Tanta fuerza contra unas pobres mujeres

ElDiario.es

Mujeres afganas residentes en Barcelona acompañadas por la agrupación Catalunya Abolicionista Plataforma Feminista (CATAB) protestan ante la sede de la ONU en la Barcelona y reclaman una respuesta internacional urgente para proteger a las mujeres y niñas afganas tras la victoria de los talibanes. EFE/Quique Garcia


A mí la desesperación por salir de Afganistán me pilló leyendo a Juan Mayorga y su obra “La lengua en pedazos”, un diálogo imaginario entre el Inquisidor y Teresa de Ávila en su primer convento, el de San José, que fundó un 24 de agosto de 1562.

El Inquisidor, un talibán sensato y dialogante, si es que eso es posible, o manipulador suave que es muy habitual, quiere convencer a la mujer de su indignidad y que ella misma se someta sin tener que utilizar la fuerza y el poder que detenta, le dice a Teresa: “Sabed que a esta hora están reunidos el Cabildo, el corregidor y los regidores del Concejo y todos dicen que en ninguna manera se ha de consentir esta casa”.

La respuesta que Mayorga pone en boca de Teresa es la que más se me viene a la mente estos días, aunque es indudablemente la gran pregunta del feminismo, una pregunta aún sin respuesta. Teresa dice: “ Sé que todos esos hombres que habéis nombrado y muchos más se nos han puesto enfrente. Espanta tanta fuerza contra unas pobres mujeres. Si es daño lo que hagamos unas mujercitas, será para nosotras, no para la ciudad.”

En estos días en que El cuento de la criada se hace real una vez más, esa es la pregunta aún sin respuesta que nos quita el sueño a todas las personas de buena voluntad ¿Por qué dan tanto miedo las mujeres? ¿Por qué da tanto miedo reconocer a las mujeres su derecho a ser las personas que son? ¿Por qué se quiere a las mujeres en casa ignorantes del mundo de las ideas, de las ciencias y del arte? ¿Por qué la mitad de la humanidad tiene miedo a la otra mitad?

Vivimos en un sistema patriarcal que afronta diferentes grados desde occidente hasta oriente, desde el norte hasta el sur, pero todo sistema patriarcal se afirma en un grado más o menos visible de misoginia que afecta a todas las áreas de la vida desde lo personal a lo social. Y no quiero que lo lean como una acusación hacia los hombres, porque ésta construcción cultural se ha mantenido gracias a la participación de las mujeres en el proceso de su propia subordinación. Mujeres que interiorizan la idea de su propia inferioridad.

Me gustaría pensar que los hombres que tienen miedo a las mujeres sufren una enfermedad mental tratable, una ginefobia generalizada, que es un trastorno nervioso que provoca un “temor mórbido o una aversión patológica a las mujeres”. Lo malo de la enfermedad mental es que el primer paso para sanar es reconocerse enfermo, y eso no parece que vaya a suceder cuando el grupo se reafirma en su propia dinámica del miedo.

Según los datos que nos facilita ACNUR, Afganistán es el país más conflictivo del mundo actual. El más expuesto a desastres naturales, con una sequía que afecta al 80 % de la población. La crisis económica del Covid-19 ha dejado a nueve millones de personas sin su medio de vida, y el 45 % sufre desnutrición. Y ahora, el régimen Talibán viene a aislar a las mujeres, y a las niñas, en un infierno oscuro y silencioso, que es la casa-prisión.

De todas las cosas terribles que esperan a las mujeres afganas, la más aterradora para mi es la prohibición de la risa. Yo sonrío o me río como una defensa ante el miedo, soy incapaz de no sonreír y un mundo donde mi arma ante los desafíos de la vida esté prohibida, me llena de terror. Pero sé que las personas que salgan de allí, esas personas que como toda persona de bien quiero acoger y proteger, también van a sufrir aquí o en cualquier otro lugar. Les recomiendo que lean el testimonio de Zarlasht Halaimzai:

“Solicitar asilo te genera inseguridad en torno a tu propia existencia. Hay un sentimiento que impregna todas tus interacciones, como si necesitaras justificar constantemente tu presencia.”

Un relato de 1980 dice que la antropóloga Margared Mead, en una conferencia, expresó que el primer signo de humanidad es encontrar un fémur sanado, porque ello es muestra de que alguien se preocupó de cuidar a esa persona hasta que pudo volver a valerse por sí misma. O incluso, fue cuidada sin que pudiera valerse por sí misma nunca más. En estos días de empatía por los miedos de esas otras personas, también me asalta un miedo cercano, porque hay entre nosotros personas que se muestran abiertamente, y sin sonrojos, contrarias a la acogida de personas en peligro real, abiertamente contrarias a la empatía, al cuidado, a esa capacidad de esperanza en un futuro justo y solidario que englobe a toda la humanidad.

Da miedo, pero es real, los talibanes y su ideología del odio y la violencia, no están solo a seis mil kilómetros de aquí, también están entre nosotros.

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