Lunes feministas de marzo, empezamos el 7

Con motivo de la celebración el 8 de marzo del Día de la Mujer, la Biblioteca Pública de Cáceres «A. Rodriguez-Moñino y María Brey» propone la creación de un grupo de debate y reflexión sobre feminismo. La actividad se plantea a modo de tertulias temáticas alrededor de textos reflexivos del feminismo que nos acercan a nuestra propia historia.

Serán charlas-coloquios para descubrir el papel de la mujer en las sociedades del pasado, del presente y del futuro, apoyándose en libros de especialistas, estudiosas y pensadoras.

Las actividades serán coordinadas por la escritora, lectora y activista, Carmen Ibarlucea.

Y se celebrarán:

  • todos los lunes de marzo en la sala Vicente Paredes (planta baja)
  • a partir de las 18:30 h
  • Aforo 15 plazas
  • entrada libre hasta completar aforo

El lunes 7 de marzo comenzaremos con la lectura «El hombre prehistórico es también una mujer» de Marylène Patou-Mathis; un acercamiento a la arqueología de género que abre una reflexión sobre los roles de la mujer en las sociedades primitivas y en el mundo en general.

No es necesario haber leído antes el libro; en las charlas se entregarán textos que servirán de punto de partida para el debate y la discusión.

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Las olvidadas

ElDiario.es

Y me acuerdo de Simone Weil, y de su conocida sentencia “El mal es ilimitado, pero no infinito. Sólo lo infinito limita lo ilimitado. (La gravedad y la gracia, 1947) 

Foto de Julie Ricard en Unsplash

Ustedes van a leer esto en los primeros días de 2022, aún con la resaca de los buenos deseos y los buenos propósitos. Sin embargo, yo escribo en los últimos días de 2021, en medio del balance vital que parece imponerse sin que pueda hacer nada por evitarlo.

No voy a generalizar porque eso está feo, y suele ser mentira. De modo que les diré que en mi caso, en los últimos años, el balance suele tener un regusto doloroso, y eso que en mi vida he superado un cáncer grado III y debería sentirme como quien alcanza la cumbre del Everest o gana el Premio Franz Kafka, cuanto menos, por el resto de mis días.

Pero es que en este balance agridulce no suelo mirar mi propia vida, supongo que por eso en el balance general me sale muy alta la cuenta de los pasivos, con las deudas y obligaciones que tengo con el mundo.

Que Desmond Tutu nos deje hace que la cuenta se incline por el lado de la memoria hacía los desafíos futuros. Ser fiel a los principios más humanos de justicia desde el afecto, mantener nuestra independencia incluso de las instituciones que abrazamos, porque es más importante la Justicia que cualquier otra consideración o lealtad.

Y me acuerdo de Simone Weil, y de su conocida sentencia “El mal es ilimitado, pero no infinito. Sólo lo infinito limita lo ilimitado.” (“La gravedad y la gracia” 1947) y me pongo manos a la obra con la mirada amorosa, y por tanto infinita, hacia el mundo.

En ese estado me alcanza una llamada, y me recuerda una guerra que no acaba, la de Siria. Y me recuerda que aún existen personas que escapando de la guerra van a parar a los campos de refugiados. La persona que me llama me habla concretamente de la situación en el Líbano, donde estas personas que no conozco pero que son tan personas como yo, viven sufriendo una precariedad que no cesa.

¿Qué balance harán de sus vidas? ¿Qué propósitos de Año Nuevo formularán? ¿Creerán aún en la bondad del Ser humano? Porque seamos sinceras, nuestro sistema es injusto y no da respuestas justas ante las emergencias de la vida. Nuestro sistema social hace aguas por el lado de las instituciones.

Consulto la prensa internacional y descubro que en 2021 se ha informado de que en los campos de refugiados “UNICEF estima que el 22 por ciento de las familias de refugiados sirios enviaron a sus hijos a trabajar y el 35 por ciento tuvo que interrumpir la educación de sus hijos.”

Descubro que el Ministerio de Educación del Líbano aplica políticas que bloquean el acceso de los niños refugiados sirios a la educación (Fuente Human Rights Watch diciembre 2021). Miles de niños refugiados sirios han estado fuera de la escuela, bloqueados por políticas que requieren registros educativos certificados, residencia legal en el Líbano y otros documentos oficiales que muchos sirios no pueden obtener.

No me voy a extender, porque ustedes estarán entrando en la última recta de la Navidad, pensando en hacer la felicidad de sus seres queridos, pensando en regalos que muestren su amor a quienes conocen bien, y pensando sobre todo en hacer feliz a la infancia que mejor conocen. Sin embargo, me voy a permitir dejarles dos propuestas diferentes, para ser mágicos en la verdad e infinitos en el amor como nos propone Simone Weil.

