15 junio 1977 Lo real maravilloso

Muchas veces las gentes lloran porque encuentran las cosas demasiado bellas. Lo que les hace llorar, no es el deseo de poseerlas, sino esa profunda melancolía que sentimos por todo lo que no es, por todo lo que no alcanza su plenitud. Elena Poniatowska

Mis padres y yo llegamos a Madrid en enero de 1971. Nevaba y hacia un frío inhumano para quienes venían de la antesala del desierto de Atacama.

Nuestro destino era Asturias y allí descubrí dos cosas para las que no estaba preparada (tenía cuatro años):  la existencia de los Reyes Magos y la dictadura como sistema político. Les puede parecer que una cosa y la otra no estan en relación y sin embargo, en la mente infantil, un cambio de paradigma semejante despierta grandes dudas, y puede ser un acicate para el pensamiento.

A los cuatro años yo sabía lo que es la democracia por que era algo de vital importancia en mí casa. Fue el resultado de las elecciones del 4 de septiembre de 1970 lo que me arrancó de los brazos de mí abuela Teresa, de una preciosa casa con patio en el centro de La Serena y del calor del verano. A mí, la victoria de la Unidad Popular me llevó derechita a los praos asturianos en el invierno del hemisferio norte, y a saludar con la mano, junto a mi abuela Sinforiana, el coche oficial del dictador Francisco Franco a su paso por la carretera nacional 621.

Por eso 1977 no me pilló desprevenida. Recuerdo las conversaciones previas con mis compañeras de juegos. Sí, las niñas y los niños hablamos de política cuando nadie nos ve.

Recuerdo la alegría de mi padre y los nervios de mi madre. Recuerdo como mi padre hablaba mal de Carrillo y regular de Felipe Gónzalez, y decía a todo el mundo que había que votar por Adolfo Suárez. Supongo que ahora entienden porque salimos de Chile tan rápido.

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Me recuerdo a mí misma leyendo con avidez la revista Interviú, que mi madre detestaba por su portada y su reportaje fotográfico central, pero que mi padre defendía por la calidad de sus artículos de fondo. Yo leía los artículos de fondo y me saltaba las páginas de mujeres desnudas porque cuando tienes 10 años (o 50) no entiendes el morbo de ver personas semivestidas o directamente desnudas. Al menos en mi casa todo el mundo tenía un cuerpo y lo mostraba con naturalidad.

Recuerdo escuchar con mi padre la radio: Hora25 en la cadena SER.

Escuchar a mí madre en silencio, cuando conversaba con sus amigas del futuro que se avecinaba. No me parecía entonces, visto desde lo cotidiano, que la política fuera cosa de hombres, porque ocupaba mucho del tiempo de las mujeres y de mi misma.  Sin embargo hay muchas cosas de las que no me acuerdo. No recuerdo que hubiera mujeres significativas aparte de Dolores Ibarruri, ni recuerdo que nadie, en mi entorno, las echara de menos. Tampoco recuerdo que yo tuviera entonces conciencia de estar limitada por haber nacido con este sexo que me hace ser mujer. Eso llegó después.

Recuerdo de esos meses la alegría en el aire, el olor de la esperanza que lo impregnaba todo.  La esperanza que para mi huele a ropa blanca secada al sol junto al río Cañamares. Recuerdo cómo me gustaban algunas canciones que ya no me gustan, algunos cantautores que ahora detesto y a mi padre explicando que es una pérdida económica para el país votar en día laboral.

1977 fue el año en que Alejo Carpentier gano la segunda edición del premio Cervantes. En la librería de mi casa teniamos un ejemplar de “El siglo de las luces” y otro de “El recurso del método”. Sí, mi padre (esos libros eran los de mi padre) era un hombre extraño que combinaba a partes iguales inteligencia y miedo.

Cuarenta años después, y solo 4 mujeres premiadas con el Cervantes, en medio de una ola de calor inhumana provocada por un Calentamiento Global que ya se había iniciado entonces y que aún no logramos detener, creo que vivimos otro momento que huele a  revelación privilegiada, una iluminación inhabitual, una fe creadora de cuanto necesitamos para vivir en libertad; una búsqueda, una tarea de otras dimensiones de la realidad, sueño y ejecución, ocurrencia y presencia. (Alejo Carpentier)

 

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