Holden y yo. Nueva York y yo

Es esta una historia de amor en presente continuo… con sus desilusiones y desencuentros dado que es real.

Yo era una quinceañera, mala estudiante y excelente lectora. Estaba en primero de bachillerato y había leído en los dos últimos curso de la EGB todo lo que el profesor de Lengua y Literatura tenia para ofrecer en primero y en segundo. Hice pues todos mis trabajos antes de tiempo, pero con buen criterio el profesor me dio lecturas complementarias, entre esas lecturas estaba “El guardián entre el centeno” la historia de un mal estudiante y un excelente lector.

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Supongo que resulta obvio que el amor surgió en la primera pagina, en realidad fue en el primer párrafo. Lo que ustedes no podrían imaginar es que el amor ha permanecido constante y fiel durante los últimos treinta y dos años. Releo a Salinger con cierta frecuencia, no cada año, pero si cada lustro. Sus nueve cuentos siguen siendo para mi una maravilla, mi favorito siempre “Justo antes de la guerra con los esquimales”, aunque yo, cuando cuento cuentos de la tradición oral Inuit señalo claramente que el nombre esquimal no lo debemos usar, … pero nadie es perfecto, y supongo que Salinger menos que la mayoría, no era lo suyo ser políticamente correcto.

De mi infancia y adolescencia ya casi no me quedan sueños por cumplir, uno de los últimos era ir a Nueva York, visitar Central Park, sentarme a mirar los patos, preguntar a un taxista quizás…

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Pero es posible que este sueño ha llegado demasiado tarde, me he hecho mayor y Nueva York es ya demasiada ciudad para mi. El Central Park es todo lo que promete en las películas, espacios de verdes praderas y bosquecillos donde perderse por unos minutos, pero ¿qué es eso para alguien que vive en el campo? Por lo demás, demasiada gente, demasiados coches, demasiadas obras, demasiado caro, demasiadas prisas… y luego la tontería de matarte hablando en inglés con personas que luego resulta que hablan en perfecto castellano.

Holden se perdió durante unos días en una ciudad asequible, Manhattan parece tan pequeña y cómoda en el libro, casi tan asequible como el Madrid de Galdós, y de eso no queda nada, o casi nada, o yo no he sido capaz de encontrarlo.

Lo que he sacado en limpio de mi visita a Nueva York es que, realmente me gusta ser una ciudadana del extraradio, alguien que puede ir a USA y a Senegal, y ver cine norteamericano, sudamericano, chino e incluso, por casualidad, africano; es algo que para la mayor parte de la gente que he conocido allí no es ni un sueño, ni una posibilidad… y siento que su mundo, aunque sea el centro del mundo, es más pequeño que el mío, espero que no sonar demasiado soberbia.

Mi mayor alegría en este viaje, es que me traigo una colección casi completa de los libros de Roald Dahl, nueve libros de segunda mano muy cuidados.

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