Marisa Prudencio: “La humildad y la verdad me parecen revolucionarias”

Publicado en El Salto Diario

Hablar con Marisa Prudencio es una delicia que puede hacerte perder la noción del tiempo. Tal vez por ello, la cosa se alarga y transita de aquí para allá, saltando de su infancia a la Transición extremeña, de Mujeres Sembrando a la historia reciente de una Mérida sobrevenida rompeolas de todas las Extremaduras. 


Marisa Prudencio es, a sus 62 años, un referente en Mérida y en Extremadura. Una mujer inteligente, libre y solidaria a partes iguales. Alguien que no ha olvidado nunca de dónde viene, y que sabe que la sororidad (la solidaridad entre mujeres dentro del sistema patriarcal) es una herramienta imprescindible para liberarnos, porque mientras exista un sistema de opresión, la única forma de resistir, y a la vez crear una nueva realidad, es haciéndolo de forma colectiva. 

Cuéntame el principio, ¿quién es y de dónde viene Marisa Prudencio?
Mi madre es de Alburquerque y mi padre de Villar del Rey. De mi padre siempre recuerdo con dolor que en su DNI o en su cartilla militar ponían “de profesión bracero”, y eso me parecía muy injusto porque él hacía un trabajo cualificado, era un hombre que conocía el campo y a los animales. Sabía cuidar. Y nada de esa sabiduría se reconoce en la palabra “bracero”. A mí, que la profesión de mi padre apareciera así siempre me impactó, luego con el tiempo, cuando supe que eso significaba prestar los brazos, entendí plenamente la razón, aquella etiqueta no le hace justicia. 

Esas son mis raíces. Tanto la familia de mi padre como la familia de mi madre se dedicaban a trabajar en el campo. Su especialidad era cuidar de las ovejas y de los cerdos, que por cierto requiere toda una técnica, una especialización que mi padre conocía perfectamente. 

Háblanos de tus primeros años.
Mis padres trabajaban en el campo, en la dehesa. Mi madre se fue a Villar del Rey para tenerme en casa de mis abuelos, y a los ocho días, en cuanto estuvo medianamente recuperada del parto, se volvió a la finca  “Barrera”, en el término municipal de Alburquerque, donde vivíamos. Mis primeros seis años los pasé en esa finca donde después, curiosamente, se rodó la película Los santos inocentes. Yo siempre digo que esa película es impactante, pero que no refleja toda la realidad de la servidumbre en su crudeza, y he tenido que discutir con mucha gente cuando me dicen que la película está exagerando. No, esa película es fiel a una realidad que no era de Extremadura sino de todo el Estado español, e incluso suaviza muchas cosas.

Como cosa curiosa se me ocurre comentar, porque yo tengo recuerdos de esa edad y de mi vida en la finca, lo que pasaba con los perros que eran compañeros de fatigas en el pastoreo. Eran una ayuda imprescindible en el trabajo del campo, sin embargo, cuando venían los señoritos a cazar obligaban a los pastores y a los porqueros a mantener a los perros atados durante su estancia. A mí aquello, ya con seis años, me parecía atroz porque hacían que el trabajo de la gente se volviera una sobrecarga, y negaban a los animales una vida digna junto a los humanos.

De aquel tiempo recuerdo que el comercio que llegaba a las fincas era principalmente el pan o los alimentos que no producíamos por nosotras mismas. Venía el recovero, un oficio que se ha perdido, y aunque venía cargado con todo lo que nosotros no podíamos conseguir por nuestros medios, igual se iba cargando las cosas que nosotros producíamos y otras personas necesitaban. Mi madre en concreto hacía un pan delicioso en un horno de leña que había construido mi padre, de modo que nosotros pan no comprábamos. Nuestra comida más habitual eran los garbanzos, además teníamos un huerto para la familia y gallinas que corrían por allí, a las que alimentábamos y ellas a cambio nos daban huevos.

