Días en que no me han violado

HermanaTeCreoSuelo ir de acá para allá, por el mundo, a veces sola y a veces acompañada. Sufro más el micromachismo que el machismo porque soy mi propia jefa desde hace 25 años, y eso te da una forma de estar en el mundo que, supongo, transmite autoridad.

Siempre, y con siempre quiero decir desde los cuatro años, supe que no quería ser una mujer atractiva, de esas de caminar sensual y cabellera ondulada que nos muestra la publicidad, deteniendo el tráfico. Y es que fui hija de una mujer atractiva que caminaba entre “piropos” de hombres desconocidos, como quien camina en medio de una selva enmarañada, sorteando raíces y ramas.

Sin embargo, pese a mi esfuerzo consciente por no ser una mujer que llama la atención, para poder ser más libre, más yo, y vivir menos expuesta, a los 14 años comencé a ser víctima de los piropos callejeros de hombres desconocidos, y descubrí que, pese a lo que nos cuenta el patriarcado, optar por el no atractivo no te libera del calvario cotidiano de las voces masculinas impuestas.

A los 16 años, huyendo de esas voces impúdicas que me cosificaban en “¡qué rica estás!” o “¡eres justo lo que necesito!”, una noche al final del invierno, al regresar a casa antes de las diez, tal como exigía mi padre, esquivé el camino iluminado y me adentré en una zona en construcción, sin farolas y sin personas.

Allí, a pocos metros de las voces impúdicas, pero en la absoluta soledad de una calle sin luz de Madrid, unos brazos musculosos me atraparon y un hombre, con los pantalones desabrochados, forcejeó conmigo para placarme, como en el fútbol norteamericano.

Justo el día anterior había estado leyendo un artículo (soy una lectora voraz y estoy segura de que leer salva vidas) en el que un estudio de una universidad desconocida para mí explicaba que las víctimas de violación son paralizadas por el miedo en un gran número de casos. Aquel desconocido, que esperaba acechante entre un bosque de camiones, se encontró de frente con una víctima propicia que reaccionó inopinadamente, para mi propia sorpresa. Y con la flexibilidad de los 16 años, me escurrí hacia el suelo, mientras mi propio brazo, cobrando vida propia, lanzaba un puño cerrado a la cara del atacante. Mi primer y último puñetazo, hasta hoy.

Yo, que lo había hecho todo bien. Sin maquillaje, sin ropa provocativa, sin alcohol, sin drogas, sin llegar tarde a casa, había estado a punto de convertirme en una mujer violada.

Sin embargo, no es ese momento el más violento que he vivido en mi vida. Lo verdaderamente violento fue encontrarme con aquel hombre, de entre 30 a 35 años, musculoso y en cierta forma atractivo, paseando de la mano de su esposa, acompañado de dos niños que caminaban alegres delante de sus padres.

Esa imagen de familia feliz. Con miradas divergentes, caminando uno junto a otro envueltos en sus propias soledades, me dolió y me duele porque no cesa. Descubrir esa violencia fue para mí descubrir la crueldad cotidiana que acompaña muchas vidas. La violencia que no nos abandona, y que lleva acompañándonos documentadamente desde el año 3.000 a.n.e. con el nacimiento de la escritura.

La violencia patriarcal que ha dejado su rastro en la correspondencia entre la reina Shibtu (que reinó en la ciudad de Mari entre 1775 a.n.e. – 1761 a.n.e.) y su esposo el rey Zimri-Lim, cuando él le encarga:

(…) Escoge 30 tejedoras o cuantas sean apuestas (y) atractivas, las que desde la punta del pie hasta la raíz del los cabellos no tengan ninguna imperfección (…). Da instrucciones sobre sus raciones para que no empeore su aspecto físico.(…)

Y ella acepta.

Acepta porque no se plantea que, además de reina, es mujer y persona, o porque ha integrado tanto el incipiente patriarcado que puede comerciar con sus hermanas sin sentir la degradación moral que implica. Y se va normalizando la violencia, y se va naturalizando el patriarcado que nos hace exclamar “¡pobres hombres!” y nos aconseja no ser crueles con ellos porque “si los etiquetas de violadores les vas a arruinar la vida”.

Algunas veces he escuchado expresar a hombres que han sufrido un robo en su casas, que sienten una desazón en el pecho que no los deja dormir. Que sienten que los han violado. Lo dicen así, usando la palabra violación, porque quien a entrado a robar ha invadido su espacio, ha manoseado sus cosas, ha desordenado y destrozado ese espacio íntimo que es el hogar, y esa presencia intrusa desestabiliza su equilibrio mental-emocional. Y sin embargo, cuesta mucho a la gran mayoría de la población mundial entender cómo se siente una persona que es invadida, manoseada y destrozada por otra u otras, en el espacio más íntimo y personal que podemos tener, nuestro cuerpo, el que alberga nuestra mente y nos da identidad.

