Yo abrazo los cuentos de hadas y me cago en el canon literario 

SisterhoodMe defino como ecofeminista. En realidad me defino como muchas cosas, antiespecista, cuentacuentos, disléxica, pacifista, escritora, ecologista y mujer (del tipo cisgénero occidental).

Sin embargo, lo que voy a escribir a continuación no es políticamente correcto dentro de los movimientos feministas: Los cuentos de hadas han sido una forma de empoderamiento femenino a lo largo de miles de años. Son una forma de sororidad ancestral, de resistencia dentro del patriarcado.

La Historia oficial la han escrito los hombres, y en esa historias las mujeres aparecemos limitadas a nuestros roles familiares (hijas, esposas, madres) o somos vistas como objetos de consumo (personal de mantenimiento, terapeuta personal o cuerpo que satisface el deseo sexual de los hombres). En la Historia oficial y en la literatura, las mujeres hasta ahora hemos tenido un papel secundario.  Incluso cuando el libro se titula “Fortunata y Jacinta” (aunque agradezco a Galdós que nos muestre el retrato de un hombre vil y despreciable en toda su crudeza), sin embargo eso no es así en los cuentos de hadas. En los cuentos de hadas las protagonistas son las mujeres, sobre todo las niñas y las jóvenes, y ellas tienen una historia que contar, unas aventuras que vivir y es su nombre o su historia la que se nos fija en la memoria y en el corazón. Los príncipes que las buscan o que las besan, no tienen historia, son personajes secundarios en el relato, que aparecen para que la heroína tenga un futuro de estabilidad en las mejores condiciones laborales posibles.

La Ciencia Ficción siempre ha existido, pero su capacidad de hacernos soñar también ha estado limitada por nuestra educación, y por la sociedad donde se ha desarrollado la persona que sueña. Soñar no es tan fácil.

De modo que durante miles de años las mujeres han estado soñando con un mundo donde son protagonistas de su propia vida, donde son el centro de la historia, pero lo que no eran capaces de imaginar es que fuera posible ser otra cosa que brujas o reinas. Seguramente porque ser herreras, zapateras o prestamistas no les resultaba atractivo, y labradoras, lavanderas o criadoras/cuidadoras ya lo eran.

Me enojo mucho cuando me dicen que Cenicienta es salvada por el príncipe, porque escuchar eso es no haber prestado atención a las mujeres que nos han traído hasta aquí. Cenicienta es salvada por su propia desobediencia, y por el apoyo desinteresado de otra mujer, su madrina. Ciertamente que debe tener cuidado y ciertamente que el tiempo de la ayuda es limitado. Es así en la vida real y los cuentos siempre son honestos. La ayuda que nos prestan quienes creen en nosotras es desinteresada, pero limitada también.

Me enojo mucho cuando no nos cuentan la versión más antigua de Caperucita roja, que es cierto que nació para prevenir a las adolescentes frente a las posibles violaciones de los soldados en los bosques, pero también les daba herramientas para defenderse. Quizás no lo saben, pero en la versión más antigua, el hombre-lobo ata a Caperucita a la pata de la cama, con la cinta de su enagua, y la obliga a desnudarse. Y ella se va desnudando y se va acercando, recogiendo el cordón… hasta que una vez junto a él, le pasa el cordón por el cuello y lo estrangula. El cuento termina con Caperucita corriendo hacia su casa, desnuda sí, pero salvada por si misma.

De generación en generación, las mujeres nos hemos contado historias que nos alentaban a tener esperanza en un futuro mejor, tal como ellas podían imaginarlo. Los personajes femeninos protagonistas, al principio, se pierden en el laberinto de la explotación, de las humillaciones constantes del “no sirves para nada” que las mujeres hemos escuchado una y mil vez. Pero los cuentos nos dicen que esas palabras mienten. Y como nos hablan directamente al subconsciente, a cada persona que escucha (sea mujer o sea hombre, esa es la grandeza de los cuentos, que son verdaderamente feministas y no discriminan en su mensaje) nos dan un mensaje de empoderamiento. No creas a quien te maltrata física o psicológicamente. Quédate con quien te apoya y sal del circulo de opresión: desobedece.

