Ser valiente, tener miedo y estar insoportable. Una reflexión emocional en torno al cáncer

Publicado en El Salto Diario

Ser, tener y estar, tres formas verbales a las que en castellano no solemos dar demasiada importancia, y que sin embargo son parte de nuestra riqueza lingüística. Y pueden, según las usemos, clarificar o confundir nuestra vida momento a momento.

En muchos idiomas, los verbos ser y estar se toman como un solo verbo, lo que dificulta la matización. El ser y el tener, en los últimos siglos, se nos presentan como dos formas contrapuestas de afrontar la vida, pero no será así en este artículo.

Yo, hasta hace muy poco, tenía un cáncer (era mío porque lo había generado mi cuerpo). Era de mama, del tipo triple negativo. Un grado III en la escala del 1 al 4 en que se mide el nivel de evolución. Ya sé que esto resulta enigmático, porque no estamos acostumbradas a hablar del cáncer según el tipo que desarrollamos. Ni siquiera las personas con cáncer suelen hacerlo. Sin embargo, a mí me parece importante porque generalizar no ayuda a tomar conciencia de las diferentes realidades que afrontan las personas enfermas, y la gran diversidad que es connatural al cáncer, se pierde en este genérico singular.

Pero la reflexión que quiero hacer, sin embargo, es hasta ahora común a lo que he escuchado de otras personas que afrontan el proceso de sanación, desde el diagnóstico hasta la cura, o hasta la muerte.

En los últimos años se ha puesto de moda enviar mensajes ¿positivos? del tipo: “eres valiente”, “vamos, que tú puedes” o “eres una guerrera” (lo escribo en femenino porque es el que me toca). Y, sin embargo, las personas enfermas de cáncer lo que más hacemos es ser pacientes, y creo que es realmente correcto llamarnos así.

La palabra paciente tiene su origen en la palabra latina patiens-entis, cuya traducción sería doble: por un lado, sufrir o padecer y, por otro, aguantar. Por eso, si le preguntamos al diccionario, nos dice que paciente es un adjetivo: “que tiene paciencia”, pero también es una acción: “quien padece y quien consiente”. La acción de consentir enraíza con la de dejarse curar y por eso uno se convierte en el paciente de…

Cuando te diagnostican un cáncer no hay muchas opciones sobre el tratamiento. Salvo que tengas formación específica, lo que te toca es ponerte en manos de tu oncólogo/a y asumir que, si quieres vivir, debes soportar un tratamiento médico que roza lo inhumano. Es por ello que quienes nos acompañan deben pensar dos veces qué palabras van a utilizar, para que a la angustia de estar mirando a la muerte de cerca no se le sume el agotamiento emocional.

Dado que el deseo de vivir es el principal y más básico de nuestros instintos, podemos deducir que ser valientes para afrontar las condiciones adversas para la vida es inherente a todas las personas. Más aún, es inherente a todas las criaturas vivas, del reino animal, vegetal o fúngico. Sin embargo, por más valientes que seamos, o sea, por más deseos de vivir que sientas, no podemos evitar tener miedo.

Tener miedo no es parte intrínseca de nuestro ser, es algo que, según la persona, su personalidad y sus circunstancias, va a ser más o menos intenso. También, en parte, dependiendo del diagnóstico y del acceso a la información. Quiero decir que hay personas que prefieren hacer lo que se les dice, sin pensar demasiado en la enfermedad, y así enfrentan la posibilidad del miedo. Mientras que otras personas prefieren entender el origen, el proceso y las consecuencias, y así afrontarlas. Pero todas en mayor o menor medida tenemos miedo; si no tuviéramos miedo, no entraríamos en el proceso de sanación. 

A mí, en lo personal, me han ayudado más las personas que recuerdan el miedo que las que no lo han tenido o lo han olvidado, porque yo tengo miedo. No siempre tengo miedo de morir, pero muchas veces he sentido miedo, por ejemplo la noche antes de los ciclos de la quimioterapia, porque sabía que después venían los días del cansancio extremo en que tu cuerpo para regenerarse necesita toda la energía que tengas disponible; miedo de los pensamientos negativos inducidos por el desequilibrio químico, y miedo a la terrible sensación de no volver a ser quien dirige mi destino.

Las personas que no han tenido miedo, o que no lo recuerdan, me han hecho sentir que soy débil, que no estoy a la altura de lo que la sociedad espera de mí como enferma heroica de un cáncer, y que estoy traicionando el significado de ser paciente. Ese sentimiento de estar fallando, me ha llevado a llorar amargamente y también a estar insoportable en muchas ocasiones.

Estar insoportable es, afortunadamente, un verbo copulativo que se usa para atribuir a un sujeto alguna característica que no es permanente, y que tendrá un momento de final. Eso espero.

Es duro ser consciente de que estás insoportable, de que lloras sin posibilidad de consuelo, o rechazando el consuelo, que te enojas por absurdeces y que te impacientas cuando sabes que no sirve de nada. Pero es algo superior a ti y, aunque sabes que estás insoportable, continúas estando insoportable un ratito más. Y a veces te pones estupenda, como una verdadera dama-drama, y te vas de casa, o abres la puerta del coche para bajarte en marcha, o te encierras para no ver a nadie, porque nadie te comprende.

También es verdad, y es bueno contarlo todo, que cuando te ríes lo haces a fondo, con el alma y con el cuerpo. El cáncer agudiza el sentido del humor (qué puede pasar a humor negro sin darnos cuenta) y también agudiza la empatía, por eso la generosidad, el compañerismo y las manifestaciones de afecto sincero se vuelven frecuentes en el día a día. Y una ausencia absoluta de competitividad, que por mi parte espero que sea permanente para el resto de mi vida. Aprender a vivir desde la debilidad es una verdadera fortaleza.

De modo que, resumiendo, ser valiente es lo natural y no hay posibilidad de no serlo, tener miedo es lo natural pero cada cual lo tiene a su manera, y estar insoportable es una consecuencia lógica de la tensión de vivir un tratamiento que para sanarte necesita destruirte en parte y que se prolonga en el tiempo meses, en el mejor de los casos, o décadas. Algo que, llegadas a este punto, también se recibe como parte de lo mejor que nos puede pasar.

Es indudable que el cáncer también trae consigo regalos invaluables, como una mirada renovada a todos los momentos hermosos que nos regala la vida. Una capacidad de disfrutar como si hubieras vuelto a los tres años de repente, y que esperas de todo corazón no volver a perderla. Y también una capacidad de relativizar los sucesos de la vida que nos aporta madurez generalmente. Qué combinación tan hermosa: inocencia y madurez, asombro y sensatez.

A quien me lea, si no es usted una persona con cáncer, recuerde que en nuestra sociedad una de cada cuatro personas sufre de esta enfermedad, que el cáncer en genérico es quien se lleva la mayor parte del presupuesto de investigación y que lo que más ayuda a pasar el largo y difícil periodo de sanación o de muerte, es estar junto a personas que saben escuchar y que, curiosamente, son pacientes contigo.


Publicado por carmenibarlucea

Narradora (por escrito y de viva voz). Me gano la vida contando cuentos de la tradición oral pero también me gusta escribir mis propias historias. Activista por los derechos de las personas y de los animales.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: