Intolerancia

ElDiario.es

Bára Buri
@baraburi






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Fue en 1916 cuando D. W. Griffith estrenó su película “Intolerancia”, una película imprescindible para entender la forma cinematográfica de narrar que conecta con la gente. Y sin embargo, pese a las escenas cortas de acción intercalada, no ha logrado cien años después, que las personas entendamos que la intolerancia es un problema para la convivencia, que no nos hace una sociedad más segura y que trae más problemas de los que soluciona.

La semana pasada puse por aquí mis sugerencias para la transformación de la industria alimentaria, y en mi canal de telegram me dejaron este amable mensaje, dirigido a mí y a este medio:

Un diario lleno de enfermas mentales y feministas de mierda, no me extraña que participes con tus locuras, os quedan 2 telediarios

Un amigo, que sabe de estas cosas, me comentó:

… no es de ningún exaltado porque ha medido bien las palabras “os quedan 2 telediarios” que no tienen ningún recorrido legal.

Y esto me llevó a pensar en una duda que me asalta y me duele desde que tengo conciencia de ser mujer: ¿Por qué los hombres, en general, odian a las mujeres? Si no las odiaran no habrían construido un sistema social y legal que limita nuestras opciones, en todo el mundo y durante miles de años.

Pienso que todos los hombres se relacionan con mujeres, es inevitable puesto que para nacer necesitan ser engendrados por una mujer, y saben perfectamente que las mujeres son personas inteligentes y capaces, sin embargo nos etiquetan, a las mujeres con las que comparten su vida y se supone que quieren, como personas no-capaces y en la práctica nos niegan los derechos que se guardan para sí mismos.

Intolerancia por todas partes
La historiadora Marylène Patou-Mathis, en su libro “El hombre prehistórico es también una mujer”, hace un recorrido previo antes de entrar en materia, acerca de las barbaridades que se han dicho sobre la minusvalía de las mujeres desde el neolítico, incluso como se ha dado la vuelta por parte de la comunidad masculina dominante al mensaje de personas que ponían sus esperanzas de salvación de la humanidad en las mujeres, como es el caso de Charles Darwin, del que tomaron las ideas sobre la evolución retorciéndolas tanto que con ellas llegaron a argumentar que los hombres y las mujeres pertenecemos a especies distintas (sic) y por ello es natural y justo que las leyes que rigen nuestra convivencia sean diferentes.

Pero gracias a la técnica biomolecular desarrollada en 2019, llamada análisis de la amelogenina, una proteína presente en el esmalte dental y ligadas al sexo, es posible conocer el sexo de un esqueleto con un alto grado de precisión, y este estudio ha hecho cambiar la interpretación de numerosos yacimientos, donde se había asignado sexo masculino a esqueletos de mujeres debido a su tamaño. Ahora sabemos que eran simplemente mujeres altas y fuertes, porque el dimorfismo sexual en nuestra especie es mínimo. Y esas mujeres aparecen acompañadas de utensilios asignados a la caza, lo que niega que las mujeres fueran exclusivamente madres y recolectoras.

Miro a mi alrededor y me inquieto. Hay un ambiente de intolerancia que se ve por todas partes. Como usuaria habitual de la sanidad pública en los tres últimos años, en los últimos meses noto un nivel de crispación que me asombra. Me hablan alto y marcado. Me dicen cosas desagradables sin venir a cuento, y eso a mí, que soy una persona que se extrema en ser amable; aunque quizás sea por eso, por que me ven débil y piensan/saben que no voy a responder. Tienen razón, no alimento la violencia, pero también sé que lo que hago no es la solución para que cese. No tengo la receta, no tengo la respuesta.

Pero ésta p intolerancia que cubre nuestra vida como una niebla espesa, está fuertemente arraigada en la ignorancia, en la propia ignorancia de las leyes y las normas que como sociedad nos hemos dado.

Desinformación
Me preocupa que estamos en una crisis mundial, sanitaria y social, y deberíamos ser personas maduras, comprensivas y mantener la calma, pero no lo hacemos. También vivimos asediadas por la información sectorizada, al tiempo que desinformadas, y eso no ayuda.

Por ejemplo, escucho a las personas hablar en el autobús y dan por hecho que las vacunas siempre han sido obligatorias y no entienden por qué ahora las del covid no lo son. Parece que la gran mayoría piensa que uno nace y se vacuna, que tienes que seguir el calendario de vacunación para entrar en la escuela infantil o en el colegio, porque desde allí te piden la cartilla de vacunación, pero en realidad eso que hacen es un exceso de celo, ya que la vacunación siempre ha sido voluntaria. ¿Y por qué es voluntaria? Porque conlleva un riesgo. Siempre que nos sometemos a un proceso que puede salvarnos la vida, debemos saber que puede tener un precio, conllevar un riesgo inmediato o a futuro. En algunos tratamientos nos hacen firmar un consentimiento informado, en otros basta con que vayamos voluntariamente. No podemos pensar que debemos tener una fe ciega siempre en la ciencia, porque ya ha demostrado en anteriores ocasiones que se ha equivocado. Lo bueno de la ciencia es que busca respuestas, y no teme reconocer sus errores, porque se sigue planteando preguntas.

En este asunto de las vacunas para el covid, no entiendo por qué no podemos comprender el miedo de los otros. Y hablo como persona que se ha vacunado voluntariamente, pero si tenemos miedo a la enfermedad ¿Por qué no podemos comprender a quienes tienen miedo a las vacunas y sus consecuencias a largo plazo? En este momento todo es incertidumbre.

Es cierto que los medios nos informan de que gran parte de los ingresos en las UCIs son de personas no vacunadas, pero nadie está haciendo un seguimiento a las personas no vacunadas e infectadas que no están pasando la enfermedad en su peor versión, de modo que las noticias nos están haciendo enojarnos con un grupo de población que tiene tanto derecho a pensar por sí mismo, como cualquier otro grupo.

Derechos y deberes
Es fundamental, para una sana convivencia, entender cuales son nuestros derechos, y cuales son nuestros deberes. Hasta ahora nuestro sistema sanitario no ha expulsado a las personas fumadoras, y eso lo honra, pese a que hace ya muchos años que sabemos que fumar provoca cáncer. Yo creo que lo hemos hecho bien. Hemos atendido a esas personas sin juzgarlas, y eso nos honra. Y se las atiende sin criticarlas, sin embargo, con el tema de las vacunas para prevenir el covid, veo a mucha gente a mi alrededor que con la mirada va poniendo estrellas amarillas en el pecho de los demás.

Eso es parte de una mentalidad fascista, que tiene miedo al otro, a la diferencia y a la libertad, a la verdadera, no a la de tomarse cañas. Una sociedad, en un momento de crisis, no se puede permitir sucumbir al miedo, porque el miedo es una respuesta de emergencia puntual, no una respuesta a largo plazo a un problema que se alarga en el tiempo.

La ciencia, que también estudia el miedo, antes pensaba que era respuesta proveniente de la amígdala, ubicada en el sistema límbico que es el que regula las emociones y funciones de conservación del individuo. Ahora sabemos que involucra a otras muchas partes de nuestro cerebro y que afecta a nuestro comportamiento y a nuestra toma de decisiones, por lo que nos conviene serenar la mente, y no ir por ahí actuando como si el resto de las personas fueran depredadores a punto de devorarnos.

Ustedes pensarán, vaya mezcla ha hecho hoy, entre el patriarcado y las vacunas del covid, pero es que creo que el problema tiene la misma raíz, la falta de reconocimiento y respeto por la inteligencia y la línea de pensamiento de otras personas. Obviamente alguien dirá que yo no respeto a los cazadores o a los toreros, a eso debo responder “error”, puedo respetar su línea de pensamiento, pero su línea de acción afecta a otras vidas y eso es una frontera que tenemos que dejar de cruzar. No podemos disponer de las otras vidas, por la simple razón de que no son nuestras.

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