En busca del Sol (cuento)

Vivió en la antigua China un matrimonio muy feliz, eran Liu Chun y Hui Nang y vivían al pie de la montaña de Piedra Preciosa. Eran personas de carácter alegre y confiado, que sabían disfrutar de las cosas pequeñas. Cada uno tenía sus propias tareas, que eran complementarias y las hacían tan bien y con tanto esmero que trabajar era un complemento más de su felicidad.
Liu Chun trabajaba en el campo, cultivando o recogiendo según la temporada, mientras que Hui Nang pasaba la mayor parte del día tejiendo hermosas telas de lana que después vendía en el mercado, llevaban en esta agradable convivencia cinco años cuando Hui Nang quedo embarazada y fue tal su alegría que ella misma estaba sorprendida de haber rebasado los limites de su anterior felicidad.
Así transcurrían los días del embarazo de Huin Nang en calma alborozada, hasta que un día al levantarse vio que el sol no estaba asomando en el cielo. Fueron pasando las horas y la noche fría llevó tristeza a su corazón.
Nadie alcanzaba a comprender lo que sucedía, no era normal que el sol no acudiera a su cita. Los vecinos salían a la puerta de sus casas, sin atreverse a emprender sus faenas cotidianas, asustados por el extraño hecho. Pero aquel día no salió el sol, ni al siguiente, ni al otro.
Pasaron semanas sin que las gentes de Piedra Preciosa pudieran ver la luz, sin que pudieran distinguir los días de las noches, y el campo comenzó a perder sus frutos, aquel preciado tesoro que les ofrecía como alimento; y los árboles se fueron secando, al no poder alimentarse con ayuda de la luz y el calor del sol.
El cielo se había ido poblando de negras nubes y un viento frío soplaba constantemente en la oscuridad.
Liu Chun se aventuró a recorrer los caminos oscuros para ver si es que el sol se había olvidado de su pueblo, o el resto del país estaba también a oscuras. La gente que lo recibió en sus casas, estaba como su propia gente, preocupada y angustiada por aquella pérdida dramática y el pobre Liu Chun se iba poniendo cada vez más triste al ver alejarse su esperanza de encontrar pronto el sol. Nadie sabía donde ir a buscarlos, ni qué le podía haber sucedido, todo se iba en comentar asustados:
¿Qué será de nosotros ahora? ¿Cómo podremos vivir sin sol?
Y a Liu Chun se le partía el corazón escuchando los suspiros de las ancianas y el llanto de los niños. Por eso cuando regresó a su casa, junto a su amada esposa Huin Nang, fue sólo para despedirse, pues había tomado la decisión de partir en busca del sol.
Ella comprendió que él tenia un deber que cumplir más importante que quedarse a su lado, y le aconsejó que antes de emprender el viaje fuera a consultar con el anciano del lugar, pues sólo él que había vivido durante más de cien años podría darle alguna orientación de donde podría encontrar el sol.
Liu Chun se alegro con aquel consejo, que le permitía tener un rayito de esperanza. Y esa esperanza no fue defraudada, él anciano le dijo donde vivía el sol antes de esconderse por última vez, y también le dijo quienes eran los enemigos del sol, monstruos que vivían en el mar del oriente y que lo envidiaban tanto como lo temían; no podía estar seguro de que fueran ellos los que lo habían robado, pero sí el pudiera emprender la búsqueda empezaría por allí.
Con un ánimo más positivo, Liu Chun regresó a su casa para despedirse de su esposa. Ella durante su ausencia le había confeccionado unas sandalias nuevas para el viaje, las había fabricado con un mechón de sus trenzas, tejiéndolo con cáñamo y también le había preparado un nuevo abrigo acolchado que le ayudaría a protegerse del frío.