La primera atender la llamada de la ONG Sonrisas en Acción y hacer un donativo, por pequeño que sea, en su cuenta bancaria con el concepto “Dona Navidad” (ES42 2100 4839 5422 0012 5632) para que esa infancia que crece en la absoluta precariedad no deje de tener fe en el Ser humano, y esperanza “esta pequeña niña que atravesará los mundos”

La segunda, cargar con las deudas y obligaciones del balance sin perder la alegría. Mi regalo es recordarles que “umuntu, ngumuntu, ngabantu”, un dicho popular que se traduce como “una persona es una persona a causa de los demás”.

De seudónimos, escritoras y gente que lee

ElDiario.es

El trío de escritores y guionistas Jorge Díaz, Antonio Mercero y Agustín Martínez, que se ocultaban tras el seudónimo de Carmen Mola, en foto de archivo EFE/Quique Garcia

Supongo que a ustedes también les pasa que a veces sienten que no deben ser de este mundo. A mí me pasa mucho, la verdad, pero uno de los días que se me quedó más cara de pánfila fue después de la entrega del premio Planeta.

Y no fue por descubrir quién era Carmen Mola, sino por haberme perdido todo el proceso. Yo supe el mismo día y en orden inverso, que Carmen Mola eran tres hombres, y que llevaba años siendo super ventas ¿Una escritora que vende más de 300.000 ejemplares de su trilogía, que está traducida a 11 idiomas, que ha vendido los derechos de sus libros a la televisión y yo, que me declaro feminista, no me he enterado de nada? Y para ahondar más en la herida, tampoco sabía quien era Paloma Sánchez-Garnica, que ha quedado finalista, y que desde 2006 es, ella sí, una escritora de éxito.

Pero volvamos a mi cara de pánfila. Lo primero que supe de Carmen Mola es que la retiraban de las estanterías de Mujeres & compañía, una de mis librerías favoritas, a las que aplaudo el gesto. Y luego ya me puse a leer. No sus libros, yo solo leo novela negra si es divertida, al estilo de Beatriz Oses, o si es antiespecista, como la última de Susana Martín Gijón. Y es que está claro, que literariamente, la mayoría social y yo no compartimos los mismos gustos.

He hecho una pequeña encuesta entre mis amistades, que son muchas, y para mi tranquilidad solo una persona conocía las novelas, y aunque comenzó la primera, no fue capaz de terminarla porque atentaba contra su sensibilidad. Otra amiga me dice que no conocía nada del fenómeno editorial, pero que ahora que sabe que están escritas por tres hombres de masculinidad frágil tampoco las va a leer. Sin embargo, el mundo no piensa como mi amiga y las ventas siguen en aumento.

La aparición de los señores Carmen Mola, y las reacciones sociales, sucede en mi vida al mismo tiempo que me llega la novela “Alegría” de Miguel Ángel Carmona que ha sido Premio Ciudad de Badajoz, construida a partir del testimonio de once víctimas de violencia de género. Una novela excelente cuya lectura recomiendo encarecidamente, pero que página tras página me llevaba a preguntarme qué hubiera escrito yo de diferente, porque sinceramente de no saber que Miguel Ángel es un hombre, perfectamente la hubiera leído como fruto del trabajo de una mujer.

Además, por esos días, fui a escuchar el coloquio del Día de las Escritoras, organizado en la biblioteca de Cáceres con Laura León y Beatriz Osés, donde ésta última confiesa que ella considera que los premios literarios son el equivalente a las oposiciones, y dan la medida de tu calidad al escribir, pero que ella siempre se presenta con seudónimo masculino para que no existan prejuicios al leerla. Y me acuerdo de Joanne Rowling, a la que se le pidió allá por 1997 que añadiera una K a su nombre, para sonar más masculina y no asustar a los lectores (hombres), aún no hace 25 años.

Por eso espero que me puedan perdonar este pensamiento disidente, pero… ¿no es un signo de los nuevos tiempos más igualitarios que tres hombres heterosexuales, de probado éxito y sin presión editorial, escriban bajo un seudónimo femenino? Ya sé que dicen que en el mundo de la novela negra ahora las que triunfan son mujeres, y estos hombres se han apropiado de ese espacio ganado con tanto esfuerzo. Pero yo me siento como en el debate de las mujeres trans. Es que en el camino hacia la igualdad, me parece a mí, que lo que debe suceder es que dejemos de pelear por los cupos, y aunque a día de hoy los considero imprescindibles en muchos ámbitos, y agradezco que existan librerías que solo venden libros escritos por mujeres, porque las escritoras, sobre todo las excéntricas que no coincidimos con la mayoría social, aún necesitamos esos apoyos, también debe suceder, simultaneamente, que la linea entre sexo y género se borre, y que la utopía de ser Personas valoradas por nuestras capacidades, más allá de nuestros genitales y nuestros nombres, esté en el horizonte y pueda a veces, estar al alcance de la mano.