Los cuentos nos atrapan porque nos hablan de lo más intimo de nosotras mismas, y nos conectan porque nos hacen descubrir que los miedos y los deseos más íntimos, de todas las personas, son los mismos. Los cuentos están conectados con los puntos de aprendizaje, y lo hacen a través de lo que más nos gusta a las personas, que nos hablen de nosotras mismas. Pero lo hacen de una forma sutil y logran que no nos sintamos vanidosas, sino humildes.

Los cuentos conectan con nuestros tres centros: instintivo, emocional y mental. Pueden hacerlo porque surgen del inconsciente colectivo.

Pero las metáforas que han perdurado en los cuentos de la tradición oral, han guardado como un tesoro, la esperanza en un mundo realmente igualitario. Con sinceridad, ¿cuántos lugares del mundo había hace un siglo, donde la gente se alegrara de tener una hija? Aún hoy no son la mayoría. Y sin embargo, siempre es así en los cuentos de hadas.

Las nuevas investigaciones neurológicas nos muestran que nuestro cerebro se siente atraído por las historias en la que el personaje protagonista lucha contra la adversidad, pero finalmente encuentra en su interior habilidades que le permiten triunfar. Lo que no podíamos imaginar es que además este tipo de relatos nos motivan a ser empáticas y despiertan en nosotras el deseo de ayudar a las demás.

Entre los nuevos conocimientos sobre el funcionamiento de nuestra mente, adquiridos en los últimos años del siglo XXI, hay uno curioso, nuestro cerebro no está preparado para prestar atención, pero los cuentos de hadas durante siglos, han logrado mantenernos atentas, porque nos hablan con un lenguaje simbólico que todas podemos entender ya que va directo a nuestro centro emocional, el más intimo.

Como criaturas sociales, dependemos unas de otras para nuestra supervivencia y felicidad. Ahora sabemos que la sustancia neuroquímica llamado oxitocina envía a nuestro cerebro una señal de tranquilidad, algo que se produce cuando estamos en un entorno de confianza y motiva la cooperación al mejorar nuestra capacidad empática. Recientemente, un experimento de laboratorio se preguntó si se podría aumentar la producción de oxitocina a través del relato, y así motivar a las personas a participar en comportamientos cooperativos. Los sujetos del experimento fueron expuestos a narrativas en vídeo, y se les tomaron muestras de sangre antes y después de la narración. Descubrieron que las historias basadas en las vivencias de personajes causan sistemáticamente la síntesis de oxitocina. Además, la cantidad de oxitocina liberada por el cerebro predijo cuánta gente estaba dispuesta a ayudar a los demás; por ejemplo, donando dinero a una organización que apareciera en el relato.

De modo que los cuentos han estado entrenando nuestra capacidad empática durante miles de años. El poder de las imágenes que recrea en nuestra mente la palabra narradora, ha sido la base cultural de todos los pueblos, y en esa función imprescindible el papel de las mujeres ha sido, y sigue siendo determinante, nuestras abuelas, y las abuelas de nuestras abuelas han sido portadoras y creadoras de cultura, y nos han enseñado generación tras generación que las mujeres somos valiosas, inteligentes y que nos merecemos el mejor destino que nos podamos imaginar. Hoy ya no queremos ser reinas porque hemos abierto la mente y sabemos que podemos ser todo lo que queramos ser. Yo, como Cenicienta, he tenido una infancia de mierda, he escuchado decir “no vales para nada” y he aprendido con el apoyo de personas desobedientes (hadas madrinas), a desobedecer y he llegado a la madurez para vivir mi propio final feliz. Una casa en el campo, una empresa a mi gusto, y el activismo antiespecista/ecologista que da sentido a mi vida.

Pido respeto por los cuentos de hadas, que son el legado que nos ha traído hasta aquí, las voces de millones de mujeres que nos hablan desde el pasado.

Yo abrazo los cuentos de hadas y me cago en el canon literario.

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Goldenwood Ruth Sanderson
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El día que me quitaron el carnet feminista

carnet-feministaSeguramente el viernes pasado hubiera titulado esta entrada u otra similar así: “Reflexiones de una feminista sobre el futuro soñado”. Sin embargo , ya no puedo hacerlo porque me han quitado el carnet de feminista.

