Recordando a Ramón Fernández Durán

Este artículo lo escribimos entre dos personas, dos mujeres en realidad. Es un homenaje a un hombre bueno, sabio e inteligente, así por ese orden de valores lo queremos recordar. Escribe una mujer que lo conocía de cerca por el trabajo cotidiano que teje redes y afectos durante más de veinte años, y la otra porque lo admiraba de lejos, por lo que él sabía y compartía por escrito.

Lo hacemos en el aniversario de su muerte, siete años después. Y lo hacemos porque no queremos perderlo, pero sobre todo porque su vida no es una vida perdida y sigue teniendo mucho que enseñarnos.

Es curioso que las que escribimos hoy juntas, solo tengamos conciencia de haber compartido la vida los tres en el mismo lugar, en el mismo momento, una sola vez. Fue uno de esos sucesos extraños y casi mágicos de la vida, en los que andas los mismos caminos, pero no te alcanzas, aunque en aquella ocasión nuestras voces se tocaron. Fue en La Vera, cuando Ramón ya estaba enfermo de cáncer y Paca Blanco le cobró una deuda, una deuda que él mismo había reconocido tener cuando no pudo acompañarla en el acto de solidaridad, en el que un autobús de ecologistas en acción se llenó y viajó hasta El Gordo (Cáceres), para mostrar su solidaridad ante los ataques de los que estaba siendo víctima. En el autobús viajaba una carta de Ramón donde decía: “Paca, no puedo ir, pero en cuanto me recupere te la pago”

Fue por eso, que en cuanto estuvo mejor viajó a Extremadura, cargado de buenas razones para construir ese otro mundo posible. Y nos juntamos en una plaza, unas cien personas de todas las edades, cada una de nosotras con certezas y con dudas, y las pusimos en común de viva voz, mientras Ramón tomaba nota de lo que decíamos cada una, y después todas tuvimos una respuesta. Una demostración de que las cosas se pueden hacer de otra manera, y de ese espíritu transgresor que lo caracterizaba. Porque Ramón era un hombre que creía en las personas, un libertario cargado de esperanza. Siempre valorando y apoyando los movimientos que remueven los cimientos del sistema capitalista, para lograr empoderar a la gente corriente, pero sobre todo a la que  padece en la periferia. Si alguien sabía vivir la ecología social en su plenitud, esa persona era Ramón.

Desde la Insumisión, hasta la contradicción de vivir en un mundo hipertecnológizado del que hacemos uso, y abuso. Hemos ido de la mano. Nos ha dejado El Movimiento contra la Europa de Maastricht y la Globalización Económica, el objetivo cumplido de la unión de los ecologistas del estado español, que celebra ya veinte años,  y una fiesta de despedida tras su muerte que fue la forma más hermosa de decir “Os quiero”, que somos capaces de imaginar.

Para quienes no creemos en una vida consciente más allá de la muerte, para quienes pensamos que es la memoria la que nos salva, y creemos que el agradecimiento del trabajo de los otros nos nutre, y es lo que forja los cimientos de la necesaria transición hacia una sociedad donde el cuidado (del planeta, de la vida, de cada persona) sea el centro que dé sentido a la economía, a la cultura, a la ciencia y a la tecnología, para todo eso es necesario recordar a quienes se han ido primero.

Y como él recordaba los desayunos con Ana leyendo el periódico, y esos fines de semana en Leganés trabajando cada cual en lo suyo, pero juntas. Así nosotras, recordamos ese día frente a la central nuclear de Almaraz, con nuestra pancarta de “NO, a la refinería, a las térmicas y a las nucleares”. Y aquella comida entre risas, en la gasolinera Portugal, con la central a nuestras espaldas y nuestras camisetas antinucleares bien visibles.

Ramon_AlmarazY como olvidar aquella ovación, en la Casa de la Cultura de Villafranca, donde no se cabía, con gente de pie y sentada en el suelo, por los pasillos, cuando Ramón comenzó diciendo: “Vengo a contaros porque no se va a poner la refinería”. Y tenía razón.

Hoy, como el día de su muerte, queremos cantar canciones de esperanza. Porque la vida es una sucesión de vidas, de esfuerzos, de trabajo apasionado. Una cadena en la que cada eslabón cuenta, no por fuerte o por débil, sino por el tacto. La memoria es el órgano que sirve para abrazarnos más allá del espacio y el tiempo.

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