Para escribir esta reflexión he hecho un repaso de las listas de superventas en nuestro país. Para mi tristeza en 2020 gana de largo Arturo Pérez-Reverte, seguido de Ken Follet, aunque en la Feria del libro de Madrid el más vendido ha sido Fernando Aramburu, seguido de María Dueñas. En la literatura infantil se lleva la palma Antonio Rubio, seguido de Nick Denchfield, y en la Juvenil arrasa María Martínez que tiene el puesto uno y diez con dos de sus libros, y el dos es para R. J. Palacio (una mujer aunque su nombre no lo de a entender). Y si buscamos en ensayo, mi género favorito, nos encontramos con “La historia secreta de Jane Eyre” un estudio de John Pfordresher, seguido de “El camino hacia la no libertad” de Timothy Snyder.

En mi repaso rápido de libros superventas he puesto diez nombres, como ven siete son de hombre y tres de mujer, creo que a vista de pájaro se ve claramente que la Igualdad sigue siendo ese sistema deseable que aún parece más una señal en el horizonte que una realidad para mañana.

Si ustedes se preguntan, por pura curiosidad, cuáles de estos libros me he leído yo, debo decirles que solo he leído El pollito Pepe, de Nick Denchfield. Y es que al igual que soy una escritora de lo pequeño, soy una lectora de minorías.

Para la próxima entrega me daré el gusto de hablarles de mis libros favoritos.

NOTA final: dudo mucho que al trio masculino de Carmen Mola le importe ni un poco mi reflexión, y sé que puedo perder muchos puntos en mi carnet de feminista. Pero a fin de cuentas, ¿de qué sirve la libertad de expresión si no la ejercemos?

Aunque también es posible que mi simpatía venga dada porque han elegido llamarse Carmen, como yo. Por favor, lean esto entre risas.

Cuando amar es el problema

Publicado en ElDiario.es/Extremadura el 28 de noviembre de 2021

El pasado jueves fue 25 de noviembre, y CASI toda la sociedad se puso de acuerdo para denunciar la existencia de la llamada Violencia de Género


El pasado jueves fue 25 de noviembre, y CASI toda la sociedad se puso de acuerdo para denunciar la existencia de la llamada Violencia de Género, la violencia que ejercen los hombres contra las mujeres, y que alcanza muchas veces también a las criaturas humanas o no humanas, que son amadas por ellas.

He puesto el “casi” en mayúsculas porque la falta de consenso total me parece muy grave en este asunto, tanto como la falta de consenso social para interiorizar los Derechos Humanos como reglas de convivencia imprescindibles. A ese “casi” negacionista les recomendaría la lectura de la antología de relatos de Emilia Pardo Bazán “El encaje roto” que nos ofrece Cristina Patiño Eirín. A ver si con perspectiva histórica comprende que no es un invento. Que ya decía la autora en 1901 escribiendo para La Ilustración Artística: “Siguen a la orden del día los asesinatos de mujeres. Han aprendido los criminales que eso de la pasión es una gran defensa prevenida, y que por la pasión se sale a la calle libre y en paz, y no se descuidan en revestir de colores pasionales sus desahogos mujericidas”

Pero quiero aprovechar este espacio para reflexionar en voz alta sobre algo que vengo observando desde hace algunos años entre mis amigas que son o han sido víctimas de violencia de género. A veces una, a veces varias veces.

Vaya por delante que mis amigas son personas extraordinarias todas. Personas capaces, inteligentes y alegres. Nadie al verlas podría pensar que ellas están sufriendo o han sufrido este tipo de violencia, porque no hay nada oscuro en sus miradas.

Pero a mi, que soy de las afortunadas que no ha sentido violencia dentro de mi pareja heterosexual, me llama la atención un factor común a todas mis amigas y es la disculpa continua de sus victimarios, y el sentimiento de cuidado y protección con el que se refieren a ellos en mayor o menor medida.

A fuerza de escucharlas, y de quererlas comprender, he terminado por pensar que ellas no ven al hombre adulto. Ellas siempre están viendo al niño maltratado, humillado, sufriente. Ese niño al que la Declaración de los Derechos Humanos nos dice que debemos defender y librar de todo mal.

