relevante. En realidad, no creo que a nadie se le pasara por la imaginación que la cabeza me sirviera para algo.

Una vez a la semana mi madre iba al cine, a mi madre lo que más le gustaba en el mundo eran los largometrajes, cuanto más metraje, mejor. Ella iba entre semana, sola, porque a mi padre no le gusta el cine, era algo que no podían compartir. Los fines de semana veían juntos el fútbol en la televisión; después del cine, el fútbol era lo que más le gustaba a mi madre.

El día que mi madre le dijo a su madre, Teresa, que se iba a casar con “el español” mi abuela se puso a llorar. A mi abuela la vida no la trato del todo bien, aunque no la trato del todo mal, y la experiencia le mostraba algunas cosas. Lloraba porque mi padre tiene las manos muy grandes, y decía: “Mi´ja, si ese hombre le pega, la mata”.

Pero mi madre se casó con él, porque él creció en una casa donde no se pegaba, porque nunca le pidió que dejara de trabajar, ni le pidió cuentas de cómo usaba su dinero, ni le dijo que no estaba bien ir al cine sola.   Mi madre y mi padre discutían a veces, yo los miraba de lejos mientras las palabras crecían envolviéndolos; pero las grandes manos de mi padre en los 20 años que compartieron,  sirvieron únicamente para abrazarla.

Y llegó la adolescencia, fue la peor parte. Siempre que pedía permiso para hacer algo, mi padre respondía: “Si fueras un chico no habría problema, si tuvieras un hermano que te acompañara, te dejaría ir; pero una muchacha sola… es peligroso”.

Y a mí, se me paraban los pulsos, y me hervía la sangre.

Yo me quejaba de mi falta de libertad, y ella, mi madre que no deja de sorprenderme con su sabiduría me decía: “No se puede tener todo a la primera. Hay que saber quererse, pero también hay que saber esperar, teniendo el objetivo claro”.

Tengo dos hijos varones, al nacer los vestí con toda la gama de colores, del blanco al negro, pasando por rojo, rosa (“¡qué niña tan bonita!”), verde y azul. Han dormido, la infancia entera, bajo formas fluorescentes en habitaciones con balones, camiones, cocinitas, herramientas de madera, muñecos y muñecas. Ahora, adolescentes, lloran como hombres cuando tienen una pena… ¡pero no se depilan las piernas! Sería el mayor fracaso de esta madre feminista.

Mi padre, mira y calla. Y sonríe cuando no los dejo salir de noche, soy madre y tengo miedo. Miedo a que la droga les arruine la vida. Les digo: “No se puede tener todo a la primera. Hay que saber quererse, pero también hay que saber esperar, teniendo el objetivo claro” y añado, con un guiño que busca una sonrisa:  “no saldrían hasta la madrugada, ni aunque fueran chicas”.

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