Con aquella vida bastante autosuficiente, pero aislada, no había muchas oportunidades para acercarse a la cultura, y fue por eso que yo no aprendí a leer y a escribir bien hasta los 14 años. Cuando digo “bien” me refiero a tener una buena comprensión lectora.

De modo que ya estamos en tu adolescencia. ¿Cómo fueron esos años? ¿Cambió mucho tu vida?
Sí, a los 14 años llegué a la ciudad de Badajoz para trabajar. Entré en una casa como interna, pero podía ir a la escuela por la noche y fue en las clases nocturnas donde comencé a dominar el arte de la lecto-escritura, y también empecé el proceso de comprender el mundo en el que vivimos. Después, con 17 años, mi familia se trasladó a Mérida, porque mi padre vino a trabajar a una granja. Mi madre limpiaba por horas y yo comencé a trabajar en una fábrica de envases metálicos, un trabajo que me pareció de alguna forma liberador respecto a lo que había vivido hasta entonces. En esa época, mi hermana, que era ocho años más pequeña que yo, pudo estudiar incluso una carrera. Ella hizo magisterio con la ayuda y el apoyo de toda la familia. Lo cuento así porque, desgraciadamente para ella, mi hermana tuvo dos madres, porque, claro, con la diferencia de edad yo también ejercía una autoridad sobre ella y mi madre ha sido siempre una mujer muy, muy fuerte, con una fortaleza interior que se manifiesta incluso ahora que ya tiene 87 años y sigue viviendo sola y siendo autónoma. Así que mi hermana tuvo que aguantarnos a las dos [ríe]. 

¿Es la fábrica la que te abre los ojos a la conciencia social?
Tener un trabajo donde hay tiempos fijos, de entrada y de salida, y por lo tanto espacios personales es un gran paso. Y yo, a mí llegada a Mérida, aproveché ese espacio y me integré en una comunidad cristiana de base. Fue allí donde entre en contacto con los movimientos vecinales. La calle, el barrio y la comunidad de base son para mí una verdadera Universidad. Cuando a los catorce años aprendo a escribir y a leer, descubro que estoy llena de deseo de saber. Siempre tengo una curiosidad que es como un pozo sin fondo, y este deseo de saber que me ha acompañado toda la vida, sigue aquí.

Te estoy hablando del momento en que comienza la Transición y mi familia vive en un barrio donde la gente está empezando a organizarse. Yo había visto en mi familia que todo el mundo vivía como podía, niñas que crecían con sus abuelas y abuelos, o solo con sus madres porque se iban los hombres a trabajar a Suiza, Alemania u otras partes de Europa, esa era la realidad de mis amigas.

Mi padre siempre se negó a eso, a separar a la familia, tenía una sensibilidad especial. Esa elección, como todas, tuvo sus consecuencias. Eso suponía que al estar con ellos en el campo mi hermana y yo no tuvimos opción de estudiar, pero por otra parte, todos mis recuerdo de infancia son muy bonitos.

Marisa Prudencio mani

Cuando salgo al campo con mi pareja, a ella que es Ingeniera agrícola le asombra que yo sepa tantas cosas, y yo le respondo que mientras ella estaba en la escuela, en el instituto y en la universidad, yo estaba trabajando en el campo y teniendo todo el tiempo para mirar como los pájaros hacen sus nidos. Yo podía disfrutar de trabajar junto a mis padres y preguntarles. Gracias a eso sabía de cuánto tiempo estaba embarazada la burra y cuánto faltaba para el parto del burranquino, o las gallinas y los 21 días para que nacieran los pollitos. Y veía a mi madre preocuparse de los gatitos, y de buscar alternativas cuando a veces se quedaban sin madre y les buscaba una madre alternativa, que podría ser, por ejemplo, una perra que hubiera tenido cachorros, y criaba juntos a perritos y gatitos.