Habíamos tenido una reunión muy tensa, donde las personas presentes estabamos en tres posturas diferentes, posturas que intentabamos reconciliar para seguir adelante, y eso se llevó mucho tiempo y originó mucha tensión. La confrontación es siempre difícil y mucho más entre compañeras que trabajan por objetivos comunes y se ven confrontadas en matices.

Es duro que compañeras, con las que compartes tanto (aunque alguna la has mirado a los ojos por primera vez) te digan que no eres feminista, cuando no sabe nada de tu vida, ni de tus hechos.

Yo escribo para comprenderme, y eso me trae de vuelta a este cuaderno una vez más. Hace un par de meses tuve el placer de conversar con Laura Freixas en Badajoz, y desayunando retomamos una cuestión que va más allá del trabajo inmediato que nos plantea el feminismo, pero que también es importante:

Y cuando se logre la igualdad, ¿cómo será la sociedad?

Debo confesar que mis referentes de futuro son mis abuelas, y es cierto que ellas no eran mujeres feministas (quizás este es mi error); pero mis abuelas lograban construir con su sola presencia un mundo mejor para todas. Mis abuelas, las dos, sin conocerse y viviendo separadas por un océano y una cordillera por el oeste, o por un continente inmenso y un océano por el este, situadas cada una en un hemisferio, pero compartiendo un legado patriarcal que las llevaba a sufrir el maltrato de sus esposo en silencio. Mis abuelas, las dos, eran capaces de ser honestas, justas con los extraños, y el apoyo incondicional de sus hijas e hijos. Quiero repetir esto último, el apoyo incondicional de sus hijas e hijos, incluso de la hija que tenían a medias.

Cuando pienso en el futuro utópico de una sociedad igualitaria, donde cada persona sea libre de Ser, me las imagino a todas amables. Creo que las personas verdaderamente libres son felices, y las personas felices son amables. Claro que puedo estar equivocada, ya que es indudable que mis abuelas no eran felices, y sin embargo eran amables.

Una vez hace quince años escribí un libro y en la introducción decia : “Desde que soy madre, escucho de continuo que no educo a mis hijos para defenderse en el mundo real, que es muy duro. Ante esta acusación solo puedo declararme culpable, es cierto, educo a mis hijos para que sean constructores de nuevas realidades, más amables.”

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No siempre he sido consciente de la discriminación entre hombres y mujeres. Mis padres trabajaban en el mismo negocio y para mí (y para la mayor parte de nuestros conocidos), estaba claro que la emprendedora era mi madre. Estudiaba en un colegio de monjas, donde sólo había niñas. Ser inteligente, ser capaz, ser la primera de la clase era cosa de chicas, la competitividad o la solidaridad también, por lo que no me daba cuenta de que estábamos siendo educadas en valores patriarcales. Después, en un colegio mixto descubrí que compartía aficiones con personas de ambos sexos. Y como me gustaba leer, y me gustaba escribir , a los diez años decidí que quería ser premio Nobel de Literatura (pese a que siempre suspendía Lengua y Literatura debido a mis fatas de ortografía) y no me daba cuenta de que Galdós, Gabriela Mistral o Cortázar, y yo estabamos a una distancia abisal .

Me hice feminista en la adolescencia, cuando aparecieron los límites horarios, cuando mi padre empezó a criticar mi modo de vestir “masculino” y cuando apareció en mi vida “el qué dirán”.

Pero la naturaleza y la maternidad me han traído tres desafíos. El primero, ser heterosexual, que te pone en la difícil situación de mirar a los varones desde el deseo; y el segundo, dos hijos varones a los que educar como personas y no como hombres.

Seguramente es cierto que la cadena patriarcal que se ajusta a mi tobillo es larga, porque mi cadena me permite ignorar muchos de los limites de los que otras mujeres son conscientes, sin embargo sé que la cadena existe, aunque cada año que pasa su peso se vuelve más ligero seguramente por la edad que me acerca a la vejez, y por la experiencia acumulada. Pero siento la cadena aún, en gran parte por las ganas de libertad que en lugar de menguar, crecen.

Como persona hay dos cosas que creo que hago moderadamente bien. La primera es fracasar sin hundirme en la culpa, y la segunda es ser prudente al hablar. Las palabras alocadas son como el acero y dejan heridas profundas. Prefiero callar la mayor parte de las veces y darme tiempo para la reflexión antes de hablar.

