La madre que nos hace

Una amiga ha escrito en su muro de facebook: “El día de la madre es una tontería”.

Y yo, que no lo celebro jamas (y a mis hijos no se les ocurriría llamarme un día como hoy, salvo caso de extrema urgencia) he respondido: A veces… depende de para quien y depende del año.

No lo he celebrado nunca siendo madre, no lo necesito. A mi me gusta ser madre, es la única parte de mi vida que he elegido, todo lo demás ha sido por casualidad. Adoro a mis hijos tal y como son, y mis hijos me quieren (sin modestia lo digo) aunque nunca sabre si en su mapa de “madre ideal” harían algunos cambios en la que les ha tocado.

Y dicho esto, debo explicar el motivo de esta reflexión. Tengo en mi habitación un regalo que le hice a mi madre, un día como hoy. A ella le gusto mucho. Es una tontería, una reproducción en plástico de un Oscar de Hoollywood. Se lo regale con cierto pudor ya que unos años antes me había pedido con su delicadeza habitual (osea, ninguna): “no me traigas más manualidades horribles que no las voy a poner en casa” (le encantaba su casa). Pero a mi madre le hubiera gustado ser actriz y ganar un Oscar, de modo que en la primera tienda de regalos que abrieron en mi barrio, en los años 80, le compré esa reproducción en plástico que decía “Oscar a la mejor madre”, y le hice entrega en una ceremonia con mucho glamour y ella lo puso en su mesilla. Allí estaba el Oscar el día en que murió. Ahora esta en mi mesilla todos los días.

No es que me haga falta el Oscar para recordar a mi madre, puedo perderlo o puedo tirarlo (no soy mucho de apegos materiales), pero reconozco que verlo me pone contenta y me acuerdo de ella. No pasa un solo día en que no me acuerde de lo mal que cocinaba y de lo bien que lo pasábamos juntas.

Ella, Carmen Alicia o Doña Carmen (según para quien), mamita linda para mi. Una madre de largas uñas pintadas de rojo brillante, con un olor dulzón mezcla del maquillaje y las cremas variadas de día, de noche, limpiadora, tonificante, antiarrugas y no sé cuantas cosas más.  Tenia la piel más suave del mundo, a mi, que de tanto caerme tengo las rodillas hechas un callo, me alucinaba la suavidad de la piel de sus rodillas (ella fue una niña traviesa e intrépida de grandes habilidades motoras) , y cuando me sentaba en la alfombra a sus pies para charlar, disfrutaba el momento acariciando esa piel tan suave, tan, tan suave.

Me acuerdo de lo bueno y de lo malo, también de lo regular.

Era una persona muy directa. Sincera consigo misma y sincera con las demás. De ella aprendí que quien te quiere te dice la verdad, y que uno ama a las otras personas en igualdad de condiciones y sin esperar cambiarlas. Aprendí a asumir las decisiones con responsabilidad, pero sin culpa. Aprendí que se puede cambiar de opinión porque la vida es muy larga, y vas sumando experiencias, reflexiones y en un determinado momento te das cuenta de que ya no te gustan las cosas que te gustaban, ni piensas lo que pensabas, y eso esta bien, tan bien como no cambiar de opinión porque la original te sigue pareciendo la correcta.

Mi madre, en mi infancia, nunca me leyó un cuento, ni jugó conmigo. Nunca se preocupo mucho por si comía o dejaba de comer, por si salia abrigada o desabrigada, ni le preocupaban mis malas notas. Decía ella que una persona inteligente como yo sabría salir adelante por si misma, como ella misma supo salir adelante y llevar una vida autónoma y emprendedora.

Ella nunca leyó ninguno de mis cuentos, porque no eran de amor romántico (y decía ella que yo era un poco incomprensible).  Mi madre sólo leía novelas de Barbara Cartland y lo hacia antes de dormir, fumando un cigarro mentolado, en su cama individual.

También aprendí que para prepara una fiesta necesitas un ritual, no un presupuesto.

Aprendí a cocinar arroz graneado aunque no lo hago muy bien. Y que una mujer puede ser una pésima cocinera y disfrutar de un matrimonio heteronormativo muy feliz, diga lo que diga el refranero. Mis padres fueron muy felices en su matrimonio y ninguno de los dos cocinaba ni medio bien.

La parte fea fue su insistencia en la combinación de colores al vestir y al decorar la casa (¡vivo mentalmente esclavizada por las combinaciones del color!).

La parte más fea fue que murió con 47 años y no pudo envejecer. Estoy segura de que hubiera sido una autentica maestra para mi.

A mi madre no le gustaban las niñas y los niños, aunque como era sonriente y respetuosa ella gustaba mucho a todas las personas de cualquier edad. Supongo que su falta de aprecio a la infancia fue la causa por la que siempre me trato como a la persona que soy, y me explico todo sin dejarse nada. Con cuatro años aprendí que las mujeres menstruamos, y que a veces duele. A los catorce años aprendí la teoría sobre como deben saber los besos en la boca y a los dieciséis me contó que el sexo sin orgasmos no es divertido.

Nunca me he entretenido en imaginar como diseñaría a mi madre ideal, ni a mis hijos ideales. Lo que si sé es que para ser quien soy he tenido y tengo múltiples influencias, entre todas ellas, una muy importante ha sido mi madre. La madre perfecta para mi.

CarmenAliciaParedesAstudillo
Carmen Alicia Paredes Astudillo (1938-1986)

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