El día que me quitaron el carnet feminista

carnet-feministaSeguramente el viernes pasado hubiera titulado esta entrada u otra similar así: “Reflexiones de una feminista sobre el futuro soñado”. Sin embargo , ya no puedo hacerlo porque me han quitado el carnet de feminista.

Habíamos tenido una reunión muy tensa, donde las personas presentes estabamos en tres posturas diferentes, posturas que intentabamos reconciliar para seguir adelante, y eso se llevó mucho tiempo y originó mucha tensión. La confrontación es siempre difícil y mucho más entre compañeras que trabajan por objetivos comunes y se ven confrontadas en matices.

Es duro que compañeras, con las que compartes tanto (aunque alguna la has mirado a los ojos por primera vez) te digan que no eres feminista, cuando no sabe nada de tu vida, ni de tus hechos.

Yo escribo para comprenderme, y eso me trae de vuelta a este cuaderno una vez más. Hace un par de meses tuve el placer de conversar con Laura Freixas en Badajoz, y desayunando retomamos una cuestión que va más allá del trabajo inmediato que nos plantea el feminismo, pero que también es importante:

Y cuando se logre la igualdad, ¿cómo será la sociedad?

Debo confesar que mis referentes de futuro son mis abuelas, y es cierto que ellas no eran mujeres feministas (quizás este es mi error); pero mis abuelas lograban construir con su sola presencia un mundo mejor para todas. Mis abuelas, las dos, sin conocerse y viviendo separadas por un océano y una cordillera por el oeste, o por un continente inmenso y un océano por el este, situadas cada una en un hemisferio, pero compartiendo un legado patriarcal que las llevaba a sufrir el maltrato de sus esposo en silencio. Mis abuelas, las dos, eran capaces de ser honestas, justas con los extraños, y el apoyo incondicional de sus hijas e hijos. Quiero repetir esto último, el apoyo incondicional de sus hijas e hijos, incluso de la hija que tenían a medias.

Cuando pienso en el futuro utópico de una sociedad igualitaria, donde cada persona sea libre de Ser, me las imagino a todas amables. Creo que las personas verdaderamente libres son felices, y las personas felices son amables. Claro que puedo estar equivocada, ya que es indudable que mis abuelas no eran felices, y sin embargo eran amables.

Una vez hace quince años escribí un libro y en la introducción decia : “Desde que soy madre, escucho de continuo que no educo a mis hijos para defenderse en el mundo real, que es muy duro. Ante esta acusación solo puedo declararme culpable, es cierto, educo a mis hijos para que sean constructores de nuevas realidades, más amables.”

Ipe-DiezCuentos

No siempre he sido consciente de la discriminación entre hombres y mujeres. Mis padres trabajaban en el mismo negocio y para mí (y para la mayor parte de nuestros conocidos), estaba claro que la emprendedora era mi madre. Estudiaba en un colegio de monjas, donde sólo había niñas. Ser inteligente, ser capaz, ser la primera de la clase era cosa de chicas, la competitividad o la solidaridad también, por lo que no me daba cuenta de que estábamos siendo educadas en valores patriarcales. Después, en un colegio mixto descubrí que compartía aficiones con personas de ambos sexos. Y como me gustaba leer, y me gustaba escribir , a los diez años decidí que quería ser premio Nobel de Literatura (pese a que siempre suspendía Lengua y Literatura debido a mis fatas de ortografía) y no me daba cuenta de que Galdós, Gabriela Mistral o Cortázar, y yo estabamos a una distancia abisal .

Me hice feminista en la adolescencia, cuando aparecieron los límites horarios, cuando mi padre empezó a criticar mi modo de vestir “masculino” y cuando apareció en mi vida “el qué dirán”.

Pero la naturaleza y la maternidad me han traído tres desafíos. El primero, ser heterosexual, que te pone en la difícil situación de mirar a los varones desde el deseo; y el segundo, dos hijos varones a los que educar como personas y no como hombres.

Seguramente es cierto que la cadena patriarcal que se ajusta a mi tobillo es larga, porque mi cadena me permite ignorar muchos de los limites de los que otras mujeres son conscientes, sin embargo sé que la cadena existe, aunque cada año que pasa su peso se vuelve más ligero seguramente por la edad que me acerca a la vejez, y por la experiencia acumulada. Pero siento la cadena aún, en gran parte por las ganas de libertad que en lugar de menguar, crecen.

Como persona hay dos cosas que creo que hago moderadamente bien. La primera es fracasar sin hundirme en la culpa, y la segunda es ser prudente al hablar. Las palabras alocadas son como el acero y dejan heridas profundas. Prefiero callar la mayor parte de las veces y darme tiempo para la reflexión antes de hablar.

Así las cosas, ahora que me han quitado el carnet de feminista. Ahora que me siento dolida, y triste, y maltratada, levanto la voz desde mi espacio en propiedad, para reivindicar la amabilidad,

# Ser amable no te quita fuerza
# ser amable no te hace menos inteligente
# ser amable no te hace menos activista.
# ser amabe no es ser emocionalmente débil

Incluso, es posible, que ser amable no te haga menos feminista.

carnetFeminista

 

 

 

 

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