Supongo que por eso mismo, después de salir del campo, para mí dormir en una tienda de campaña es un placer, y escuchar al autillo mientras miras las estrellas ha sido siempre una de mis cosas favoritas. Algo que me hacía volver a la infancia. Ahora, con los años, me cuesta más dormir en el suelo [risas], porque luego no puedo levantarme.

Háblanos más de la comunidad de base.
En la comunidad de base me encuentro con gente muy variopinta. Entre esa gente había un cura que fue muy famoso aquí en Mérida, alguien que dejó huella en muchas personas de mi generación, Antonio Paniagua, que murió hace unos pocos años atrás. A los 22 años me caso y nos vamos a vivir a una barriada nueva, viviendas de VPO que tenían unas malas calidades que no se correspondían con lo que nos habían ofrecido. De modo que algunas gentes nos organizamos, nos responsabilizamos y formamos una asociación de vecinos en el Polígono Nueva Ciudad, en concreto en las 730 viviendas. De ahí sale un “máster” de presión social. Una noche nos encerramos en el Ayuntamiento entre quinientas o seiscientas mujeres, con nuestros hijos. Esa lucha la llevamos adelante uniendo a personas de diferentes ideologías, incluyendo a gente del Partido Comunista, y con personas como Ángel Calle, que luego fue alcalde de la ciudad con el PSOE. Gracias al encierro nos entrevistamos con el ministro de vivienda de esa época, Luis Gamir Casares, de UCD, y logramos algunas cosas.

Por la misma época, entré a trabajar en el centro de menores de Mérida, que entonces dependía del Instituto Nacional de Asistencia Social. Era el año 1982. Yo entré trabajando en la limpieza, pero a los tres o cuatro años hubo una promoción interna y participo en ella, y comienzo a trabajar en el equipo educativo con unos pequeños cursos formativos. Entonces las oposiciones no eran como son hoy, y yo estaba en el momento correcto, en el lugar adecuado, algo que agradezco porque mi vida ha transcurrido ligada a la infancia desprotegida, que es algo que me preocupa muchísimo. 

¿Ese es el trabajo que mantienes hasta ahora?
Siempre he vivido en la contradicción de estar aquí o de dejar este trabajo porque pienso una parte del tiempo que soy parte del problema, aunque por otra parte pienso que mi forma de trabajar aporta humanidad a este sistema, que no es el más adecuado pero es el que tenemos. Siempre me ha frenado para dejarlo el pensar que aunque sé que no lo voy a hacer mejor que nadie, también sé que no lo voy a hacer peor. Yo sostengo que los centros de menores no son el lugar adecuado para el desarrollo de una niña o de un niño, son como una jaula para un león. Creo, además,  que la humildad es revolucionaria, que siempre tenemos que aprender, también del niño que te dice “no me des un beso”. A mí, la humildad y la verdad me parecen revolucionarias. Por eso, cuando veo a alguien que saca pecho acerca de lo que sabe, me asusta, me preocupa y me hace alejarme de esos espacios faltos de humildad. 

Estamos hablando de los primeros años 80, del tiempo de la Transición, pero quiero situar mejor la época, que a veces se nos desfigura la memoria. En Mérida, desde 1974-75, que es cuando muere el dictador, ya hay mucho movimiento social que recorre la ciudad. Yo recuerdo que la primera vez que vi la bandera comunista en la calle fue en el entierro de Juan Canet Kolar, el abogado laboralista que murió en un accidente de tráfico muy dudoso. Iba junto a mi compañera Bienvenida Gómez Exposito, a Joaquín Macías Gómez y Francisco José Servan Fernández , en junio de 1977.

