Cuando amar es el problema

Publicado en ElDiario.es/Extremadura el 28 de noviembre de 2021

El pasado jueves fue 25 de noviembre, y CASI toda la sociedad se puso de acuerdo para denunciar la existencia de la llamada Violencia de Género


El pasado jueves fue 25 de noviembre, y CASI toda la sociedad se puso de acuerdo para denunciar la existencia de la llamada Violencia de Género, la violencia que ejercen los hombres contra las mujeres, y que alcanza muchas veces también a las criaturas humanas o no humanas, que son amadas por ellas.

He puesto el “casi” en mayúsculas porque la falta de consenso total me parece muy grave en este asunto, tanto como la falta de consenso social para interiorizar los Derechos Humanos como reglas de convivencia imprescindibles. A ese “casi” negacionista les recomendaría la lectura de la antología de relatos de Emilia Pardo Bazán “El encaje roto” que nos ofrece Cristina Patiño Eirín. A ver si con perspectiva histórica comprende que no es un invento. Que ya decía la autora en 1901 escribiendo para La Ilustración Artística: “Siguen a la orden del día los asesinatos de mujeres. Han aprendido los criminales que eso de la pasión es una gran defensa prevenida, y que por la pasión se sale a la calle libre y en paz, y no se descuidan en revestir de colores pasionales sus desahogos mujericidas”

Pero quiero aprovechar este espacio para reflexionar en voz alta sobre algo que vengo observando desde hace algunos años entre mis amigas que son o han sido víctimas de violencia de género. A veces una, a veces varias veces.

Vaya por delante que mis amigas son personas extraordinarias todas. Personas capaces, inteligentes y alegres. Nadie al verlas podría pensar que ellas están sufriendo o han sufrido este tipo de violencia, porque no hay nada oscuro en sus miradas.

Pero a mi, que soy de las afortunadas que no ha sentido violencia dentro de mi pareja heterosexual, me llama la atención un factor común a todas mis amigas y es la disculpa continua de sus victimarios, y el sentimiento de cuidado y protección con el que se refieren a ellos en mayor o menor medida.

A fuerza de escucharlas, y de quererlas comprender, he terminado por pensar que ellas no ven al hombre adulto. Ellas siempre están viendo al niño maltratado, humillado, sufriente. Ese niño al que la Declaración de los Derechos Humanos nos dice que debemos defender y librar de todo mal.

Hablamos muy mal del amor romántico, y no seré yo quien lo desdiga. Pero ya saben que tiendo a tener un pensamiento divergente, y me pregunto si el problema no es solo el del amor romántico, sino también el concepto de maternidad. El ser humano es el único animal que prolonga sus lazos familiares y de cuidado más allá de la infancia de su progenie. Además, somos capaces de escucharnos, de imaginar a las otras personas en su dolor. Y lo que aún no han aprendido los jueces y los Servicios Sociales, lo sabemos las personas de a pie: las heridas emocionales de la infancia son incurables. Podemos aprender a vivir con ellas, pero no somos capaces de sanarlas al cien por cien.

Sobre la violencia hacia las mujeres y porque nos acompaña desde el inicio de la civilización tengo más preguntas que respuestas. Me decía un amigo de la comunidad LGTBI (otra comunidad humana transversal que debe hacer frente a la violencia en múltiples formas) con el que conversaba sobre este común denominador de mis amigas, y me decía él que son sabías porque no es bueno vivir odiando. Y le respondía yo que las víctimas de las bandas terroristas en su mayoría no perdonan, y sin embargo las víctimas de violencia de género tienden al perdón, y se salvan muchas veces por el deseo de proteger a terceros.

Una de mis amigas tuvo su último juicio hace dos semanas. Al violento la fiscalía le pedía 9 años de cárcel. Mi amiga iba con pena, y me decía en el chat privado que mantenemos: “no quiero arruinarle la vida”. Decía eso del hombre que casi la mata en varias ocasiones. El hombre que la golpeo en el suelo estando embarazada. El hombre que le arrancó la vía en el hospital y tuvo la serenidad de llamar a las enfermeras diciendo que se había enganchado, cuando en realidad él la había tirado de la cama.

Y ella, que me ha contado todo eso con lujo de detalles, me dice que no quiere volver a verlo nunca más, pero que no le desea nada malo porque ha sido un niño muy maltratado. Un niño al que hace menos de treinta años le ataban la mano izquierda en el colegio para que escribiera con la derecha, un niño que era inquieto y revoltoso, y le daban palizas para que se estuviera quieto.

Tengo una amiga, que se libró de visitar a su padre maltratador en su primera infancia, porque tenía tanto miedo que se hacía pis y se desmayaba durante las visitas que había impuesto el juez. Ella se siente afortunada, porque sus hermanos no se hacian pis, ni se desmayaban, y crecieron viendo al maltratador.

A lo mejor mi amiga tiene razón, y la única forma de acabar con la violencia contra las mujeres es dejar de maltratar a la infancia, en todas las múltiples formas que lo hacemos. Y yo añado, que no estaría de más darle una vuelta a la forma de amar que enseñamos a nuestras niñas. Que ya está bien. Que la empatía no es patrimonio de las mujeres, y no puede ser causa de perder la vida.

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