Los otros animales son víctimas olvidadas de los accidentes nucleares

Publicado en Eldiario.es

Desde una conciencia antiespecista, la autora establece un nexo entre el movimiento de derechos animales y el movimiento antinuclear: quienes defienden a los animales deben hacer presión por el cierre de las centrales nucleares

Para ello intervendrá en el próximo Foro Social Mundial Antinuclear, donde aportará información sobre cómo afecta la radiación a la vida y cómo la sociedad olvida a los animales cuando debe afrontar las consecuencias severas de los accidentes nucleares

Naoto Matsumura cuida a los animales abandonados en Fukushima tras el accidente nuclear. Foto: Página de apoyo a Naoto en Facebook

os días 31 de mayo y 1 y 2 de junio se celebra en Madrid el cuarto Foro Social Mundial Antinuclear. Este año, creo que por primera vez en un foro de estas características, habrá un espacio de 45 minutos para hablar de los animales en los accidentes nucleares.

Cuando presenté la propuesta de ponencia no tenía muy seguro que la fueran a aceptar, pero afortunadamente las mentalidades están cambiando y comenzamos a comprender que, así como los ecosistemas naturales se han hecho complejos para ser exitosos, las causas justas deben estar interconectadas para poder lograr sus objetivos.

Yo llevo años como activista antinuclear, seguramente más que como antiespecista. Como ecologista siempre he sido consciente de que la radioactividad es un peligro para la vida en todas sus formas, y siempre he hablado de cómo afecta a la fauna salvaje. Sin embargo nunca me había parado a pensar en las consecuencias para los animales que conviven con las personas hasta que no leí el libro de relatos Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015.

En el segundo relato, Entrevista de la autora consigo misma sobre la historia omitida y sobre por qué Chernóbil pone en tela de juicio nuestra visión del mundo, encontré este párrafo que me golpeó fuertemente:

En la tierra de Chernóbil uno siente lástima del hombre. Pero más pena dan los animales. Y no he dicho una cosa por otra. Ahora lo aclaro… ¿Qué es lo que quedaba en la zona muerta cuando marchaban los hombres? Las viejas tumbas y las fosas biológicas, los así llamados «cementerios para animales». El hombre solo se salva a sí mismo traicionando al resto de los seres vivos.

Después de que la población abandonara el lugar, en las aldeas entraban unidades de soldados o de cazadores que mataban a tiros a todos los animales. Y los perros acudían al reclamo de las voces humanas…, y también los gatos. Y los caballos no podían entender nada. Cuando ni ellos, ni las fieras ni las aves eran culpables de nada, y morían en silencio, que es algo aún más pavoroso.

Y en el tercer relato, Sobre qué se puede conversar con un vivo… y con un muerto:

Se lo recordaré todo…

La gente se fue, pero se dejó los gatos y los perros. Los primeros días, yo iba de casa en casa y les echaba leche, y a cada perro le daba un pedazo de pan. Los perros estaban ante sus casas y esperaban a sus amos. Esperaron largo tiempo. Los gatos hambrientos comían pepinos…, tomates…

[…]

En casa de la vecina vivía un perrito, lo llamaban Zhuchok. ‘Zhuchok -le decía- si te encuentras primero a alguien, llámame’.

Estos relatos me abrieron los ojos a una dimensión del problema que yo no había valorado antes: la evacuación. De modo que me puse a leer más sobre los planes de evacuación, empezando por el más cercano a mí, el de la Central Nuclear de Almaraz I y II, que está a setenta kilómetros de mi casa. Lo primero que observé es que es un plan de evacuación de 2009, que pese al accidente nuclear de Fukushima no se ha renovado, cuando es de suponer que hemos tenido que aprender sobre aciertos y errores después de un accidente que sucedió en 2011 y del que a día de hoy todavía no se están solventando las consecuencias. Y que ningún plan de evacuación toma en consideración a los animales que conviven con humanos ni, por supuesto, a la fauna salvaje.