Eso era un caldo de cultivo que para mí era una ventana abierta a otros mundos posibles.
Cuando entro a trabajar en el centro de menores, la gestión la llevaba una comunidad de monjas Hijas de la caridad, que se comportaban como si aquello fuera suyo. Las nuevas trabajadoras comenzamos a denunciar las irregularidades. Obviamente, había de todo, y no todas las monjas eran igual en su capacidad de escucha, pero había demasiadas irregularidades. Afortunadamente, los centros de menores fueron de las primeras entidades cuya titularidad pasó al gobierno autonómico, y por aquel entonces muchas nos afiliamos a sindicatos. Mi padre, en esa época, ya estaba afiliado a CCOO, tras la fusión con la ORT. En esa época me presenté a las elecciones sindicales y estuve nueve años militando en el sindicato.

¿Cómo eran los menores entonces?
Durante mi tiempo de trabajo he vivido varias épocas, aunque siempre el problema es un problema de empobrecimiento, pero con diferentes matices. En los primeros tiempos llegaban niñas y niños que se habían quedado sin padres y no había familia que se hiciera cargo, pero habían tenido una vida ordenada, recibiendo cariño. Ahora, el empobrecimiento lleva aparejado un desorden psicológico que nubla la mente, que conlleva maltrato psíquico y físico. A los centros llegan los menores de los barrios limítrofes de las ciudades, donde viven siempre los empobrecidos, que están como están por la falta de reparto de la riqueza. La vida dentro de los guetos pone muy difícil salir adelante, adquirir una buena base cultural. Puedes ver que siempre vienen de familias que no participan de la vida de la comunidad, nunca están en las organizaciones políticas, sociales, sindicales u otras, y eso es porque no comprenden el mundo en el que viven.

Aunque no quiero que pensemos que el maltrato a la infancia es algo que solo se ve entre las personas empobrecidas. Yo escuchaba hace poco las declaraciones de Cayetano Luis Martínez de Irujo y Fitz-James Stuart, donde contaba cómo a los ocho años su hermano mayor le había dicho, fríamente, que su padre había enfermado, y días después, el mismo hermano le dijo “papá ya no está. Se ha ido al cielo”. Y vio el entierro de su padre por la televisión, sin que le hubieran permitido verlo, ni despedirse de él. Y tuvo que superar la muerte de su padre sin ninguna preparación y sin que la familia le aportará ningún consuelo.

Como anécdota, te contaré que en el 2012, cuando salta la noticia de que Froilán Marichalar y Borbón, que tenía 13 años, se ha disparado en un pie con una escopeta cuyo uso no estaba permitida a menores de 14, yo al llegar al trabajo les dije en broma a mis compañeras: “¿Ya habéis preparado la llegada del niño nuevo?”. Porque todas sabíamos que Servicios Sociales no iba a intervenir, pero si no hubiera sido hijo de la familia real, lo sucedido se hubiera considerado maltrato y hubiera estado con nosotras.

Pero esta sociedad todo lo mide en términos materiales, comer bien, tener una buena casa, y eso no es todo. En cambio, a una niña o un niño que entra en un centro de menores se le investiga todo, todo, todo. Se sabe de sus padres, de la madre sobre todo, cualquier mínima cosa o incidente. Se nos olvida muy a menudo que tenemos el compromiso social de atender al interés superior del menor. Esto me cabrea mucho porque es algo que se nombra mucho, pero que en nuestras administraciones es mentira. Y se nos olvida que en el momento de nacer un bebé está aportando a la sociedad y pagando impuestos, porque se compra desde antes de nacer, y solo para su uso exclusivo, ropa, pañales, muebles, etc. 

En esa época, cuando comienzas a trabajar en el centro de menores, ya eras madre ¿Cómo lo vivías?
Cuando entro a trabajar ya tenía mi hijo mayor un año, después vino mi hija. De modo que han crecido mientras cuidaba también a estas otras criaturas. Al contrario que muchas mujeres, yo siempre he querido que mis hijos crecieran, porque verlos pequeños me provoca mucha inseguridad. Luego se me dan estupendamente, pero a mi me gusta la adolescencia, me entiendo muy bien con las personas de 12 a 18 años.