Yo abracé la crianza con apego como una forma de luchar contra la violencia. Pensé que, ofreciendo a mis hijos atención y amor, en el camino que nos muestra Jean Liedloff, en El concepto del continuumtras observar durante años al pueblo Yekuana (amazonia venezolana) lograría que fueran unas personas más equilibradas y felices que yo.

Sin embargo, olvidé que quien educa realmente es la comunidad, y que para sanarnos de tanta violencia patriarcal debemos emprender juntas el camino de transformación, hacerlo unidas, y me refiero a todas las personas sin importar su género, su sexo, o su edad. Todas deben abrazar el camino de la deconstrucción, que también puede llamarse feminismo porque la clave está en ser conscientes de que lo que hay está mal, que lo que nos han enseñado está mal, y que desobedecer las normas sociales que nos hemos impuesto es lo correcto.

Y, sobre todo, que cualquier transgresión del respeto a la dignidad de cada una de nosotras sea afrontada como lo que es, violencia vergonzante.

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Recordando a Ramón Fernández Durán

Este artículo lo escribimos entre dos personas, dos mujeres en realidad. Es un homenaje a un hombre bueno, sabio e inteligente, así por ese orden de valores lo queremos recordar. Escribe una mujer que lo conocía de cerca por el trabajo cotidiano que teje redes y afectos durante más de veinte años, y la otra porque lo admiraba de lejos, por lo que él sabía y compartía por escrito.

Lo hacemos en el aniversario de su muerte, siete años después. Y lo hacemos porque no queremos perderlo, pero sobre todo porque su vida no es una vida perdida y sigue teniendo mucho que enseñarnos.

Es curioso que las que escribimos hoy juntas, solo tengamos conciencia de haber compartido la vida los tres en el mismo lugar, en el mismo momento, una sola vez. Fue uno de esos sucesos extraños y casi mágicos de la vida, en los que andas los mismos caminos, pero no te alcanzas, aunque en aquella ocasión nuestras voces se tocaron. Fue en La Vera, cuando Ramón ya estaba enfermo de cáncer y Paca Blanco le cobró una deuda, una deuda que él mismo había reconocido tener cuando no pudo acompañarla en el acto de solidaridad, en el que un autobús de ecologistas en acción se llenó y viajó hasta El Gordo (Cáceres), para mostrar su solidaridad ante los ataques de los que estaba siendo víctima. En el autobús viajaba una carta de Ramón donde decía: “Paca, no puedo ir, pero en cuanto me recupere te la pago”

Fue por eso, que en cuanto estuvo mejor viajó a Extremadura, cargado de buenas razones para construir ese otro mundo posible. Y nos juntamos en una plaza, unas cien personas de todas las edades, cada una de nosotras con certezas y con dudas, y las pusimos en común de viva voz, mientras Ramón tomaba nota de lo que decíamos cada una, y después todas tuvimos una respuesta. Una demostración de que las cosas se pueden hacer de otra manera, y de ese espíritu transgresor que lo caracterizaba. Porque Ramón era un hombre que creía en las personas, un libertario cargado de esperanza. Siempre valorando y apoyando los movimientos que remueven los cimientos del sistema capitalista, para lograr empoderar a la gente corriente, pero sobre todo a la que  padece en la periferia. Si alguien sabía vivir la ecología social en su plenitud, esa persona era Ramón.

Desde la Insumisión, hasta la contradicción de vivir en un mundo hipertecnológizado del que hacemos uso, y abuso. Hemos ido de la mano. Nos ha dejado El Movimiento contra la Europa de Maastricht y la Globalización Económica, el objetivo cumplido de la unión de los ecologistas del estado español, que celebra ya veinte años,  y una fiesta de despedida tras su muerte que fue la forma más hermosa de decir “Os quiero”, que somos capaces de imaginar.

Para quienes no creemos en una vida consciente más allá de la muerte, para quienes pensamos que es la memoria la que nos salva, y creemos que el agradecimiento del trabajo de los otros nos nutre, y es lo que forja los cimientos de la necesaria transición hacia una sociedad donde el cuidado (del planeta, de la vida, de cada persona) sea el centro que dé sentido a la economía, a la cultura, a la ciencia y a la tecnología, para todo eso es necesario recordar a quienes se han ido primero.