Como en el caso de Chernóbil, cuando sucedió el accidente nuclear de Fukushima, veinticinco años después, las personas residentes de la zona afectada se fueron tan rápido que los animales de granja se quedaron amarrados en los establos, las gallinas quedaron dentro de las jaulas y los perros y gatos encerrados dentro de las casas. Estos animales morían de sed y de hambre, abandonados y sin libertad para escapar. Era el infierno en la tierra.

De las vacas tenemos datos: sabemos que había cerca de cuatro mil quinientas vacas en las inmediaciones de la central nuclear, de las que aproximadamente dos mil quinientas murieron de hambre y mil cuatrocientas fueron sacrificadas de manera «humanitaria» por orden del Gobierno. Pero alrededor de setecientas vacas lograron sobrevivir gracias a la desobediencia de personas a las que hemos podido conocer a través de las redes sociales.

El más famoso es Masami Yoshizawa, habitante de Namie, a 14 kilómetros de la central nuclear, y que cuando sucedió la catástrofe que sumó un terremoto, un tsunami y la destrucción de los seis reactores de la central nuclear, era responsable de 328 kuro-wagyu, vacas negras japonesas, a las que se negó a abandonar sabiendo que morirían de sed y de hambre. Y cuando llegó la orden del Gobierno para sacrificar a las vacas y a los cerdos, y a todos los animales domésticos, también se negó, por lo que su granja se convirtió en un santuario animal, y la rebautizó como ‘Rancho de la esperanza’. Allí ha ido acogiendo a las vacas que habían quedado abandonadas en otras granjas.

A él se sumaron otros granjeros, como Keigo Sakamoto, un ex agricultor de arroz que vive en Tomioka, a nueve kilómetros de la central nuclear de Fukushima Daichi y dentro de la zona de exclusión nuclear que se extendió en un radio de veinte kilómetros. En su granja cuida de unas cincuenta vacas, dos avestruces, perros, gatos y otros animales. Keigo Sakamoto también ha convertido su granja en un santuario. Y así hasta nueve granjeros desobedientes.

Naoto Matsumura, es un ex trabajador de la construcción que también se negó a ser evacuado y a quien se conoce como el «guardián de los animales de Fukushima» por el trabajo que realiza para alimentar a los gatos y perros que otras personas dejaron atrás.

El Gobierno japonés ha centrado sus esfuerzos en «limpiar» la tierra de la región. Han invertido veintitrés millones de euros y han contratado a setenta mil personas para remover la capa vegetal del suelo, las ramas de los árboles y otros materiales contaminados que están en las zonas habitadas y los edificios de uso público. Su objetivo es reducir la radiación a niveles que permitan a la gente regresar a sus hogares si lo desean. Pero para los animales de granja la única solución que han dado es, como en el caso de Chernóbil, el sacrificio masivo. Y para los animales de familia, perros principalmente, jaulas donde pasan sus días sin salir. Este «refugio» gubernamental, con sede en Tokio, se llama Dobutsu Kyuen Honbu, una entidad creada después del terremoto de Hanshin, en 1995, con la intención de ayudar en futuras emergencias, pero que ha sido una gran decepción para los amantes de los animales.

De modo que podemos decir que tanto en Chernóbil como en Fukushima el problema de los animales víctimas de los accidentes nucleares ha sido afrontado por personas y entidades particulares. Tenemos, por ejemplo, la Fundación Clean Futures, estadounidense, que dentro de su labor humanitaria ha incluido el proyecto Dogs of Chernobyl. Actualmente tienen mil perros. Sí, han leído bien: mil perros que están buscando un futuro mejor y que son adoptados principalmente en Estados Unidos.

También existe la Clínica Spay de Fukushima, creada por el veterinario Hiro Yamasaki, del Animal Rescue System Fund, que visita el área una vez al mes para llevar a cabo la esterilización de manera segura de los perros y gatos salvajes, y ha atendido a más de dos mil animales de manera económica y segura:

«La esterilización es la forma más práctica y humana de frenar la creciente población de animales salvajes, y la investigación respalda esto», ha declarado Hiro Yamasaki. «Lamentablemente, nuestra clínica es la única que brinda este tipo de servicio. Los veterinarios y burócratas locales no han respondido adecuadamente a la situación. Había que hacer algo».

