Ser mujeres y tener poder

En 2012 salió una biografía no autorizada sobre la vida de Angela Merkel. “La madrina” es el titulo y la autora es Gertrud Höler, una antigua asesora de la canciller alemana. No he sido capaz de encontrarlo y me he tenido que conformar con leer los comentarios en las redes, pero lo que me hace reflexionar es la cantidad de gente indignada por las palabras duras de la autora.

Para mí, lo valioso del libro es que es el ataque de una mujer a otra mujer, ambas haciendo uso de su parcela de poder público. No está mal, esto es lo que han hecho los hombres durante siglos, mientras nosotras estábamos circunscritas al ámbito doméstico. Sin embargo, no puedo evitar sentir una punzada de dolor, y me pregunto ¿por qué debemos repetir esquemas? Ya que hemos vencido tantas barreras bien podríamos tirar al suelo algunas más.

Volviendo al libro, me ha sorprendido descubrir el pasado okupa, en un edificio de apartamentos de la Alemania comunista, de Ángela Merkel. Imagino que a estas alturas estará realmente arrepentida de aquella debilidad pasajera, de aquel arranque de idealismo que conjugaba denuncia contra la especulación inmobiliaria y praxis en la defensa de quienes se mueven en los márgenes del sistema y no pueden acceder a una vivienda por no gozar de la suficiente solvencia económica.

Imagino que a esta mujer poderosa, en el sentido más tradicional del término, le molesta recordar esa parte de su vida. Es solo una suposición, pues es posible que ella encuentre que su evolución ha sido coherente. Para que me entiendan les comparto la definición de poder que he encontrado en el libro “Sexo, género y poder” de Almudena Hernando Gonzalo (Complutum, ISSN 1131-6993, Nº 18, 2007, págs. 167-173), especialista en arqueología del género.

Norbert Elías definió el poder como la “expresión de una posibilidad particularmente grande de influir sobre la autodirección de otras personas y de participar en la determinación de su destino”, lo que significa que para poder ejercerse es necesario, por un lado, tener claro los objetivos que se quieren alcanzar (la “ética del logro”) y la capacidad psíquica de dar más importancia a los propios deseos que a los deseos de los demás. Es decir, el poder exige que quien lo ejerce tenga claros sus propios deseos y objetivos, lo que significa que tenga cierto grado de individualización, por un lado; y por otro, que en cierta manera objetive a los demás, que considere que los deseos de los otros no son tan importantes como los propios, que quien lo ejerce se considere el sujeto de una relación en la que el “otro” no es tan importante, no es el sujeto,sino el objeto. En resumen, el ejercicio del poder exige cierto grado de individualización, o lo que es lo mismo, de objetivación del mundo, de racionalización, de distancia emocional.

Algo muy debatido es cual es la causa de la persistencia, pese a los logros en cuestión de equidad del último siglo, de los hombres en los puestos de mando. Y creo que la clave está en un rechazo subconsciente por parte de las mujeres del poder tal como está definido más arriba. Considero que muchas mujeres temen al feminismo por que sienten que serán arrancadas de su comunidad y tendrán que pagar el precio que pagan los hombres por su visibilidad pública, el de vivir en sospecha permanente, debiendo acallar su ser emocional. Debemos reconocer que existe un poder femenino que se ejerce dentro de los límites del entorno doméstico, que también puede ser tóxico en muchos casos, pero no es un poder que nos pone bajo sospecha, no es un status por el que entren en competencia enemigos encarnizados.

Es la triste realidad del feminismo mal explicado, por que cuando eres feminista (lo que engloba a hombres y mujeres) lo que realmente quieres es disfrutar de una forma de relación novedosa o ancestral, según se mire, que permite eliminar sospechas, celos innecesarios, y que nos aboca a la cooperación sin olvidar la propia identidad, construyendo el “yo” no desde la negación del otro/a sino desde la asunción de la diversidad como un valor inapelable. Y si puedo relacionarme en un plano de reciprocidad, compartiendo recursos, tareas, acciones, y disfrutando de los éxitos del resto de las personas… entonces, ¿para qué quiero un poder que me aísla y me priva de una de mis facetas, la faceta relacional del cuidado?

Creo que las mujeres somos muy ambiciosas en general, y lo queremos todo, y ese quererlo todo en nuestra propia Historia silenciada recibe el nombre de Sororidad ( Carta de las Mujeres a la Humanidad, 2004). Al menos a mí me sucede; quiero ser yo, quiero tener criterio y voz propia, expresar libremente lo que pienso y lo que siento, pero también quiero ser parte cuidadosa de un grupo humano amplio que me acoge y me protege, donde el cuerpo sexuado sea una faceta más de mi y de la persona que tengo al lado pero no la que nos define, ni nos encasilla.ipe-escritora

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