Hablamos muy mal del amor romántico, y no seré yo quien lo desdiga. Pero ya saben que tiendo a tener un pensamiento divergente, y me pregunto si el problema no es solo el del amor romántico, sino también el concepto de maternidad. El ser humano es el único animal que prolonga sus lazos familiares y de cuidado más allá de la infancia de su progenie. Además, somos capaces de escucharnos, de imaginar a las otras personas en su dolor. Y lo que aún no han aprendido los jueces y los Servicios Sociales, lo sabemos las personas de a pie: las heridas emocionales de la infancia son incurables. Podemos aprender a vivir con ellas, pero no somos capaces de sanarlas al cien por cien.

Sobre la violencia hacia las mujeres y porque nos acompaña desde el inicio de la civilización tengo más preguntas que respuestas. Me decía un amigo de la comunidad LGTBI (otra comunidad humana transversal que debe hacer frente a la violencia en múltiples formas) con el que conversaba sobre este común denominador de mis amigas, y me decía él que son sabías porque no es bueno vivir odiando. Y le respondía yo que las víctimas de las bandas terroristas en su mayoría no perdonan, y sin embargo las víctimas de violencia de género tienden al perdón, y se salvan muchas veces por el deseo de proteger a terceros.

Una de mis amigas tuvo su último juicio hace dos semanas. Al violento la fiscalía le pedía 9 años de cárcel. Mi amiga iba con pena, y me decía en el chat privado que mantenemos: “no quiero arruinarle la vida”. Decía eso del hombre que casi la mata en varias ocasiones. El hombre que la golpeo en el suelo estando embarazada. El hombre que le arrancó la vía en el hospital y tuvo la serenidad de llamar a las enfermeras diciendo que se había enganchado, cuando en realidad él la había tirado de la cama.

Y ella, que me ha contado todo eso con lujo de detalles, me dice que no quiere volver a verlo nunca más, pero que no le desea nada malo porque ha sido un niño muy maltratado. Un niño al que hace menos de treinta años le ataban la mano izquierda en el colegio para que escribiera con la derecha, un niño que era inquieto y revoltoso, y le daban palizas para que se estuviera quieto.

Tengo una amiga, que se libró de visitar a su padre maltratador en su primera infancia, porque tenía tanto miedo que se hacía pis y se desmayaba durante las visitas que había impuesto el juez. Ella se siente afortunada, porque sus hermanos no se hacian pis, ni se desmayaban, y crecieron viendo al maltratador.

A lo mejor mi amiga tiene razón, y la única forma de acabar con la violencia contra las mujeres es dejar de maltratar a la infancia, en todas las múltiples formas que lo hacemos. Y yo añado, que no estaría de más darle una vuelta a la forma de amar que enseñamos a nuestras niñas. Que ya está bien. Que la empatía no es patrimonio de las mujeres, y no puede ser causa de perder la vida.

«El encaje roto»de Emilia Pardo Bazán

Convidada a la boda de Micaelita Aránguiz con Bernardo de Meneses, y no habiendo podido asistir, grande fue mi sorpresa cuando supe al día siguiente —la ceremonia debía verificarse a las diez de la noche en casa de la novia— que ésta, al pie mismo del altar, al preguntarle el obispo de San Juan de Acre si recibía a Bernardo por esposo, soltó un «no» claro y enérgico; y como reiterada con extrañeza la pregunta, se repitiese la negativa, el novio, después de arrostrar un cuarto de hora la situación más ridícula del mundo, tuvo que retirarse, deshaciéndose la reunión y el enlace a la vez.

No son inauditos casos tales, y solemos leerlos en los periódicos; pero ocurren entre gente de clase humilde, de muy modesto estado, en esferas donde las conveniencias sociales no embarazan la manifestación franca y espontánea del sentimiento y de la voluntad.

Lo peculiar de la escena provocada por Micaelita era el medio ambiente en que se desarrolló. Parecíame ver el cuadro, y no podía consolarme de no haberlo contemplado por mis propios ojos. Figurábame el salón atestado, la escogida concurrencia, las señoras vestidas de seda y terciopelo, con collares de pedrería; al brazo la mantilla blanca para tocársela en el momento de la ceremonia; los hombres, con resplandecientes placas o luciendo veneras de órdenes militares en el delantero del frac; la madre de la novia, ricamente prendida, atareada, solícita, de grupo en grupo, recibiendo felicitaciones; las hermanitas, conmovidas, muy monas, de rosa la mayor, de azul la menor, ostentando los brazaletes de turquesas, regalo del cuñado futuro; el obispo que ha de bendecir la boda, alternando grave y afablemente, sonriendo, dignándose soltar chanzas urbanas o discretos elogios, mientras allá, en el fondo, se adivina el misterio del oratorio revestido de flores, una inundación de rosas blancas, desde el suelo hasta la cupulilla, donde convergen radios de rosas y de lilas como la nieve, sobre rama verde, artísticamente dispuesta, y en el altar, la efigie de la Virgen protectora de la aristocrática mansión, semioculta por una cortina de azahar, el contenido de un departamento lleno de azahar que envió de Valencia el riquísimo propietario Aránguiz, tío y padrino de la novia, que no vino en persona por viejo y achacoso —detalles que corren de boca en boca, calculándose la magnífica herencia que corresponderá a Micaelita, una esperanza más de ventura para el matrimonio, el cual irá a Valencia a pasar su luna de miel—. En un grupo de hombres me representaba al novio algo nervioso, ligeramente pálido, mordiéndose el bigote sin querer, inclinando la cabeza para contestar a las delicadas bromas y a las frases halagüeñas que le dirigen…