Y como él recordaba los desayunos con Ana leyendo el periódico, y esos fines de semana en Leganés trabajando cada cual en lo suyo, pero juntas. Así nosotras, recordamos ese día frente a la central nuclear de Almaraz, con nuestra pancarta de “NO, a la refinería, a las térmicas y a las nucleares”. Y aquella comida entre risas, en la gasolinera Portugal, con la central a nuestras espaldas y nuestras camisetas antinucleares bien visibles.

Ramon_AlmarazY como olvidar aquella ovación, en la Casa de la Cultura de Villafranca, donde no se cabía, con gente de pie y sentada en el suelo, por los pasillos, cuando Ramón comenzó diciendo: “Vengo a contaros porque no se va a poner la refinería”. Y tenía razón.

Hoy, como el día de su muerte, queremos cantar canciones de esperanza. Porque la vida es una sucesión de vidas, de esfuerzos, de trabajo apasionado. Una cadena en la que cada eslabón cuenta, no por fuerte o por débil, sino por el tacto. La memoria es el órgano que sirve para abrazarnos más allá del espacio y el tiempo.

Yo abrazo los cuentos de hadas y me cago en el canon literario 

SisterhoodMe defino como ecofeminista. En realidad me defino como muchas cosas, antiespecista, cuentacuentos, disléxica, pacifista, escritora, ecologista y mujer (del tipo cisgénero occidental).

Sin embargo, lo que voy a escribir a continuación no es políticamente correcto dentro de los movimientos feministas: Los cuentos de hadas han sido una forma de empoderamiento femenino a lo largo de miles de años. Son una forma de sororidad ancestral, de resistencia dentro del patriarcado.

La Historia oficial la han escrito los hombres, y en esa historias las mujeres aparecemos limitadas a nuestros roles familiares (hijas, esposas, madres) o somos vistas como objetos de consumo (personal de mantenimiento, terapeuta personal o cuerpo que satisface el deseo sexual de los hombres). En la Historia oficial y en la literatura, las mujeres hasta ahora hemos tenido un papel secundario.  Incluso cuando el libro se titula “Fortunata y Jacinta” (aunque agradezco a Galdós que nos muestre el retrato de un hombre vil y despreciable en toda su crudeza), sin embargo eso no es así en los cuentos de hadas. En los cuentos de hadas las protagonistas son las mujeres, sobre todo las niñas y las jóvenes, y ellas tienen una historia que contar, unas aventuras que vivir y es su nombre o su historia la que se nos fija en la memoria y en el corazón. Los príncipes que las buscan o que las besan, no tienen historia, son personajes secundarios en el relato, que aparecen para que la heroína tenga un futuro de estabilidad en las mejores condiciones laborales posibles.

La Ciencia Ficción siempre ha existido, pero su capacidad de hacernos soñar también ha estado limitada por nuestra educación, y por la sociedad donde se ha desarrollado la persona que sueña. Soñar no es tan fácil.

De modo que durante miles de años las mujeres han estado soñando con un mundo donde son protagonistas de su propia vida, donde son el centro de la historia, pero lo que no eran capaces de imaginar es que fuera posible ser otra cosa que brujas o reinas. Seguramente porque ser herreras, zapateras o prestamistas no les resultaba atractivo, y labradoras, lavanderas o criadoras/cuidadoras ya lo eran.

Me enojo mucho cuando me dicen que Cenicienta es salvada por el príncipe, porque escuchar eso es no haber prestado atención a las mujeres que nos han traído hasta aquí. Cenicienta es salvada por su propia desobediencia, y por el apoyo desinteresado de otra mujer, su madrina. Ciertamente que debe tener cuidado y ciertamente que el tiempo de la ayuda es limitado. Es así en la vida real y los cuentos siempre son honestos. La ayuda que nos prestan quienes creen en nosotras es desinteresada, pero limitada también.

Me enojo mucho cuando no nos cuentan la versión más antigua de Caperucita roja, que es cierto que nació para prevenir a las adolescentes frente a las posibles violaciones de los soldados en los bosques, pero también les daba herramientas para defenderse. Quizás no lo saben, pero en la versión más antigua, el hombre-lobo ata a Caperucita a la pata de la cama, con la cinta de su enagua, y la obliga a desnudarse. Y ella se va desnudando y se va acercando, recogiendo el cordón… hasta que una vez junto a él, le pasa el cordón por el cuello y lo estrangula. El cuento termina con Caperucita corriendo hacia su casa, desnuda sí, pero salvada por si misma.