El feminismo es importante para ti, ¿desde cuándo?
En el año 1993 tomo mucha conciencia de lo que es el feminismo y empiezo a ponerle nombre a muchas vivencias previas. Ese año entré en contacto con el movimiento cuando participo en una acción de Mujeres de Negro, una organización que aboga por la paz desde ahora mismo. Vamos ha hacer la paz y la vamos a hacer ahora. Mujeres de diferentes nacionalidades, serbias, croatas, musulmanas, cristianas, anarquistas… y estaban todas juntas porque su objetivo era conseguir la paz. Hacían cosas valientes, como ayudar a escapar a chicos que no querían ser soldados. Y podían hacerlo porque básicamente las mujeres somos internacionalistas, no queremos la guerra porque nosotras damos vida. Yo tenía entonces treinta y tantos años y debo decir que además fue allí donde conocí a mi compañera. Pero antes de eso veía en el sindicato que las mujeres estábamos como floreros y las grandes responsabilidades las asumían los hombres. Ahora mismo ya no estoy cercana a los sindicatos mayoritarios, pero veo con alegría que en Extremadura, en UGT y CCOO hay dos mujeres ocupando los puestos de la Secretaría General. En el caso de la secretaria general de CCOO de Extremadura, Encarna Chacón, me alegro porque además es amiga mía. Aunque mi relación con el sindicato quedó rota cuando CC OO dijo sí a la refinería.

Pero el feminismo no es algo nuevo. En realidad está arraigado en las mujeres desde la edad media o antes, porque éramos conscientes de la discriminación, de la negación de nuestros talentos, del robo de nuestra sabiduría. 

Y ahora, ¿qué tienes entre manos?
Sororidad. Hemos creado Mujeres Sembrando, una asociación que une a mujeres de diferentes nacionalidades y etnias, para remar juntas en la misma dirección. Somos un conglomerado de colores, donde todas aportamos y aprendemos las unas de las otras, sin prejuicios. Somos mujeres a las que en menor o mayor medida el capital nos maltrata y sabemos que frente a ese enemigo debemos estar unidas. Porque nos afecta como mujeres, pero además afecta a nuestras criaturas. Porque no es solo que tu no tengas para comer, o para pagar la vivienda, sino que no tienes para darle un techo o una tostada a tus hijos e hijas.

En Extremadura se tiran a la basura miles y miles de kilos de comida, mientras muchas personas pasan necesidad. Desde Mujeres Sembrando les hemos planteado a todos los grupos políticos con representación en la Asamblea la necesidad de una Ley autonómica que impida que se tire a la basura comida en buen estado. Parecida, pero mejor, que la ley que tienen en Francia desde hace dos años, que es un paso, pero que está lejos de ser realmente capaz de atajar el problema. En la asociación tenemos mujeres que trabajan en empresas de limpieza cobrando 3€ la hora, y siempre con miedo porque hoy te llaman y mañana no te llaman. Otras se han ido a trabajar a la costa, donde es verdad que hay trabajo, pero en esos lugares turísticos tienes que pagar la vivienda a precio de turista, y si vas con tus hijos, el sueldo que ganas no te da para mantenerte y mantener a tu familia.

Desde Mujeres Sembrando trabajamos mucho el problema de la vivienda, porque hay en Extremadura, y en todo el estado español, viviendas suficientes para que todas las personas tuvieran un techo, y sin embargo preferimos dejar que las viviendas se deterioren antes de abrirle la puerta a una familia sin recursos. Y quien se atreve a dar una patada en la puerta para entrar, es un delito y conlleva antecedentes penales que a la larga te dejan sin trabajo. Yo recuerdo que en el discurso de investidura de Fernández Vara como presidente de la región para la actual legislatura dijo que en esta tierra los menores no se distinguirían por la cuna donde nacieran. Esas palabras se me quedaron grabadas porque tengo una especial sensibilidad hacia la infancia. Pero estamos casi acabando y no se ha construido ni una sola vivienda social en la región.