Y, por último, veía aparecer en el marco de la puerta que da a las habitaciones interiores una especie de aparición, la novia, cuyas facciones apenas se divisan bajo la nubecilla del tul, y que pasa haciendo crujir la seda de su traje, mientras en su pelo brilla, como sembrado de rocío, la roca antigua del aderezo nupcial… Y ya la ceremonia se organiza, la pareja avanza conducida con los padrinos, la cándida figura se arrodilla al lado de la esbelta y airosa del novio… Apíñase en primer término la familia, buscando buen sitio para ver amigos y curiosos, y entre el silencio y la respetuosa atención de los circunstantes… el obispo formula una interrogación, a la cual responde un «no» seco como un disparo, rotundo como una bala. Y —siempre con la imaginación— notaba el movimiento del novio, que se revuelve herido; el ímpetu de la madre, que se lanza para proteger y amparar a su hija; la insistencia del obispo, forma de su asombro; el estremecimiento del concurso; el ansia de la pregunta transmitida en un segundo: ¿Qué pasa? ¿Qué hay? ¿La novia se ha puesto mala? ¿Que dice «no»? Imposible… Pero ¿es seguro? ¡Qué episodio!…

Todo esto, dentro de la vida social, constituye un terrible drama. Y en el caso de Micaelita, al par que drama, fue logogrifo. Nunca llegó a saberse de cierto la causa de la súbita negativa.

Micaelita se limitaba a decir que había cambiado de opinión y que era bien libre y dueña de volverse atrás, aunque fuese al pie del ara, mientras el «sí» no hubiese partido de sus labios. Los íntimos de la casa se devanaban los sesos, emitiendo suposiciones inverosímiles. Lo indudable era que todos vieron, hasta el momento fatal, a los novios satisfechos y amarteladísimos; y las amiguitas que entraron a admirar a la novia engalanada, minutos antes del escándalo, referían que estaba loca de contento y tan ilusionada y satisfecha, que no se cambiaría por nadie. Datos eran éstos para oscurecer más el extraño enigma que por largo tiempo dio pábulo a la murmuración, irritada con el misterio y dispuesta a explicarlo desfavorablemente.

A los tres años —cuando ya casi nadie iba acordándose del sucedido de las bodas de Micaelita—, me la encontré en un balneario de moda donde su madre tomaba las aguas. No hay cosa que facilite las relaciones como la vida de balneario, y la señorita de Aránguiz se hizo tan íntima mía, que una tarde paseando hacia la iglesia, me reveló su secreto, afirmando que me permite divulgarlo, en la seguridad de que explicación tan sencilla no será creída por nadie.

—Fue la cosa más tonta… De puro tonta no quise decirla; la gente siempre atribuye los sucesos a causas profundas y trascendentales, sin reparar en que a veces nuestro destino lo fijan las niñerías, las «pequeñeces» más pequeñas… Pero son pequeñeces que significan algo, y para ciertas personas significan demasiado. Verá usted lo que pasó: y no concibo que no se enterase nadie, porque el caso ocurrió allí mismo, delante de todos; solo que no se fijaron porque fue, realmente, un decir Jesús.

Ya sabe usted que mi boda con Bernardo de Meneses parecía reunir todas las condiciones y garantías de felicidad. Además, confieso que mi novio me gustaba mucho, más que ningún hombre de los que conocía y conozco; creo que estaba enamorada de él. Lo único que sentía era no poder estudiar su carácter; algunas personas le juzgaban violento; pero yo le veía siempre cortés, deferente, blando como un guante. Y recelaba que adoptase apariencias destinadas a engañarme y a encubrir una fiera y avinagrada condición. Maldecía yo mil veces la sujeción de la mujer soltera, para la cual es imposible seguir los pasos a su novio, ahondar en la realidad y obtener informes leales, sinceros hasta la crudeza —los únicos que me tranquilizarían—. Intenté someter a varias pruebas a Bernardo, y salió bien de ellas; su conducta fue tan correcta, que llegué a creer que podía fiarle sin temor alguno mi porvenir y mi dicha.

