Parentesis entre continentes

Para Lillo, con amor y gratitud por llevarme a los buenos momentos

“La infancia es a veces un paraíso perdido. Pero otras veces es un infierno de mierda.” Benedetti

ElMazo-casaabuelos

Abro los ojos y encuentro las vigas de madera sobre mí. Es la confirmación de que no es un sueño.

Fuera de la casa se escuchan voces burlonas de hombres jóvenes que bromean sobre mi apego a las sábanas con una niña paciente que espera sentada en el poyete de piedra. Ella tiene cinco años y yo tengo cuatro.

Mi amiga viene a esperarme después de haber desayunado, con su ropa limpia y la cara lavada.

Yo me levanto de un salto y siento el frío húmedo al que no estoy acostumbrada. He cruzado el océano Atlántico del cálido enero, al frío enero, para abrazar el sueño de mi padre … pero él se ha tenido que ir.

El sueño de mi padre es vivir en El Mazo, en la Peñamellera baja, en medio de un valle de cuento donde todo es belleza. Pero el trabajo en el valle no alcanza para dar de comer a tantas familias.

Tampoco el valle alcanza, pese a toda su belleza, para satisfacer el alma sociable y parlanchina de mi madre. Y entre la pena y la esperanza mis padres han partido hacia Madrid.

Y aquí estoy. No sé medir el tiempo, no sé si es febrero o marzo. He quedado al cuidado de mis abuelos enfermos y de mis dos tíos, jóvenes y trabajadores.

Después de una vida de hermosos vestidos tapados por babis de cuadros para que no se ensucien. Estoy en un lugar desconocido, entre estos desconocidos que son mi familia, y no hay reglas. Nadie me pregunta dónde voy, nadie me peina, nadie se preocupa por mi ropa.

Mi abuela, en cama casi siempre, me acaricia. Soy su única nieta y creo que pensaba que moriría sin conocerme. Es paciente conmigo, me habla despacio y me enseña a compartir.

Me da su permiso para salir a jugar.

Y bajo la escalera corriendo y abro la puerta para sentir el placer del frío en la cara.
Mi amiga y yo cruzamos la carretera y subimos las escaleras que nos separan de un monte mágico donde todo nuestros sueños se harán realidad.

Jugamos incansables durante horas. Tenemos escondites maravillosos y una casita secreta, llena de comidas sabrosas que hemos traído de la despensa de su casa. Galletas María, avellanas, nueces, y dulce de membrillo. No hay hambre, no hay prisa.

Los árboles que dan al camino, también son generosos con nosotras y nos regalan sabores agrios a medio madurar, que nos resultan deliciosos.

Reímos.

Siempre estamos contentas. No hay que contar el tiempo, la felicidad no está tasada, ni viene empaquetada.

La madre de mi amiga nos llama a comer. Es la hora. En el valle las voces también son libres y se expanden para alcanzar su objetivo esté donde esté.

Corremos cuesta abajo.

Nosotras regresamos cada una a su lugar. Mi amiga a la casa ordenada donde le lavan las manos y le sirven en una mesa con mantel.

Yo cruzo la carretera, me espera una algarabía de hombres que ponen la mesa y le suben a mi abuela Sinforiana la comida a la cama. Cuando mejore el tiempo se levantará más pero ahora, aún, el cuerpo no responde del todo y reclama el calor de las mantas.

Nos sentamos a comer las alubias de todos los días, deliciosas. Han cocido toda la mañana, lentamente al calor de la leña.

Tengo cuatro años, nadie espera de mí que lave los platos, ni que cocine, ni que se me acaben las ganas de jugar. Solo debo comer sin rechistar, dar las gracias y estoy libre para volver a los praos que se abren hacia el cielo. Puedo buscar el postre entre los manzanos o los limoneros, si quiero.

Ahora soy yo quien se sienta a esperar a mi amiga. En los escalones delante de su puerta. Escucho las voces de sus padres y sé que ella me ha visto llegar, a través de la ventana de la cocina, me ha visto cruzar la carretera nacional que apenas se transita en el invierno de 1971.

Cuando caiga la noche volveremos a bajar, yo cruzaré la carretera, abriré la portilla de fierro y entraré en la cocina donde se fríen patatas, huevos y pimientos, como todas las noches.

Luego volveré a la cama que me protege de las arañas, me acurrucaré debajo de las mantas para no tener miedo y dormiré un sueño profundo y agotado, esperando despertar bajo las vigas de madera que confirman mi libertad.

Es tan fácil vivir en el paraíso.

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