En la misma línea trabaja la Japan Cat Network, que además se encarga de buscar familias de acogida. Esta entidad mantiene dos refugios, uno de ellos en la ciudad de Inawashiro, en Fukushima, retomando la tarea emprendida por una mujer de la localidad que terminó abrumada por el gran número de animales y la escasez de recursos para atenderlos.

Hay otro aspecto común en los dos casos más graves de accidentes nucleares. La vida salvaje parece prosperar. Cuando vemos las imágenes que nos muestran los medios de comunicación, la naturaleza parece triunfante. Desde Chernóbil nos llegan noticias de manadas de Przewalski, una subespecie de caballo salvaje que es rara y está en peligro de extinción. Se pueden ver manadas de lobos, alces, ciervos, tejones, caballos y castores. Grupos de cuervos, aves de presa e incluso grupos numerosos de cisnes que nadan en el estanque de enfriamiento radioactivo.

Aunque a simple vista todo parezca normal, equipos de investigación de diferentes universidades se han interesado por los efectos de la radiación en los animales. Un estudio del biólogo Timothy Mousseau ha demostrado que, si bien las mutaciones graves ocurrieron justo después del accidente, treinta años después los ratones tienen tasas más altas de cataratas, las poblaciones útiles de bacterias en las alas de las aves en la zona son más bajas, el albinismo parcial entre las golondrinas es más abundante y los cucos se han vuelto menos comunes.

En Japón, la Universidad Ryukyo en Okinawa realiza un estudio sobre las mariposas azules de la especie Pseudozizeeria maha y, aparte de las mutaciones severas que aparecieron tras el accidente, años después las mariposas de la zona que se alimentan con comida radioactiva mantienen las alas mucho más pequeñas y los ojos irregularmente desarrollados.

Las vacas que fueron salvadas de las órdenes gubernamentales han sido estudiadas, con visitas cada tres meses, por veterinarios y expertos en radiación de las universidades privadas de Iwate, Tokai y Kitasato, que crearon una asociación no gubernamental con este fin.

Desde antes incluso de tener una conciencia antiespecista real, me sorprendía la falta de nexo entre el movimiento que reivindica los derechos de los animales y el movimiento antinuclear. Entiendo, aunque no comparto, que desde el ecologismo tradicional -que no es antiespecista- se dé la espalda a los animales, pero no puedo comprender que quienes defendemos a los animales no estemos haciendo presión por el cierre de las centrales nucleares, oponiéndonos a los proyectos de minería de uranio a cielo abierto o a los cementerios nucleares que buscan instalarse en reservas naturales, zonas ZEPA o Parques Naturales.

Creo que esto sucede porque no tenemos suficiente información sobre cómo afecta la radiación a la vida, y sobre cómo la sociedad olvida a los animales cuando debe afrontar las consecuencias severas de los accidentes nucleares que ocurren, tal como indica su nombre, de manera imprevista, alterando la marcha normal de las cosas. Por eso me gustaría invitar desde aquí a toda la comunidad animalista a acudir al IV Foro Social Mundial Antinuclear que tendrá lugar en Madrid, porque la información es imprescindible para trazar el camino a un futuro más justo.

Anuncio publicitario

Derechos laborales, ¿para quién?

Con motivo del próximo Día Mundial del Trabajo, y al hilo de la lectura de
Los animales son parte de la clase trabajadora,
ensayo de Jason Hribal publicado por Ochodoscuatro ediciones, la autora reflexiona sobre una realidad que debemos reconocer, y actuar en consecuencia

Vertedero en el Bordo de Xochiaca (Ciudad de México), 2014. Foto: Traslosmuros.com

Estamos cercanas al 1 de mayo, un día para reivindicar la dignidad. Pero, ¿la de quién? Hasta el siglo XVIII, la gente hablaba de dignidad refiriéndose al estatus, a la posición que se ocupaba dentro de la pirámide social. Después, con Kant, comenzamos a hablar de dignidad humana: «El hombre es un fin en sí mismo, no un medio para usos de otros individuos, lo que lo convertiría en una cosa. Los seres irracionales, como los animales, pueden ser medios para, por ejemplo, la alimentación, en cambio la existencia de las personas es un valor absoluto». Y esta reflexión exitosa sienta las bases para trabajar hacia una sociedad más igualitaria entre nosotras, las personas.