Yo no soy una persona para participar dentro de un partido político. Soy una persona que participa activamente, pero desde la calle, y creo humildemente que la representación a través de partidos políticos ha sido un fracaso… Yo no sé muy bien cómo habría que hacerlo, pero creo que la mayoría empobrecida, con el actual sistema, no llega a estar representada en las toma de decisiones. 

¿Cuéntame cosas de Mujeres Sembrando?
Nos estamos gestando. Llevamos cuatro años y aún está todo por hacer. La Junta le cedió este local al Ayuntamiento, y el Ayuntamiento nos lo ha cedido a nosotras, un espacio dentro del centro de menores para que lo gestionemos y hagamos realidad ese Centro de Alimentación Solidario (que nos está costando la misma vida), y también queremos montar talleres de recuperación de ropa, muebles y juguetes, para autoabastecernos. Tenemos una compañera psicóloga que está haciendo entrevistas personalizadas a cada una de las socias para poder conocer las necesidades de cada caso en lo que se refiere a habilidades personales, resolución de conflictos, etc. Otras dos compañeras maestras están ayudando con formación en lectura comprensiva y otras herramientas. Somos por ahora unas 57 familias, y creciendo. Porque detrás de cada mujer hay una familia. Nosotras analizamos que había mujeres en la cola de Cruz Roja o de Caritas, pero que eran mujeres jóvenes y capaces, que deberían ser las protagonistas de su propia liberación.

Dentro de la asociación animamos a expresarse, a tomar la palabra, y también animamos a dar el paso de participar socialmente, salir a la calle, implicarse en otros ámbitos de la vida, más allá del hogar y del cuidado que son los espacios que tradicionalmente nos han dejado a las mujeres. Somos conscientes de que cada una aquí viene cargada de cultura, y una cultura que debe ser puesta en valor, pero también debe ser puesta en relación. Porque necesitamos conocernos y conocer a las demás para que cada persona pueda decidir por sí misma quién es y lo que quiere.

Nos han cedido este espacio, el espacio de las mujeres, en principio por cinco años, revisable, ya que nuestro proyecto es muy ambicioso. Queremos tener una biblioteca, queremos tener un taller de recuperación de ropa, un taller de recuperación de muebles, y muchas cosas más. 

¿Por qué con mujeres?
Decía Rosa Luxemburgo: “El socialista que no es feminista carece de amplitud. Quien es feminista y no es socialista carece de estrategia”. Yo estoy más cómoda trabajando con mujeres, mucho más que en los espacios mixtos. En los espacios solo de mujeres siento que he llegado a casa, puedo relajarme y ser yo misma. He sufrido mucho en los espacios mixtos, donde los hombres son los que se van apropiando del protagonismo y cuando te quieres dar cuenta llevan la voz cantante. Se dicen feministas y se ofenden si les llevas la contraria. Y esto no solo lo digo yo, también se lo he escuchado a otras compañeras dentro de los partidos, los sindicatos, las asociaciones, las plataformas. Entre mujeres tenemos otra manera de resolver los desacuerdos, que siempre los hay, la convivencia no es siempre una balsa de aceite, pero hemos sido educadas para comprender y nos damos la posibilidad de abrir espacios y sabemos respetar los tiempos, entendemos que lo personal también cuenta. Yo respeto y admiro a las compañeras que se mantienen en espacios mixtos, comprendo y comparto los argumentos sobre ocupar los espacios públicos en partidos políticos, sindicatos y otras instituciones, pero yo he sufrido mucho en esos espacios, teniendo que correr detrás del líder de turno, o aguantar descalificaciones por querer gestionar tomando en cuenta las distintas realidades. La competitividad y la efectividad están demasiado arraigadas y no dejan nacer una nueva realidad.

Si las mujeres tenemos que luchar por el pan, el techo y la dignidad, podemos crear espacios donde luchemos por eso, al tiempo que nos cuidamos y cuidamos de nuestras criaturas. Es mi forma de alumbrar un mundo nuevo. Sin perder tiempo en luchas internas, porque el día tiene 24 horas y dan para lo que dan.

