Estado, familia y libertad

ElDiario.es

Estos días de comienzo de curso, cuando se vive el fin del verano como si se tratara de una nueva primavera, con toda la expectación, la esperanza y los buenos deseos que despierta en las personas esta sensación de un nuevo comienzo; yo ando cabizbaja porque literalmente, no levanto cabeza.

Voy a cumplir 55 años y soy ya una parada de larga duración, a la que le faltan tres años de cotización para tener derecho a la ayuda de papá estado. A mí, primero el cáncer y después la pandemia, me han dejado fuera del juego laboral que ha sido mi sustento durante veinte años: la narración oral como arte escénico. Quizás sea yo una obrera demasiado especializada, pero el oficio que me ha dado sustento, y que me ha permitido sacar adelante a mi familia, hoy por hoy, no tiene en mi caso casi ninguna demanda. Quiero aclarar que no le sucede lo mismo a otras personas de la profesión, personas que no arrastran un tratamiento médico largo, como es mi caso, y por tanto no han quedado fuera de los circuitos comerciales tanto tiempo.

Sea como fuere, ahora soy protagonista de un drama que durante toda mi vida he vivido como injusto, antes desde mi butaca de semi privilegiada y ahora desde la escena. Quizás por eso he sido más sensible a la campaña que en el mes de junio lanzó el ministerio de Derechos Sociales bajo el lema #EsMéritoDeTodos para combatir la idea de que superar la pobreza es una cuestión de voluntad individual. Una idea muy moderna y asociada al concepto de individuo que nos ofrece el sistema económico en que nos hallamos inmersos.

Y la trampa es que nos dicen que somos individuos y además libres. Ese concepto positivista de la libertad que nos hace creer que cada persona tiene la capacidad, a través de su propia voluntad y gracias al dominio de sus acciones, de forjar su propio destino. Ya saben…

No importa cuán estrecho sea el camino,

ni cuán cargada de castigos la sentencia,

soy el amo de mi destino,

soy el capitán de mi alma.

William Ernest Henley

Ese concepto romántico (en la acepción más positiva del término) sustenta la posibilidad de actuar de tal forma que se pueda tomar el control de la propia vida, superando a fuerza de voluntad, todos los obstáculos que el tiempo y la sociedad ponen en nuestro camino.

Y sin embargo, nada más lejos de la realidad, y conste que no quiero quitar mérito a nadie. Las personas nos formamos gracias al entorno, obviamente gracias a la familia que nos acoge, o no, al nacer, y a los estímulos sociales que recibimos. En esto hace hincapié la campaña “la pobreza que se hereda al nacer” y así lo demuestra el Alto Comisionado contra la Pobreza Infantil en su estudio del 2020, que concluía: “la pobreza infantil es la principal vía de reproducción intergeneracional de la pobreza”.

En la encuesta de Condiciones de Vida 2019 los datos señalan que una de cada dos personas entre 30 y 49 años que nacieron en un hogar con una situación económica “muy mala” continúan en la misma situación, ósea la mitad. Y la otra mitad, ¿por qué ha salido de la pobreza? Fácil, porque la situación económica general ha mejorado, y han tenido la buena fortuna de entrar a compartir.

Siempre me he preguntado cómo es posible que si las personas pobres (ya saben, las que no tenemos ahorros en el banco) somos la mayoría de la sociedad mundial ¿por qué lo vivimos como si fuera culpa nuestra? ¿Por qué nos hacen sentir que no tener trabajo, o éxito, es a causa de nuestra ineptitud? Que es lo mismo que me pregunto sobre el machismo que nos aqueja, pese a que la mitad de la población somos mujeres, la gran mayoría de las sociedades humanas se comportan como si las mujeres fuéramos menos personas que la otra mitad. Ninguna de las dos cuestiones tiene una respuesta desde la lógica simple, ni se ha logrado darles una explicación sencilla.

He titulado este artículo de opinión Estado porque desde hace un siglo el Estado nos dice que es el responsable de nuestro bienestar, y se cobra para ello los tributos que antes pagábamos al señor feudal, con cada compra tributo, incluso mientras escribo esta reflexión conectada a la red eléctrica, tributo. Familia, porque sigue siendo el apoyo real en los malos momentos, pero puede convertirse en una condena sin salida, salvo casos de extrema gravedad donde el estado actúa, como es la violencia de género o la violencia doméstica (¡Menos mal!), pero de lo contrario puede ser simplemente el mal menor que nos permite continuar, un día más, un paso más, sobreponiéndonos a nuestra propia tristeza; y libertad, porque hemos crecido sabiendo que deberíamos ser libres, que tenemos derecho a ser quienes queramos ser, y sin embargo, ser libre es algo que muy pocas personas se pueden permitir, porque a veces cometes el error de encadenarte a una hipoteca, o tienes la mala costumbre de usar electricidad, agua corriente e incluso, es posible, que te guste comer. También podría haberlo titulado “érase una vez un animal gregario que no sabía que lo era”.

A mí, ahora que busco trabajo, a veces me dicen por escrito: “No es el perfil que estamos buscando” y me acuerdo de Groucho Marx y me dan ganas de poner en mi currículum “si no le gusta este perfil, tengo otro.”

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