Pero la idea de Kant, tal como está expresada, no resultaba cómoda para todo el mundo, ni siquiera en su época. Ya en 1640 había dado comienzo un resurgimiento del pensamiento pitagórico a través del vegetarianismo como forma de vida y el primer congreso que reflexionaba sobre «derechos para las bestias» tuvo lugar en 1796. Desde entonces, cada vez más y más personas hemos ido siendo conscientes de que la irracionalidad no es tal, y por ello asumimos una visión ecoética de nuestra forma de vida. El androcentrismo ya no nos sirve, hemos abierto la mente un poco más, aunque no lo suficiente.

Hace unos meses, justo cuando emprendía el viaje al encuentro europeo sobre ‘Carne y cambio climático’, cayeron en mis manos dos libros de Ochodoscuatro Ediciones: uno era la traducción de Los animales son parte de la clase trabajadora, de Jason Hribal; el otro, En ese sitio maldito donde reina la tristeza… Reflexiones sobre las cárceles de animales humanos y no humanos, de Asamblea Antiespecista de Madrid. Ambos me han ayudado a ordenar el desafío narrativo que es para mí la historia del trabajo y la exclusión social.

Provengo en parte de una familia de ganaderos en Asturias. Mi abuelo paterno tenía la extraña costumbre de cepillar a cada una de las vacas para leche con un cepillo para caballos, cada día del invierno. El invierno era la época en que dormían en el establo y corrían mayor riesgo de ensuciarse. Allá por el año 1975, mi padre me explicó que hacíamos esto para agradecerles que sustentaran la economía familiar. De modo que he crecido sabiendo que las vacas son parte de la clase trabajadora y que las personas que son sus jefas son las responsables de que reciban un trato mínimamente justo a cambio de todo lo que dan. Sin embargo, este trato afectuoso y cercano no me redime del uso y del abuso que durante un tiempo he hecho de tantas vidas inocentes, nacidas en cautividad.

Como lectora que soy, creo en la importancia de la denuncia narrativa, la importancia de dar testimonio. Creo en el poder de la biografía como instrumento de empoderamiento, tal como hizo Anna Sewell en 1877 cuando escribió Black Beauty para denunciar el maltrato al que eran sometidos los caballos en la Inglaterra victoriana. Su libro, lleno de sensibilidad, logró remover conciencias, que presionaron para cambiar leyes. Y esto nos lleva al núcleo mismo del problema: la sensibilidad.

Es muy frecuente escuchar la contraposición entre ciencias y humanidades, como si la razón estuviera de un lado y la emoción del otro, y poner a quienes defendemos que los animales tienen derechos del lado presuntamente más despreciable de la balanza, el lado de las emociones. Pero, ¿puede alguien vivir sin sus emociones? Las emociones son una respuesta evolutiva que nos asegura la supervivencia, y la ciencia a día de hoy tiene estudios contrastados que nos demuestran cómo las emociones rigen nuestras vidas, porque son previas y marcan nuestro razonamiento.

La ciencia demuestra también que otras especies animales, ya sean mamíferos como nosotros, o aves o peces, tienen emociones que se manifiestan en bienestar, o dolor, o ansiedad. Pueden sentir de forma física y psicológica. Por eso hablamos de bienestar animal al legislar sobre las condiciones de su cautividad, que incluyen su alimentación y su socialización (masificación o aislamiento). Gracias a la etología cognitiva se va demostrando que los animales tienen de forma continuada comportamientos inteligentes que muestran una forma de razonamiento que ofrece soluciones a los problemas que les surgen en su día a día. Son, por tanto, protagonistas de sus propias vidas.

Y por eso me parece que es hora de afrontar que hemos utilizado y seguimos utilizando mano de obra esclava, no solo de otras personas, sobre todo mujeres (la prostitución sigue siendo el mayor exponente de un infierno real para la mayoría), sino de otras especies, de las que cada vez ampliamos más el abanico.