De generación en generación, las mujeres nos hemos contado historias que nos alentaban a tener esperanza en un futuro mejor, tal como ellas podían imaginarlo. Los personajes femeninos protagonistas, al principio, se pierden en el laberinto de la explotación, de las humillaciones constantes del “no sirves para nada” que las mujeres hemos escuchado una y mil vez. Pero los cuentos nos dicen que esas palabras mienten. Y como nos hablan directamente al subconsciente, a cada persona que escucha (sea mujer o sea hombre, esa es la grandeza de los cuentos, que son verdaderamente feministas y no discriminan en su mensaje) nos dan un mensaje de empoderamiento. No creas a quien te maltrata física o psicológicamente. Quédate con quien te apoya y sal del circulo de opresión: desobedece.

Los cuentos nos atrapan porque nos hablan de lo más intimo de nosotras mismas, y nos conectan porque nos hacen descubrir que los miedos y los deseos más íntimos, de todas las personas, son los mismos. Los cuentos están conectados con los puntos de aprendizaje, y lo hacen a través de lo que más nos gusta a las personas, que nos hablen de nosotras mismas. Pero lo hacen de una forma sutil y logran que no nos sintamos vanidosas, sino humildes.

Los cuentos conectan con nuestros tres centros: instintivo, emocional y mental. Pueden hacerlo porque surgen del inconsciente colectivo.

Pero las metáforas que han perdurado en los cuentos de la tradición oral, han guardado como un tesoro, la esperanza en un mundo realmente igualitario. Con sinceridad, ¿cuántos lugares del mundo había hace un siglo, donde la gente se alegrara de tener una hija? Aún hoy no son la mayoría. Y sin embargo, siempre es así en los cuentos de hadas.

Las nuevas investigaciones neurológicas nos muestran que nuestro cerebro se siente atraído por las historias en la que el personaje protagonista lucha contra la adversidad, pero finalmente encuentra en su interior habilidades que le permiten triunfar. Lo que no podíamos imaginar es que además este tipo de relatos nos motivan a ser empáticas y despiertan en nosotras el deseo de ayudar a las demás.

Entre los nuevos conocimientos sobre el funcionamiento de nuestra mente, adquiridos en los últimos años del siglo XXI, hay uno curioso, nuestro cerebro no está preparado para prestar atención, pero los cuentos de hadas durante siglos, han logrado mantenernos atentas, porque nos hablan con un lenguaje simbólico que todas podemos entender ya que va directo a nuestro centro emocional, el más intimo.

Como criaturas sociales, dependemos unas de otras para nuestra supervivencia y felicidad. Ahora sabemos que la sustancia neuroquímica llamado oxitocina envía a nuestro cerebro una señal de tranquilidad, algo que se produce cuando estamos en un entorno de confianza y motiva la cooperación al mejorar nuestra capacidad empática. Recientemente, un experimento de laboratorio se preguntó si se podría aumentar la producción de oxitocina a través del relato, y así motivar a las personas a participar en comportamientos cooperativos. Los sujetos del experimento fueron expuestos a narrativas en vídeo, y se les tomaron muestras de sangre antes y después de la narración. Descubrieron que las historias basadas en las vivencias de personajes causan sistemáticamente la síntesis de oxitocina. Además, la cantidad de oxitocina liberada por el cerebro predijo cuánta gente estaba dispuesta a ayudar a los demás; por ejemplo, donando dinero a una organización que apareciera en el relato.

De modo que los cuentos han estado entrenando nuestra capacidad empática durante miles de años. El poder de las imágenes que recrea en nuestra mente la palabra narradora, ha sido la base cultural de todos los pueblos, y en esa función imprescindible el papel de las mujeres ha sido, y sigue siendo determinante, nuestras abuelas, y las abuelas de nuestras abuelas han sido portadoras y creadoras de cultura, y nos han enseñado generación tras generación que las mujeres somos valiosas, inteligentes y que nos merecemos el mejor destino que nos podamos imaginar. Hoy ya no queremos ser reinas porque hemos abierto la mente y sabemos que podemos ser todo lo que queramos ser. Yo, como Cenicienta, he tenido una infancia de mierda, he escuchado decir “no vales para nada” y he aprendido con el apoyo de personas desobedientes (hadas madrinas), a desobedecer y he llegado a la madurez para vivir mi propio final feliz. Una casa en el campo, una empresa a mi gusto, y el activismo antiespecista/ecologista que da sentido a mi vida.

Pido respeto por los cuentos de hadas, que son el legado que nos ha traído hasta aquí, las voces de millones de mujeres que nos hablan desde el pasado.

Yo abrazo los cuentos de hadas y me cago en el canon literario.

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Goldenwood Ruth Sanderson