Se estaban despidiendo junto a la puerta, cuando en medio de la oscuridad llegó hasta ellos el Fénix de oro que se posó en el brazo de su amigo. Liu Chun y el hermoso pájaro eran amigos desde hacía tiempo, pero con la oscuridad Liu Chun lo creía perdido. Huin Nang le preguntó al pájaro si deseaba acompañarlo durante el viaje y el ave se mostró encantada con la propuesta, así también la mujer quedó más tranquila.
Los esposos se abrazaban con fuerza, pero ninguno daba rienda suelta a las lagrimas que hubieran ensombrecido la partida, Liu le dijo a Huin:
Quiero que sepas que no volveré hasta encontrar el sol, pero si muero a mitad de camino, me convertiré en estrella para indicar a otros buscadores el camino correcto.
Parte tranquilo, yo te esperare con calma hasta tu regreso.
Y Liu dio comienzo a su viaje.
Pasaban los días y no había noticias de Liu, ni señal alguna del sol, Huin Nang pasaba largas horas en la cima de la montaña de Piedra Preciosa a la espera de ver salir el sol, segura como estaba de que su esposo conseguiría rescatarlo. Hasta que un día en medio de la oscuridad del cielo, vio una estrella que subía desde la tierra y comprendió que era Liu Chun que cumplía su promesa de marcar el camino a los siguientes buscadores. A las pocas horas el fénix de oro llegó hasta ella para acurrucarse en su regazo. La pena era tan inmensa que Huin sentía en su pecho un dolor incisivo, tan inmenso que perdió el conocimiento y quedo desmayada en la cumbre de la montaña.
Cuando volvió en si, había dado a luz y junto a ella se encontraba un hermoso y robusto bebe. Pero eso fue lo menos sorprendente, a cada golpe de viento el niño crecía. El primer golpe de viento lo hizo caminar, el segundo lo hizo hablar, y el tercero lo convirtió en un joven fuerte y de gran estatura.
Su madre lo contemplaba extasiada, sintiéndose reconfortada con su presencia. Le puso por nombre Bao Chu y no dejaba de pensar lo felices que hubieran sido los tres si el sol no hubiera desaparecido.
Como Bao Chu veía que a su madre los ojos se le llenaban de lagrimas por momentos, decidió preguntarle cuales eran las causa de su llanto; fue entonces cuando ella le contó todo lo que había sucedido, porqué su padre había tenido que ausentarse y le mostró la estrella que brillaba en el cielo para marcar el camino de otros buscadores, para ayudarles a terminar felizmente su cometido.
En cuanto Bao Chu conoció la historia y el destino de su padre, quiso ir también él a buscar el sol.
Nuevamente Huin Nang tuvo que sobreponerse a sus propios sentimientos, y volvió a cortar un mechón de sus trenzas para tejer unas nuevas sandalias de cáñamo, y volvió a coser un grueso abrigo acolchado que protegiera a su hijo del frío. Y nuevamente pensó en todo el bien que su hijo haría al mundo, si conseguía recuperar el sol.
Esta vez todo el pueblo vino a despedirse de Bao Chu, celebrando su valor al seguir los pasos de su padre, su madre de nuevo guardó sus lagrimas para no entristecer a su hijo, que viéndola tan valerosa le dijo:
-Madre, quiero que mientras me esperas no llores por mí. Sí tú estas triste mi corazón no podrá soportarlo y perderé la fuerza que tu amor ha puesto en mí.
Y así salió de la casa, acompañado por el fénix de oro y caminado en dirección a la estrella que no era otra cosa que el espíritu de su padre.
Durante días enteros caminaron hacia la estrella, subiendo y bajando montañas, rodeando precipicios, vadeando ríos, hasta que llegaron a un pueblo donde fueron recibidos con gran asombro. Bao Chu llevaba el abrigo hecho jirones, y su piel asomaba por las partes descosidas, mostrando las heridas del camino. Las gentes de aquel pueblo lo acogieron en sus casas, y al escuchar el propósito de su viaje, cada uno de los vecinos cortó de sus propias ropas un trozo de tela con el que arreglar su abrigo y le cosieron así el abrigo de las cien familias, aquel abrigo daba más calor que una estufa de leña, porque abrigaba el corazón.