Llegó el día de la boda. A pesar de la natural emoción, al vestirme el traje blanco reparé una vez más en el soberbio volante de encaje que lo adornaba, y era el regalo de mi novio. Había pertenecido a su familia aquel viejo Alençón auténtico, de una tercia de ancho —una maravilla—, de un dibujo exquisito, perfectamente conservado, digno del escaparate de un museo. Bernardo me lo había regalado encareciendo su valor, lo cual llegó a impacientarme, pues por mucho que el encaje valiese, mi futuro debía suponer que era poco para mí.

En aquel momento solemne, al verlo realzado por el denso raso del vestido, me pareció que la delicadísima labor significaba una promesa de ventura y que su tejido, tan frágil y a la vez tan resistente, prendía en sutiles mallas dos corazones. Este sueño me fascinaba cuando eché a andar hacia el salón, en cuya puerta me esperaba mi novio. Al precipitarme para saludarle llena de alegría por última vez, antes de pertenecerle en alma y cuerpo, el encaje se enganchó en un hierro de la puerta, con tan mala suerte, que al quererme soltar oí el ruido peculiar del desgarrón y pude ver que un jirón del magnífico adorno colgaba sobre la falda. Solo que también vi otra cosa: la cara de Bernardo, contraída y desfigurada por el enojo más vivo; sus pupilas chispeantes, su boca entreabierta ya para proferir la reconvención y la injuria… No llegó a tanto porque se encontró rodeado de gente; pero en aquel instante fugaz se alzó un telón y detrás apareció desnuda un alma.

Debí de inmutarme; por fortuna, el tul de mi velo me cubría el rostro. En mi interior algo crujía y se despedazaba, y el júbilo con que atravesé el umbral del salón se cambió en horror profundo. Bernardo se me aparecía siempre con aquella expresión de ira, dureza y menosprecio que acababa de sorprender en su rostro; esta convicción se apoderó de mí, y con ella vino otra: la de que no podía, la de que no quería entregarme a tal hombre, ni entonces, ni jamás… Y, sin embargo, fui acercándome al altar, me arrodillé, escuché las exhortaciones del obispo… Pero cuando me preguntaron, la verdad me saltó a los labios, impetuosa, terrible… Aquel «no» brotaba sin proponérmelo; me lo decía a mí propia… ¡para que lo oyesen todos!

—¿Y por qué no declaró usted el verdadero motivo, cuando tantos comentarios se hicieron?

—Lo repito: por su misma sencillez… No se hubiesen convencido jamás. Lo natural y vulgar es lo que no se admite. Preferí dejar creer que había razones de esas que llaman serias…

Pardo Bazán, Emilia. 1897 El encaje roto. Diario El Liberal

The Fall, luz sobre nuestras oscuridades

Como casi siempre en mi vida he llegado tarde a ver una serie que ahora considero imprescindible. Soy una persona que no disfruta demasiado de la intriga, ni de la temática policiaca y me resisto a ver series oscuras. Y sin embargo después de ver «The Fall» siento que es una serie que ilumina los puntos oscuros de nuestra sociedad.

Supongo que muchas de ustedes que me leen ya han visto la serie, que fue estrenada en 2013, de modo que un poco más y llego con 10 años de retraso. Tristemente las cosas no han cambiado demasiado, pese a los esfuerzos de Allan Cubitt que está magistral poniéndose en la perspectiva de las mujeres a la hora de afrontar la vida. Y también está magistral en la llamada de atención sobre los Derechos de la Infancia y las terribles consecuencias que acarrea a nuestra sociedad el maltrato infantil, tan presente en lo cotidiano que es sobrecogedor.

He leído por ahí que la tercera temporada fue un alargamiento debido al éxito obtenido, y que se hace pesada. Como suele suceder, voy a disentir. Para mí la tercera temporada es lo mejor de la serie. Cierto que no se puede desligar de las dos anteriores, pero las dos anteriores no hubieran sido suficiente, ni la serie hubiera iluminado en toda su plenitud nuestras partes más oscuras.

También he leído que acusaron a su guionista de misógnia y me he acordado de que algunas madres no quieren comprar mi cuento «Lulú y mi papá» porque dicen que es machista … Y he pensado que no puedo achacar mi fracaso como escritora a mi falta de claridad en el mensaje, lo que es un pobre consuelo, pero no deja de ser un consuelo necesario.

Quizás me hubiera gustado más una protagonista con menos tacón de aguja, quizás. Aunque al final de la serie ya se lo había perdonado todo. También es cierto que una serie de 2013 no puede ser Mare of Easttown y aún así Kate Winslet tuvo que hacer valer su fuerte personalidad a la hora de perfilar un personaje alejado del imaginario patriarcal de mujer atractiva a la par que inteligente.