Así las cosas, ahora que me han quitado el carnet de feminista. Ahora que me siento dolida, y triste, y maltratada, levanto la voz desde mi espacio en propiedad, para reivindicar la amabilidad,

# Ser amable no te quita fuerza
# ser amable no te hace menos inteligente
# ser amable no te hace menos activista.
# ser amabe no es ser emocionalmente débil

Incluso, es posible, que ser amable no te haga menos feminista.

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15 junio 1977 Lo real maravilloso

Muchas veces las gentes lloran porque encuentran las cosas demasiado bellas. Lo que les hace llorar, no es el deseo de poseerlas, sino esa profunda melancolía que sentimos por todo lo que no es, por todo lo que no alcanza su plenitud. Elena Poniatowska

Mis padres y yo llegamos a Madrid en enero de 1971. Nevaba y hacia un frío inhumano para quienes venían de la antesala del desierto de Atacama.

Nuestro destino era Asturias y allí descubrí dos cosas para las que no estaba preparada (tenía cuatro años):  la existencia de los Reyes Magos y la dictadura como sistema político. Les puede parecer que una cosa y la otra no estan en relación y sin embargo, en la mente infantil, un cambio de paradigma semejante despierta grandes dudas, y puede ser un acicate para el pensamiento.

A los cuatro años yo sabía lo que es la democracia por que era algo de vital importancia en mí casa. Fue el resultado de las elecciones del 4 de septiembre de 1970 lo que me arrancó de los brazos de mí abuela Teresa, de una preciosa casa con patio en el centro de La Serena y del calor del verano. A mí, la victoria de la Unidad Popular me llevó derechita a los praos asturianos en el invierno del hemisferio norte, y a saludar con la mano, junto a mi abuela Sinforiana, el coche oficial del dictador Francisco Franco a su paso por la carretera nacional 621.

Por eso 1977 no me pilló desprevenida. Recuerdo las conversaciones previas con mis compañeras de juegos. Sí, las niñas y los niños hablamos de política cuando nadie nos ve.

Recuerdo la alegría de mi padre y los nervios de mi madre. Recuerdo como mi padre hablaba mal de Carrillo y regular de Felipe Gónzalez, y decía a todo el mundo que había que votar por Adolfo Suárez. Supongo que ahora entienden porque salimos de Chile tan rápido.

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Me recuerdo a mí misma leyendo con avidez la revista Interviú, que mi madre detestaba por su portada y su reportaje fotográfico central, pero que mi padre defendía por la calidad de sus artículos de fondo. Yo leía los artículos de fondo y me saltaba las páginas de mujeres desnudas porque cuando tienes 10 años (o 50) no entiendes el morbo de ver personas semivestidas o directamente desnudas. Al menos en mi casa todo el mundo tenía un cuerpo y lo mostraba con naturalidad.

Recuerdo escuchar con mi padre la radio: Hora25 en la cadena SER.

Escuchar a mí madre en silencio, cuando conversaba con sus amigas del futuro que se avecinaba. No me parecía entonces, visto desde lo cotidiano, que la política fuera cosa de hombres, porque ocupaba mucho del tiempo de las mujeres y de mi misma.  Sin embargo hay muchas cosas de las que no me acuerdo. No recuerdo que hubiera mujeres significativas aparte de Dolores Ibarruri, ni recuerdo que nadie, en mi entorno, las echara de menos. Tampoco recuerdo que yo tuviera entonces conciencia de estar limitada por haber nacido con este sexo que me hace ser mujer. Eso llegó después.

Recuerdo de esos meses la alegría en el aire, el olor de la esperanza que lo impregnaba todo.  La esperanza que para mi huele a ropa blanca secada al sol junto al río Cañamares. Recuerdo cómo me gustaban algunas canciones que ya no me gustan, algunos cantautores que ahora detesto y a mi padre explicando que es una pérdida económica para el país votar en día laboral.

1977 fue el año en que Alejo Carpentier gano la segunda edición del premio Cervantes. En la librería de mi casa teniamos un ejemplar de “El siglo de las luces” y otro de “El recurso del método”. Sí, mi padre (esos libros eran los de mi padre) era un hombre extraño que combinaba a partes iguales inteligencia y miedo.