Hemos hablado mucho de lo que haces en tu vida, pero la vida es mucho más, nos lo acabas de recordar. De pasada, a lo largo de la entrevista, a aparecido tu vida en pareja… ¿Me permites preguntar?
Bueno, tú ya sabes lo que es el amor. En realidad es sencillo [risas]. Es sencillo, pero no tanto.

Ten en cuenta que ahora tenemos diez etiquetas para clasificar nuestro modo disfrutar de nuestra sexualidad [más risas].

Ya te entiendo, aunque ahí también me pierdo mucho. Tengo 62 años ahora mismo, mi madre dice que ahora vivimos muchos años, pero mal. Pero, supongamos que a mí me quedan unos 15 años llenos de energía, no sé lo que me depara el futuro… porque yo soy divina, pero no adivina. Lo que te puedo decir es que ahora estoy bien. Soy feliz, estoy enamorada de mi pareja y no me planteo más. No me pongo etiquetas. 

Concretando, lo has vivido siempre libre y positivamente.
Sí, la verdad es que ahora ves que la gente se manifiesta afectuosamente con más libertad. Pero la verdad es que yo siempre he hecho lo que he querido. También es cierto que nadie me ha dicho nunca nada. Claro, que de haberme dicho algo se hubieran encontrado un puñado de buenas respuestas, muy firmes. Nosotras llevamos a cabo la política de los hechos consumados y nunca nos hemos encontrado ningún problema.

Al hablar de tu adolescencia, al llegar a Mérida, has comentado tu vinculación con las comunidades cristianas de base, ¿sigues conectada con la Iglesia?
Soy creyente. La espiritualidad nunca ha sido un estorbo para mi ser feminista o mi ser sindicalista. Lo que no me gusta es que se confunda espiritualidad con religiosidad. 

Hablemos de Extremadura. Tu recorrido vital está imbricado en esta región. Nos has contado que tus padres te enseñaron a conocer y respetar las naturaleza, y que eran bastante autosuficientes, pero eso es una realidad que corresponde al pasado. ¿Cómo ves el futuro?
Estamos creando una falsa realidad. Nos hablan de subida de empleo en la región, y en realidad la gente se da de baja en el SEXPE porque se va de Extremadura, y eso hace que baje el índice de paro, pero es diferente a que se creen puestos de trabajo. Ahora mismo hay empresas en nuestra región que dan de alta a sus trabajadoras dos horas diarias, cuando la realidad es que trabajan una jornada completa. De modo que desde aquí hago un llamamiento a las inspecciones de trabajo.

Hay muchos recursos que creo que estamos desperdiciando, por ejemplo tenemos una pizarrera cerrada en Villar del Rey, tenemos corcho y no lo estamos llevando a la diversificación en la oferta, tenemos una región agrícola que no está apostando por la agricultura sostenible, que es la única que pueda dar respuesta de futuro y que está ahora mismo siendo la demanda de los mercados europeos y estamos perdiendo esta oportunidad de creación de empleo digno. Y no deberíamos dormirnos, solo hay que mirar a China y ver cómo están apostando por el olivar, pero también tomar en cuenta que EE.UU, por ejemplo, afirma que el 69% de los aceites de oliva importado no cumple con los estándares internacionales de calidad. Y España es el primer productor mundial (Universidad de California, informe del Olive Center 2010).  