Pero debo reconocerle a Gillian Anderson su capacidad para transmitir esa mirada feminista que tanta fatal nos hace. A todas las personas, obviamente, pero que se agradece sobre todo entre nosotras las mujeres. Hay una escena, en la tercera temporada, cuando ella está reunida con tres hombres de más de sesenta años, que tiene que decidir sobre si encausar o no a la esposa ( encarnada por la actriz Bronagh Waugh ) del asesino en serie, por haber mentido en un primer momento (temporada 2), y ella defiende que no pueden llevarla hasta ese extremo. Que es demasiado sufrimiento para una persona que acaba de descubrir que su tímido e introvertido, pero generoso y solidario marido y padre de sus hijos, es un asesino despiadado (encarnado por el actor Jamie Dornan). Qué si la fuerzan más, la van a romper. No lloré, pero me falto muy poco. Pensé que me hubiera gustado tenerla de mi lado en más de una reunión, y que de ahora en adelante, cuando me reúna con un montón de personas de esas que reniegan de las emociones y se dicen objetivas (que es la forma de decir a voces, que no tienes ni la más remota idea de como te han podado el ser persona hasta dejarte bajo mínimos), voy a acordarme de la detective superintendente Stella Gibson, salida del imaginario de un hombre, pero seguro que inspirada por la existencia de mujeres de su entorno. Mujeres tan fuertes como vulnerables, tan libres como encorsetadas, tan eficientes como inseguras. Absolutamente conscientes de caminar sobre una delgada cuerda floja, en la que mantener el equilibro es más fácil si eres plenamente consciente de tu mezcla imperfecta, y de tu deseo de un mundo mejor.

Y el tratamiento de la infancia en la serie es, sencillamente, magistral.

Si aún no la han visto, porque van tarde en esto de las modas, como yo, se la aconsejo de todo corazón. Si les gustan las series policiacas quizás está les va a sorprender porque sabemos desde el principio quien es el malo, y es más, sabemos como reacciona ante la búsqueda policial. Para mi, su mayor encanto es esa forma de poner el dedo en la herida, esa forma cariñosa pero firme de ponernos frente al espejo, y por supuesto, dejarnos pensando.

Feminismo y tauromaquia

Publicado en El Salto Diario

Este comienzo de marzo reúne dos eventos en nuestra región, uno que mueve a millones de personas a nivel mundial y que, según fuentes oficiales, en Extremadura ha sacado a la calle a 30.000 personas; otro que sucede, esta vez solo en nuestra región, concretamente en Olivenza, pero que marca el calendario nacional: el comienzo de la temporada taurina.

Este comienzo de marzo reúne dos eventos en nuestra región, uno que mueve a millones de personas a nivel mundial y que, según fuentes oficiales, en Extremadura ha sacado a la calle a 30.000 personas, contando solo las que se han movilizado en las principales ciudades, aunque quienes habitamos esta hermosa región sabemos que el mundo rural también se mueve con el feminismo, y que el mayor éxito de las concentraciones y manifestaciones del 8 de marzo ha sido su descentralización; y otro que sucede, esta vez solo en nuestra región, concretamente en Olivenza, pero que marca el calendario nacional: el comienzo de la temporada taurina. Este año, la afluencia de público ha copado la oferta hotelera del municipio incluso con meses de antelación.

Desde mi perspectiva personal, teniendo en cuenta que me autodefino ecofeminista antiespecista, el 8 de marzo extremeño aúna dos sucesos que se resumen así: el feminismo sale a las calles y en Olivenza torturan y dan muerte a seis toros.

Antes de venir a vivir a Extremadura, a mí la caza y la tauromaquia me quedaban mentalmente muy lejos, era algo que me parecía incorrecto, pero no había detectado cómo se suceden cíclicamente ambas actividades para no dar tregua a la violencia.

Yo he disfrutado en Cáceres de la jornada reivindicativa y me he paseado por la manifestación sacando fotografías de las pancartas y preguntando a la gentes (mujeres y hombres si atendemos a su género) si eran taurinas, y no he tenido ni una sola respuesta positiva, pero esto no es un dato estrictamente científico. Antes de salir de casa, he telefoneado a Olivenza para saber si había mucha gente este año y mi informante me ha dicho que sí, que está la villa llena, comentando, sin que yo preguntara, que quienes han llegado son mayoritariamente hombres.

Quizás hoy, cuando el movimiento feminista se ha convertido en un fenómeno de masas, algunas personas piensan que consiste simplemente en que cualquiera pueda realizar cualquier tarea. Y eso es simplificar muchísimo los objetivos de un movimiento que nació para reivindicar la dignidad.