Cuando en el siglo XVIII se inició la Revolución Industrial fue en parte gracias al cambio de mentalidad, la lógica del trabajo en cadena, la lógica del balance de perdidas y ganancias. Tendemos a pensar que la revolución industrial fue impulsada por la tecnología, pero la realidad es que la tecnología se impuso cuando se vio que era imposible para la nueva mentalidad contar con la fiabilidad de los animales.

Por ejemplo, el caballo pit pony fue desarrollado por la minería subterránea para la extracción del carbón que impulsó el tren y el transporte de mercancías (Jason Hribal). Curiosamente, en el fondo de las minas los animales y las mujeres se encontraron trabajando por la comida y el alojamiento. En 1930 la especialista en historia de las mujeres Ivy Pinchbeck publicó su estudio sobre la Revolución Industrial de Inglaterra Women Workers in the Industrial Revolution, 1750-1850 y concluyó que la liberación de las mujeres está íntimamente relacionada con este cambio de paradigma productivo.

Las mujeres recorremos desde entonces nuestro propio camino de liberación, pero no así los animales, que van pasando de una forma de explotación a otra debido a que no hemos cambiado nuestro forma de verlos y de relacionarnos con ellos: seres con entidad y vida propia en lugar de cosas.

La sociedad urbana, que es la mayoría de la población en Europa, busca de forma continua los puntos en común que tenemos con los otros animales. Nace este deseo de un mayor conocimiento de nuestra propia biología y por tanto de nuestra animalidad, pero entra en contradicción con los parámetros de la industria, que nos menosprecia argumentando que nuestro pensamiento es antropomórfico y herético. Nos acusan de ser sensibleras, y ya sabemos que menospreciar las cualidades del otro es una vieja fórmula heteropatriarcal para eludir el debate.

Nacemos y crecemos en un sistema desigual, aprendemos en nuestros primeros años a conformarnos en la desigualdad. La escuela, con su sistema de calificaciones y su énfasis en lo que es y lo que no es valioso, pone su granito de arena en el mantenimiento de nuestra visión escalonada de las relaciones y de la justicia. Pocas personas saben que lo que el cine nos muestra como un horizonte posible y que genera un debate ético acalorado, ya es realidad en la industria láctea. Hablo del semen sexado: la selección genética para determinar el sexo del feto desde la inseminación y garantizar así, de una forma más eficiente, el nacimiento de más vacas. Es un método caro, pero en las grandes granjas industrializadas resulta muy rentable.

Algunas personas me dirán que me creo cualquier cosa, pero vivo en una zona rural y sé, porque he estado allí, que cada cereza comercializada por la cooperativa de agricultores del Valle del Jerte es fotografía 24 veces por un ordenador para ser clasificada y determinar cuál será su canal de distribución. La tecnologización de nuestro mundo va mucho más allá del uso del móvil para leer el periódico. Hemos logrado hacer difícil lo fácil.

Nuestra imaginación, ese rasgo tan humano, no tiene límites en lo que se refiere al uso que hacemos de los animales. ¿Has escuchado hablar de las granjas de depredadores para proveer orina? El olor del depredador mantiene alejados a los grandes mamíferos herbívoros de las autopistas, asegurando así la seguridad de quienes circulan por la vía rápida, o de las parcelas de frutales, que son un lugar goloso para estos animales. De modo que recolector de orina es una nuevo trabajo para humanos, y la orina de coyotes, zorros y lobos se puede comprar en Amazon. Para conseguir orina en grandes cantidades y de una forma controlada se fuerza a los depredadores a beber cerveza dentro de granjas cerradas.

Por eso, en esta reflexión alrededor del día del trabajo, debo hacer una invitación a ser parte de un proyecto político de solidaridad intraespecies. Las condiciones de vida y de trabajo de todos los terrícolas deben ser parte de nuestra agenda de derechos y deberes para liberarnos.

Con la vista puesta en el Día Internacional del Trabajo, un día promovido por el movimiento obrero internacional, y desde un blog que ha elegido como título un gesto significativo, el abrazo de un hombre compasivo a un caballo víctima de una jornada de trabajo intolerable. El camino es claro. La argumentación de Hribal pone el foco en una realidad que debemos reconocer y actuar en consecuencia. Los animales son parte de la clase trabajadora.