Y continuó su viaje a través de la oscuridad llena de peligros. Entre montañas y valles, Bao Chu llegó a la orilla de un río tan caudaloso y ancho, que no era posible contemplar su otra orilla, y en cuya corriente arrastraba piedras tan grandes como casas. Como él no tenia posibilidad de construir una barca, no se lo pensó dos veces y se lanzó al río. Nadó hasta quedar agotado, hasta que una ola helada lo arrastró lejos, a él y a su compañero de viaje, el fénix de oro. El frío era tan intenso que el agua se iba congelando, el fénix con las plumas mojadas no podía continuar volando y cayó al agua, pero Bao Chu no podía sujetarlo y nadar en el agua que ahora arrastraba placas de hielo. Llegó un momento que el fénix pareció muerto, su cuerpo inerte se dejaba llevar y sus ojos permanecían cerrados, Bao Chu entonces lo metió dentro del abrigo de las cien familias, esperando poder mantenerlo caliente. Y así fue, cuando después de mucho esfuerzo consiguió alcanzar la otra orilla, el calor del abrigo había reavivado a su compañero.
A pocos días de aquel río encontraron otro pueblo, donde fueron igualmente bien acogidos, también aquella gente estaba empobrecida por la ausencia del sol, pero eran generosos y quisieron mostrar su apoyo a Bao Chu, el hombre más anciano del pueblo le explicó:
Nuestros campos ya no dan fruto y nuestros árboles han muerto a causa de la ausencia del sol. Por ello no podemos agasajarte con nada. Pero si quieres recibir un puñado de nuestra tierra, nos sentiríamos muy alegres de compartirla contigo.

De ese modo cada persona de aquel pueblo tomó un puñado de la tierra de su huerto y con esto llenaron un saco de tierra fértil que ofrecieron a Bao Chu. Él no sabía muy bien para que podía necesitar un saco lleno de tierra, pero no quiso despreciar el regalo de aquellas personas de corazón sincero. Por lo que tomó el saco sobre sus espaldas y con grandes muestras de agradecimiento continuó su camino.
Nuevamente hubo de afrontar las montañas, los valles y los ríos que consecutivamente se sucedían, como sí a cada obstáculo superado, surgiera un obstáculo nuevo, Bao Chu mantenía su mente firme en su pensamiento original, encontrar el sol, alejando de sí la sensación de desanimo. Un día, como cualquier día llego a una encrucijada de caminos y se detuvo a deliberar.
Mientras estaba así, silencioso y solitario, una voz habló a sus espaldas:
¿a dónde vas muchacho?
Voy en busca del sol, fue la respuesta automática de Bao Chu
Alcanzar el sol es imposible muchacho, es mucho mejor que regreses a tu casa o perecerás al intentar encontrarlo.
No me asusta el camino, y a mi casa no puedo regresar si no encentro el sol. Hay demasiadas vidas en peligro, como para que yo desista.
La anciana lo observó en silencio unos instantes, después señaló con su dedo hacia el camino de la derecha.
-sigue hacía allá. No muy lejos encontrarás un pueblo donde podrás reponer fuerzas y así enfrentarte al tramo más duro de tu viaje.
Con estas enigmáticas palabras la mujer se alejo de Bao Chu y desapareció en la oscuridad.