Cuarenta años después, y solo 4 mujeres premiadas con el Cervantes, en medio de una ola de calor inhumana provocada por un Calentamiento Global que ya se había iniciado entonces y que aún no logramos detener, creo que vivimos otro momento que huele a  revelación privilegiada, una iluminación inhabitual, una fe creadora de cuanto necesitamos para vivir en libertad; una búsqueda, una tarea de otras dimensiones de la realidad, sueño y ejecución, ocurrencia y presencia. (Alejo Carpentier)

 

Ser mujeres y tener poder

En 2012 salió una biografía no autorizada sobre la vida de Angela Merkel. “La madrina” es el titulo y la autora es Gertrud Höler, una antigua asesora de la canciller alemana. No he sido capaz de encontrarlo y me he tenido que conformar con leer los comentarios en las redes, pero lo que me hace reflexionar es la cantidad de gente indignada por las palabras duras de la autora.

Para mí, lo valioso del libro es que es el ataque de una mujer a otra mujer, ambas haciendo uso de su parcela de poder público. No está mal, esto es lo que han hecho los hombres durante siglos, mientras nosotras estábamos circunscritas al ámbito doméstico. Sin embargo, no puedo evitar sentir una punzada de dolor, y me pregunto ¿por qué debemos repetir esquemas? Ya que hemos vencido tantas barreras bien podríamos tirar al suelo algunas más.

Volviendo al libro, me ha sorprendido descubrir el pasado okupa, en un edificio de apartamentos de la Alemania comunista, de Ángela Merkel. Imagino que a estas alturas estará realmente arrepentida de aquella debilidad pasajera, de aquel arranque de idealismo que conjugaba denuncia contra la especulación inmobiliaria y praxis en la defensa de quienes se mueven en los márgenes del sistema y no pueden acceder a una vivienda por no gozar de la suficiente solvencia económica.

Imagino que a esta mujer poderosa, en el sentido más tradicional del término, le molesta recordar esa parte de su vida. Es solo una suposición, pues es posible que ella encuentre que su evolución ha sido coherente. Para que me entiendan les comparto la definición de poder que he encontrado en el libro “Sexo, género y poder” de Almudena Hernando Gonzalo (Complutum, ISSN 1131-6993, Nº 18, 2007, págs. 167-173), especialista en arqueología del género.

Norbert Elías definió el poder como la “expresión de una posibilidad particularmente grande de influir sobre la autodirección de otras personas y de participar en la determinación de su destino”, lo que significa que para poder ejercerse es necesario, por un lado, tener claro los objetivos que se quieren alcanzar (la “ética del logro”) y la capacidad psíquica de dar más importancia a los propios deseos que a los deseos de los demás. Es decir, el poder exige que quien lo ejerce tenga claros sus propios deseos y objetivos, lo que significa que tenga cierto grado de individualización, por un lado; y por otro, que en cierta manera objetive a los demás, que considere que los deseos de los otros no son tan importantes como los propios, que quien lo ejerce se considere el sujeto de una relación en la que el “otro” no es tan importante, no es el sujeto,sino el objeto. En resumen, el ejercicio del poder exige cierto grado de individualización, o lo que es lo mismo, de objetivación del mundo, de racionalización, de distancia emocional.

Algo muy debatido es cual es la causa de la persistencia, pese a los logros en cuestión de equidad del último siglo, de los hombres en los puestos de mando. Y creo que la clave está en un rechazo subconsciente por parte de las mujeres del poder tal como está definido más arriba. Considero que muchas mujeres temen al feminismo por que sienten que serán arrancadas de su comunidad y tendrán que pagar el precio que pagan los hombres por su visibilidad pública, el de vivir en sospecha permanente, debiendo acallar su ser emocional. Debemos reconocer que existe un poder femenino que se ejerce dentro de los límites del entorno doméstico, que también puede ser tóxico en muchos casos, pero no es un poder que nos pone bajo sospecha, no es un status por el que entren en competencia enemigos encarnizados.

Es la triste realidad del feminismo mal explicado, por que cuando eres feminista (lo que engloba a hombres y mujeres) lo que realmente quieres es disfrutar de una forma de relación novedosa o ancestral, según se mire, que permite eliminar sospechas, celos innecesarios, y que nos aboca a la cooperación sin olvidar la propia identidad, construyendo el “yo” no desde la negación del otro/a sino desde la asunción de la diversidad como un valor inapelable. Y si puedo relacionarme en un plano de reciprocidad, compartiendo recursos, tareas, acciones, y disfrutando de los éxitos del resto de las personas… entonces, ¿para qué quiero un poder que me aísla y me priva de una de mis facetas, la faceta relacional del cuidado?