La oveja de Galdós

Benito Pérez Galdós amaba a los animales. Era antitaurino y aparece en numerosas fotos con sus perros y gatos. Pero no solo: daba de comer a los pájaros y alimentó con biberón a Mariucha, una corderilla de la que se hizo cargo toda su vida.

«¡He tenido que pedirle al mismísimo don Segismundo Moret, ministro de Gobernación, una autorización para poder traerla!».

Así me imagino yo que entró en su casa de la madrileña calle Alberto Aguilera número 70, esquina con la calle Gaztambide, el bueno de Benito Pérez Galdós, con Mariucha en los brazos y el biberón en el bolsillo.

Me lo imagino así porque Gregorio Marañon dejó escrita la broma al recordar aquellos tiempos de su juventud en que frecuentaba a la familia canaria, en los primeros años del siglo XX. Años en que para introducir alimentos en Madrid había que pasar por el fielato (estación sanitaria y recaudatoria). Era una broma, quizás de mal gusto; no obstante, estoy segura de que, de haber sido necesario, Galdós hubiera llamado a esa puerta.

Era Galdós un hombre tranquilo de vida ordenada. Le gustaba madrugar y acostarse temprano. Le gustaba el contacto con la gente y le gustaba, sobre todas las cosas, la compañía de la infancia y de los animales. Todas las mañanas después de desayunar salía a dar un paseo en compañía de su perro, antes de encerrarse a escribir sus once cuartillas diarias, y llevaba en los bolsillos del pantalón las migas del desayuno, para compartirlas con las aves madrileñas.

Galdós aborrecía las celebraciones taurinas por el sufrimiento del toro. Y convivía con perros y gatos. Así acompañado lo vemos siempre en las fotografías. Lo que no nos suelen contar de este escritor ilustre es que tenía el corazón tan tierno que cuando diseñó su casa del Sardinero (Santander), a la que llamó ‘San Quintín’, pensó un espacio para los animales con los que compartía la vida, y plantó frutales en el jardín para asegurar alimento y refugio a los pájaros.

Y a quien detiene su mirada en esos aspectos de su vida íntima, no le cuesta imaginarlo con la corderilla en brazos, recién llegado desde Toledo, sonriendo y satisfecho por haber salvado aquella minúscula vida.

Mariucha había nacido en la finca de Sergio Novales y Sainz, joven amigo del escritor maduro. En aquella finca toledana pasaba Galdós temporadas, aprovechando para recorrer la ciudad que tanto le gustaba, pero también para pasear por el campo en compañía de los trabajadores de la explotación. ‘La Alberquilla’ era una finca agrícola modélica en su tiempo. Aún se puede visitar si pasan por la vega del Tajo, antes de llegar a la ciudad de Toledo.

Pastaba aquellos campos un rebaño de ovejas que proporcionaba lana de alta calidad para su exportación. Pero Mariucha tenía el color equivocado. No sirven las ovejas negras para hacer tejidos que se tiñen de colores. Y por eso, su destino era una vida breve, muy breve. Sin embargo, Mariucha vivió muchos y felices años, el primero de todos en el madrileño barrio de Argüelles, con la familia Pérez Galdós. El resto de su vida, en la finca que la vio nacer, ‘La Alberquilla’, cuando el escritor y sus hermanas se dieron cuenta de que un piso en Madrid no era el mejor lugar para ella. Pagó el escritor su manutención toda la vida, y como premio recibía cada primavera un mechón de lana negra, que llegaba por carta y llenaba la casa de risas y de cantos.

Cuenta Gregorio Marañon que el día en que se recibió la carta que anunciaba la muerte de Mariucha, Galdós, sus hermanas y sus tres sobrinos se lo pasaron llorando desconsoladamente. No descansó Mariucha bajo el laurel de ‘San Quintín’, que acogía entre sus ramas a Polo, Titi y Canario, perros a los que la vejez había puesto a dormir. Quizás los que hicieron escribir a Don Benito: “A mí me habla usted de soledad, que voy por el tercer perro enterrado”.