Hemos tomado caminos peligrosos, como albergar centrales nucleares, que ponen en peligro en cualquier momento nuestro territorio, e incluso a nuestro vecino Portugal. Lo que tengo claro es que debemos replantearnos el modelo social. La realidad es compleja y hacer justicia es un laberinto, por ejemplo ante la ocupación, soy partidaria de dar respuesta ante las necesidades y no castigos. Sin embargo, no podemos exigirle a la Junta de Extremadura que regularice las viviendas sociales que están ocupadas, porque eso crea un precedente de la ley del más fuerte. Quien tiene capacidad de dar una patada en la puerta se va a hacer con una casa mejor, y mientras otras personas que no son capaces de dar una patada en la puerta se van a ver en la calle. Necesitamos solidaridad, necesitamos dejar de lado el pensamiento individualista y empezar a preocuparnos por quien tenemos al lado. No podemos poner a los pobres en contra de los pobres. Es prioritario repartir la riqueza y, al mismo tiempo, dejar de criminalizar la pobreza.

El artículo 4 de la Declaración de los Derechos Fundamentales de la Infancia dice: “El niño debe gozar de los beneficios de la seguridad social. Tendrá derecho a crecer y desarrollarse en buena salud; con este fin deberán proporcionarse, tanto a él como a su madre, cuidados especiales, incluso atención prenatal y postnatal. El niño tendrá derecho a disfrutar de alimentación, vivienda, recreo y servicios médicos adecuados”. Claramente, y textualmente, dice que todo menor tiene “derecho a una vivienda digna junto a su madre”. Por eso yo abogo por una sociedad responsable, y creo que eso sería lo que daría verdaderamente un futuro a Extremadura.

Soy una defensora de la Renta Básica Universal. La Renta Básica que tenemos en Extremadura, que es un primer paso que valoro positivamente, es arañar la superficie del problema. Tenemos que olvidarnos del pleno empleo, eso ya no va a existir, y la RBU nos va a garantizar ese reparto de la riqueza del que hablo y que va a dar como resultado una garantía de futuro dentro de un modelo de sociedad solidario. Una RBU no resta iniciativa, las personas somos activas por naturaleza, lo que nos desactiva es que nos anulen la autoestima, que nos hagan creer que no servimos para nada.

Y también creo que no podemos mirar al futuro si hemos olvidado nuestro pasado. Hay capítulos recientes de nuestra historia que la mayor parte de nuestras hijas e hijos desconocen. Como la historia del Plan de Colonización. El tremendo sacrificio que supuso para esas familias en las que cada miembro debía aportar su parte de trabajo, sin importar la edad. Lo sé porque la mía fue una familia a la que se le negó la opción debido a que mis padres solo, y quiero recalcar solo, tenían dos hijas y eso era poca mano de obra para todo lo que había que hacer.

O la historia del Matadero de Mérida. En Mérida tenemos la avenida Fernández López, que era el director del matadero industrial provincial, que estaba aquí en Mérida. Mucha gente en la ciudad te dirá que era un mecenas. Sin embargo, la fortuna económica que se labró fue en gran parte gracias a la especulación. Por ejemplo, hizo viviendas para las trabajadoras y trabajadores, algo que parece generoso, pero el uso de esas viviendas se les descontaba de la nómina. La empresa no tenía ninguna consideración por la vida de sus trabajadoras, fueron muchas las mujeres que murieron arrolladas por el tren. El tren pasaba por la puerta del matadero, para facilitar las cargas, y para llegar al trabajo las trabajadoras tenían que atravesar el río Guadiana por el puente de hierro por el que circulaba el tren. Para quienes no lo conozcan, el puente de hierro fue diseñado por el ingeniero inglés William Finch Festherstone. Se construyó en 1883 con el mismo tipo de materiales que la Torre Eiffel de París. En aquella época había muchos más trenes circulando que ahora.

Y, por último, recordar que en Galicia hay un museo abastecido de restos romanos de Mérida, y que esos restos llegaron allí gracias a este hombre que honramos como un gran mecenas, pero al que en realidad la ciudad le dio más de lo que él nos dio a nosotras…  

Publicado por carmenibarlucea

Narradora (por escrito y de viva voz). Me gano la vida contando cuentos de la tradición oral pero también me gusta escribir mis propias historias. Activista por los derechos de las personas y de los animales.

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