Entre el aborto y la pena de muerte: Ser Persona

A veces uno se cae del guindo, así de repente. Eso me ha pasado a mi estos días. Ha sido a raíz de la canonización de Juan Pablo II, que he logrado abrir los ojos a una realidad diferente.

De todas las discrepancias que tengo con Karol J. Wojtyła, que las tengo yo pues obviamente nuestra comunicación nunca fue completa; la de que la Persona pueda perder su dignidad fue siempre la más dolorosa. No podía entender yo como era posible que alguien como él, atento al evangelio: “vosotros sed perfectos como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos” (y aquí Jesús se refiere a la caridad, a la perfección en la caridad, que es una virtud teologal que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo), pudiera perder la esperanza (otra virtud teologal, la más pequeña y sorprendente) en el ser humano. ¿Cómo un hombre que sabía tanto y era tan cristiano podía pensar que hay justificación para la pena de muerte? ¿como una persona que ha sufrido persecución puede pensar que en algún momento se pierde toda esperanza, la esperanza de tomar la verdadera media de las cosas y encontrarse amando al prójimo?

Esta duda que vive en mi no encuentra respuesta, pero voy encontrando en mi camino vital personas (para mi siempre Personas) que justifican la perdida total de la dignidad humana y con ello justifican la posibilidad de darles un trato inhumano. Incluido el más inhumano de todos, la pena de muerte. Esto se justifica diciendo: “ya no es Persona”. Sus actos y sus pensamientos han borrado su humanidad.

Por eso, lo que ha visto la luz es la clave de nuestras discrepancias. Nada más.

Aunque yo siempre he sabido que nunca, bajo ninguna circunstancia iba a someterme a un aborto (por que la esperanza es grande en mí), estoy del lado de quienes piden legalizar el aborto. Quienes así pensamos estamos convencidas de que las personas comienzan a ser cuando su crecimiento fetal hace que podemos atisbar a la Persona. De modo que sentimos que desde el momento en que comienza a ser Persona es una vida que debemos cuidar y proteger, y por lo general no suele suceder que pidamos la pena de muerte pues desde ese momento y para siempre mantenemos la esperanza.

Por el contrario, es frecuente que los antiabortistas que centran su esperanza en el comienzo, en esas veinte horas que dicen que dura la fecundación, la pierdan ante quien es capaz de cometer actos de violencia hacia otras personas.

Por eso es tan difícil que nos lleguemos a entender. Pues la clave está en lo que percibimos como Persona y como potencialidad de Persona. La clave está en donde ponemos el acento de nuestra esperanza.

Están quienes acentúan la potencialidad de la inocencia como calve que debe hacernos proteger la vida; y quienes acentuamos la potencialidad del cambio, de la toma de conciencia pese al pasado desolador.

Donde comienza la esperanza o donde termina la esperanza… en ese lugar se abre el abismo que nos separa y que parece infranqueable.

De nada servirá que yo insista en que el aborto no es algo que se hace por placer, de nada servirá que ellxs me digan que la decisión de ejecutar a alguien es algo que se hace con extremo dolor. Todo el engranaje cultural que nos separa difícilmente encontrará alivio.

Hubo un tiempo, ya lejano, en que yo era una persona con la esperanza perfecta. Alguien contraria al aborto y a la pena de muerte, alguien que mantenía la esperanza íntegra de principio a fin, sin embargo aunque a grosso modo eso continua así en el plano personal, el contacto con las otras (y lo digo en femenino porque son ellas las que me han cambiado) me ha llevado a valorar que si bien es cierto que la vida siempre es sorprendente, también es cierto que la vida se compone de elecciones, no siempre egoístas (como suelen pensar los antiabortistas), elecciones/decisiones que nadie puede afrontar salvo nosotras mismas. Cuando has mirado a los ojos a esas mujeres tan humanas, tan frágiles, tan valientes, tan cargadas de responsabilidad. Entonces no deseas ponerlas en peligro, no deseas hacerles más difícil la vida. Y piensas que mientras no existen certezas del comienzo, ni una verdadera sociedad solidaria y de la dependencia recíproca. Una sociedad cuya base sea la práctica común de dependencia estrecha de la felicidad de cada individuo de la felicidad de todos, y sobre los sentimientos de justicia o de equidad, que obligan al individuo a considerar los derechos de cada uno de los otros como iguales a sus propios derechos (Kropotkin)… mientras tanto, es menester para mí mantener abierta la brecha.

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