The Fall, luz sobre nuestras oscuridades

Como casi siempre en mi vida he llegado tarde a ver una serie que ahora considero imprescindible. Soy una persona que no disfruta demasiado de la intriga, ni de la temática policiaca y me resisto a ver series oscuras. Y sin embargo después de ver “The Fall” siento que es una serie que ilumina los puntos oscuros de nuestra sociedad.

Supongo que muchas de ustedes que me leen ya han visto la serie, que fue estrenada en 2013, de modo que un poco más y llego con 10 años de retraso. Tristemente las cosas no han cambiado demasiado, pese a los esfuerzos de Allan Cubitt que está magistral poniéndose en la perspectiva de las mujeres a la hora de afrontar la vida. Y también está magistral en la llamada de atención sobre los Derechos de la Infancia y las terribles consecuencias que acarrea a nuestra sociedad el maltrato infantil, tan presente en lo cotidiano que es sobrecogedor.

He leído por ahí que la tercera temporada fue un alargamiento debido al éxito obtenido, y que se hace pesada. Como suele suceder, voy a disentir. Para mí la tercera temporada es lo mejor de la serie. Cierto que no se puede desligar de las dos anteriores, pero las dos anteriores no hubieran sido suficiente, ni la serie hubiera iluminado en toda su plenitud nuestras partes más oscuras.

También he leído que acusaron a su guionista de misógnia y me he acordado de que algunas madres no quieren comprar mi cuento “Lulú y mi papá” porque dicen que es machista … Y he pensado que no puedo achacar mi fracaso como escritora a mi falta de claridad en el mensaje, lo que es un pobre consuelo, pero no deja de ser un consuelo necesario.

Quizás me hubiera gustado más una protagonista con menos tacón de aguja, quizás. Aunque al final de la serie ya se lo había perdonado todo. También es cierto que una serie de 2013 no puede ser Mare of Easttown y aún así Kate Winslet tuvo que hacer valer su fuerte personalidad a la hora de perfilar un personaje alejado del imaginario patriarcal de mujer atractiva a la par que inteligente.

Pero debo reconocerle a Gillian Anderson su capacidad para transmitir esa mirada feminista que tanta fatal nos hace. A todas las personas, obviamente, pero que se agradece sobre todo entre nosotras las mujeres. Hay una escena, en la tercera temporada, cuando ella está reunida con tres hombres de más de sesenta años, que tiene que decidir sobre si encausar o no a la esposa ( encarnada por la actriz Bronagh Waugh ) del asesino en serie, por haber mentido en un primer momento (temporada 2), y ella defiende que no pueden llevarla hasta ese extremo. Que es demasiado sufrimiento para una persona que acaba de descubrir que su tímido e introvertido, pero generoso y solidario marido y padre de sus hijos, es un asesino despiadado (encarnado por el actor Jamie Dornan). Qué si la fuerzan más, la van a romper. No lloré, pero me falto muy poco. Pensé que me hubiera gustado tenerla de mi lado en más de una reunión, y que de ahora en adelante, cuando me reúna con un montón de personas de esas que reniegan de las emociones y se dicen objetivas (que es la forma de decir a voces, que no tienes ni la más remota idea de como te han podado el ser persona hasta dejarte bajo mínimos), voy a acordarme de la detective superintendente Stella Gibson, salida del imaginario de un hombre, pero seguro que inspirada por la existencia de mujeres de su entorno. Mujeres tan fuertes como vulnerables, tan libres como encorsetadas, tan eficientes como inseguras. Absolutamente conscientes de caminar sobre una delgada cuerda floja, en la que mantener el equilibro es más fácil si eres plenamente consciente de tu mezcla imperfecta, y de tu deseo de un mundo mejor.

Y el tratamiento de la infancia en la serie es, sencillamente, magistral.

Si aún no la han visto, porque van tarde en esto de las modas, como yo, se la aconsejo de todo corazón. Si les gustan las series policiacas quizás está les va a sorprender porque sabemos desde el principio quien es el malo, y es más, sabemos como reacciona ante la búsqueda policial. Para mi, su mayor encanto es esa forma de poner el dedo en la herida, esa forma cariñosa pero firme de ponernos frente al espejo, y por supuesto, dejarnos pensando.

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