Bao Chu comenzó a caminar por el sendero que le había indicado la anciana, no tenía ningún motivo para desconfiar, hasta ese momento cada persona que se había encontrado había significado para el una ayuda, de una u otra manera. Sus pasos eran cortos y lentos debido al peso del saco y al cansancio acumulado, pero ya no se preocupaba por eso, había decidido que lo importante era avanzar sin importar cuanto. Pero según caminaba, su compañero de viaje, el ave fénix, revoloteaba a su alrededor con energías redobladas, cruzaba delante de su rostro, golpeándole las mejillas con las alas, Bao Chu creyó que esta actitud podía deberse al miedo que sentía su amigo ante las amenazadoras escenas que había profetizado la anciana. Pronto el ave se cansó de este juego y decidió tenderse en medio del camino con las alas abiertas, Bao Chu tuvo que detenerse para ver si estaba herida, pero tras comprobar que su corazón latía correctamente y no tenia ni las alas, ni las patas rotas, la apartó a un lado para continuar. Entonces el ave se lanzó contra él sujetando el abrigo de Bao Chu entre sus patas y arrancándole mechones de cabello con el pico, parecía estar realmente desesperada.
Bao Chu se volvió para sujetar al ave y le habló con palabras dulces:
Cálmate, cálmate… no ha de sucedernos nada malo. Confía en mi, no estamos solos, nos acompaña el amor perseverante de mi madre y hemos traído la fortaleza de cien pueblos. Cálmate. No puede sucedernos nada.
El ave pareció resignarse, quedó un momento anidada entre los brazos de Bao Chu dejándose querer y nuevamente tomo su puesto en el hombro de su amigo, para continuar con el viaje. Al cabo de poco tiempo llegaron a un pueblo bullicioso, donde salieron a recibirlos multitud de personas de semblante alegre. Las gentes le preguntaban a donde se dirigía y cuando escuchaban el motivo de su viaje, el aire se llenaba de vítores y aclamaciones.
Bao Chu continuaba caminando, buscando alguna taberna donde poder comer y descansar, pero entonces un hombre lo tomó del brazo y le hizo entrar en su casa, allí la mesa ya se encontraba servida y abundaban en ella manjares exquisitos y bebidas de todas clases, un fuego calentaba la estancia. Bao Chu no daba crédito a lo que veía y comenzaba a sentirse incomodo al comparar la vida de aquel pueblo, alegre y opulento, con la vida de miseria y dolor que llevaban el resto de las personas que conoció en su viaje.
Sin darle oportunidad para esbozar una sola palabra, el hombre lo llevó hasta la mesa y lo obligó a sentarse, el resto de los hombres y mujeres del pueblo lo rodeaban hablando sin parar y llenando su plato de comida abundante. Él tomo la copa de vino que le ofrecían, pero cuando iba a llevársela a los labios, su amiga el ave Fénix entró volando en la habitación llevando entre sus patas una sandalia idéntica a las sandalias de Bao Chu, tejida con cáñamo y negros cabellos, y la dejó caer dentro de la copa. Inmediatamente la sandalia se incendió, pero Bao Chu pudo comprender cual era el engaño. Aquella era la sandalia de su padre y por lo tanto aquel era el lugar donde su padre había muerto. Se levantó de un salto y dando un grito adoptó una posición amenazadora, los alegres campesinos habían desaparecido y en su lugar había una multitud diversa de monstruos y demonios que huían a la carrera acobardados ante Bao Chu.
No merecía la pena perseguirlos, ya había comprendido su error al hacer caso de la anciana, había comprendido la pena de su amiga, el ave Fénix, retrocedió hasta la bifurcación y tomó el camino de la izquierda, seguro de que esta vez, era el camino correcto.
En poco tiempo llegó al mar del oriente, era allí donde el sol había desaparecido, Bao Chu había caminado mucho tiempo y había sorteado muchas dificultades, pero ahora frente a la inmensidad de aquel mar no sabía que hacer para alcanzar su objetivo.
Entre tanto los seres monstruosos que habían secuestrado el sol para que el frío y las tinieblas gobernaran la tierra, viendo que les era imposible vencer a Bao Chu, cambiaron de estrategia y se acercaron a la montaña en la que Hui Nang esperaba cada día el retorno de su hijo. Hacia ya varios años que su vida se concentraba en la espera, cada mañana subía la montaña, llevando con ella una piedra, colocaba la piedra sobre la piedra del día anterior y se subía, consiguiendo de ese modo llegar un poco lejos con la vista.
Hui Nang no había derramado, durante aquellos años, ni una sola lagrima, había tenido muchos momentos de desesperanza, pero nunca se había dejado vencer por el desanimo y se había mantenido firme, segura de que si ella no lloraba, su hijo no moriría. Los demonios la observaban cada día, hasta que decidieron transformarse en aves que le llevaban la noticia de la muerte de Bao Chu.
Pero no les funcionó, Hui Nang escuchó la noticia y su cara se contrajo en una mueca de dolor, pero miró el cielo y comprobó que la estrella de su esposo continuaba luciendo solitaria, su hijo no estaba allí… su hijo estaba esta vivo, y ninguna lagrima corrió por las mejillas de la madre.
Mientras tanto Bao Chu se había sentado a la orilla del mar, recostado sobre el saco de tierra que cargaba y se había dado un tiempo para pensar ¿qué podía hacer? ¿qué necesita? Sabía que la respuesta estaba allí mismo, solo era cosa de encontrarla. Fue entonces cuando el ave fénix comenzó a picotear el saco de tierra, intentando deshacer el nudo que lo cerraba y Bao Chu, esta vez más atento a las indicaciones de su inteligente amiga, deshizo el nudo y saco un puñado de tierra para ofrecérselo
esto es todo lo que hay en este saco- le dijo intentando comprenderla
El ave, voló hacia el mar, como si esperara que Bao Chu le lanzara la tierra a esa distancia, y él sin entender si era un juego o una sugerencia lanzó el puñado de tierra sobre las aguas. Inmediatamente surgieron multitud de pequeñas islas y Bao Chu comprendió que nadando de una en otra podría alcanzar el centro del mar del oriente y llegar a la caverna donde el sol se encontraba prisionero.
El esfuerzo fue inmenso, pero ya era el último, mientras braceaba en las aguas heladas se decía a si mismo, “estoy más cerca, estoy más cerca” y así se daba ánimos para continuar. Cuando llegó al centro del mar se sumergió hacia las profundidades en busca de la caverna. No le fue difícil encontrarla pues a su entrada había un ejercito de monstruos y demonios que la guardaban. Bao Chu no tuvo más remedio que entablar una lucha cuerpo a cuerpo con ellos, consiguió arrastrar a uno hacia la superficie, donde el ave fénix lo tomo por los cabellos llevándolo a un islote, sucesivamente Bao Chu fue venciendo a los monstruos, con la ayuda de su amiga, y viendo los demás que su resistencia parecía invencible, se dieron a la fuga dejándole libre el acceso a la cueva, la roca que tapaba la entrada se había ido hundiendo en el suelo marino y Bao Chu utilizó sus últimas fuerzas para conseguir moverlas, su cuerpo herido en la pelea iba perdiendo sensibilidad y su mente comenzaba a nublarse. Cuando por fin la cueva se abrió ante él, la luz del sol lo cegó por completo, pero aún pudo tomarlo en sus brazos y alzarlos hasta la superficie del agua, donde el ave fénix se lo colocó en el lomo y lo hizo elevarse en el cielo.
Bao Chu contempló esperanzado el amanecer, pero ya sin fuerza ninguna para salir del agua, y su cuerpo se hundió en el fondo del mar de oriente, mientras él se sumía en un sueño profundo.
Allá lejos en la cumbre de la montaña, subida sobre un túmulo de piedras, sonreía Hui Nang al ver salir el sol, y desde todos los rincones del mundo se escuchaba el trino de los pájaros acompañando el amanecer, como siempre.
Y si tu quieres, puedes subir a la montaña de piedra preciosa, justo antes del amanecer, y trepar por el túmulo de piedras que dejó Hui Nang y recibir antes que nadie los rayos del sol de la mañana, como cálido saludo de Bao Chu.

amanecer-en-el-campello

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s