Creo que las mujeres somos muy ambiciosas en general, y lo queremos todo, y ese quererlo todo en nuestra propia Historia silenciada recibe el nombre de Sororidad ( Carta de las Mujeres a la Humanidad, 2004). Al menos a mí me sucede; quiero ser yo, quiero tener criterio y voz propia, expresar libremente lo que pienso y lo que siento, pero también quiero ser parte cuidadosa de un grupo humano amplio que me acoge y me protege, donde el cuerpo sexuado sea una faceta más de mi y de la persona que tengo al lado pero no la que nos define, ni nos encasilla.ipe-escritora

La Historia Secreta de los Cuentos: Hansel y Gretel

HistoriaSecretaCuentosEl cuento de Hansel y Gretel, los hermanos abandonados por sus padres, nos remiten a un periodo en que las lluvias constantes malograron las cosechas durante tres años consecutivos. La suma total de años en que la llamada Gran Hambruna asolo el norte de Europa oscila entre siete y diez, fue un tiempo en que las personas morían de hambre, la violencia se había convertido en moneda común, el infanticidio y hasta el canibalismo aparecieron.Conociendo el origen de este cuento, ya no nos parece tan terrible.

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La mística de la narración oral

Muchas veces me planteo dejar de contar cuentos. Sobre todo cuando los comentarios negativos llegan a mis oídos: “qué si no son cuentos para niñxs”, “qué si empleo demasiado tiempo”. Y es normal, cada cual tiene sus propias expectativas sobre lo que es una sesión de cuentos, y también yo tengo mis propias expectativas, que normalmente no se cumplen, sobre lo que debe suceder cuando compartimos cuentos.

Pero ayer estuve en Valverde de Llerena, con un grupo de 20 niñas y niños de entre 6 a 12 años, durante una hora y media… y fue, sin lugar a dudas, una de las mejores contadas de mi vida. Espero que no se equivoquen pensando que lo fue porque conté los cuentos que más me gusta contar, o porque me escuchaban en silencio, o porque el lugar era cómodo y con una sonoridad perfecta. Nada de eso era así, aunque agradezco enormemente al Ayuntamiento sus desvelos por convertir la biblioteca un un lugar acogedor.

Y aún así, todo fue perfecto porque sucedió algo que es la base de esto de ser narrador oral, nos comunicamos.

Ayer estaba tan bien, tan bien que me sentía transportada, transcendida pues todo fluía en la comunicación. Desde el comienzo, con la bienvenida y la charla sobre las imperfecciones del mundo, para pasar después a las observaciones cotidianas y desde ahí acceder a la narración como si fuera la consecuencia natural. Hablamos del tiempo, hablamos del lenguaje, hablamos de lo que nos hace humanos, de la amistad y del amor verdadero; nos reímos y lloramos; lo sé, lo he dicho ya, nos comunicamos.

No siempre narrar de viva voz es una experiencia mística, sin embargo no les niego que es eso lo que yo busco al exponerme públicamente ante desconocidos. La definición dice que es una experiencia difícil de alcanzar en que se llega al grado máximo de unión del alma humana con lo Sagrado durante la existencia terrenal, pero ¿qué es lo Sagrado? Yo creo que los sagrado son los Otros. Y a veces alcanzas esta unión perfecta en que se borra la frontera entre el yo y el tú, a veces eso sucede cuando cuentas cuentos.

Las niñas y los niños de Valverde de Llerena no tenían expectativas sobre lo que debe ser una sesión de cuentos, nadie les había dicho como es una cuentacuentos, como se viste o que debe contar, supongo que fue por eso que yo olvide mi miedo a no estar a la altura y simplemente me deje llevar. En nuestro mundo hipercomunicado no hay mucho espacio para la palabra desnuda de artificios, tampoco hay tiempo y sin embargo, los milagros suceden pese a nosotras mismas.

Después se abrió la puerta de la biblioteca, y el mundo volvió a ocultar su magia.

gregory-colbertGregory Colbert