Por eso, nuestra relación con los animales no es un tema menor dentro del feminismo, y la defensa de los derechos de los animales ha estado muy presente en la vida de las primeras feministas, y a mi juicio debe seguir estando muy presente en el movimiento hoy, dado que buscamos crear una nueva realidad, descartando los intereses y la subjetividad del patriarcado, donde seres que se autodesignan «superiores» se apropian, a través de la objetivación, de la vida de personas, animales y plantas, y hacen uso y abuso del agua, del aire y de los minerales del planeta.

Objetivar es la forma ideológica que tiene el sistema para privarte de dignidad, para usarte como si no fueras alguien capaz de sentir, alguien capaz de trazar sus propias metas de vida. Nadie ha nacido para ser asesinado, nadie ha nacido para ser maltratado de ninguna de las maneras posibles, que son muchas.

El toro de lidia es un caso paradigmático de objetivación. Una objetivación que se oculta tras la sacralización de la brutalidad y que constituye una identidad cultural y de clase. Experimenta con una raza animal cuyo “beneficio social” es que viva bajo el estrés de la selección humana, para ser torturado de cientos de formas creadas por nuestra mente, o para que muera sometido al miedo y al dolor, en pública tortura, en una plaza de la que no puede escapar. A este respecto recomiendo leer los informes de AVATMA para una mejor comprensión desde el punto de vista físico y emocional.

Desde un punto de vista feminista, la “fiesta de la tauromaquia” es un caso paradigmático de normalización de la cultura de la violencia y de la violación. Sabemos que las mujeres han sido y son acosadas, golpeadas, violadas y asesinadas de manera habitual a lo largo y ancho del planeta, y esto si uno lo mira con detenimiento es la forma en la que se desarrolla una corrida de toros. Les recomiendo ver el documental de Jaime Alekos Tauromaquia, que analiza los tres tercios de la lidia y nos hace ver que no se deja nada al azar en el maltrato sistemático y creciente, durante el ritual, al que se somete al animal. La tauromaquia normaliza la violencia que de otro modo sería un indicio de actitudes asociales. 

Dentro de las nuevas líneas de investigación y prevención del crimen, el maltrato animal es uno de los cuatro indicadores que se utilizan para evaluar futuros comportamientos violentos hacia las personas. El FBI es la institución pionera en este tipo de prevención y señala en sus informes que existe una clara correlación entre dañar animales no humanos al principio de la vida y luego dañar a los humanos.

Marisa Prudencio: “La humildad y la verdad me parecen revolucionarias”

Publicado en El Salto Diario

Hablar con Marisa Prudencio es una delicia que puede hacerte perder la noción del tiempo. Tal vez por ello, la cosa se alarga y transita de aquí para allá, saltando de su infancia a la Transición extremeña, de Mujeres Sembrando a la historia reciente de una Mérida sobrevenida rompeolas de todas las Extremaduras. 


Marisa Prudencio es, a sus 62 años, un referente en Mérida y en Extremadura. Una mujer inteligente, libre y solidaria a partes iguales. Alguien que no ha olvidado nunca de dónde viene, y que sabe que la sororidad (la solidaridad entre mujeres dentro del sistema patriarcal) es una herramienta imprescindible para liberarnos, porque mientras exista un sistema de opresión, la única forma de resistir, y a la vez crear una nueva realidad, es haciéndolo de forma colectiva. 

Cuéntame el principio, ¿quién es y de dónde viene Marisa Prudencio?
Mi madre es de Alburquerque y mi padre de Villar del Rey. De mi padre siempre recuerdo con dolor que en su DNI o en su cartilla militar ponían “de profesión bracero”, y eso me parecía muy injusto porque él hacía un trabajo cualificado, era un hombre que conocía el campo y a los animales. Sabía cuidar. Y nada de esa sabiduría se reconoce en la palabra “bracero”. A mí, que la profesión de mi padre apareciera así siempre me impactó, luego con el tiempo, cuando supe que eso significaba prestar los brazos, entendí plenamente la razón, aquella etiqueta no le hace justicia. 

Esas son mis raíces. Tanto la familia de mi padre como la familia de mi madre se dedicaban a trabajar en el campo. Su especialidad era cuidar de las ovejas y de los cerdos, que por cierto requiere toda una técnica, una especialización que mi padre conocía perfectamente. 

Háblanos de tus primeros años.
Mis padres trabajaban en el campo, en la dehesa. Mi madre se fue a Villar del Rey para tenerme en casa de mis abuelos, y a los ocho días, en cuanto estuvo medianamente recuperada del parto, se volvió a la finca  «Barrera», en el término municipal de Alburquerque, donde vivíamos. Mis primeros seis años los pasé en esa finca donde después, curiosamente, se rodó la película Los santos inocentes. Yo siempre digo que esa película es impactante, pero que no refleja toda la realidad de la servidumbre en su crudeza, y he tenido que discutir con mucha gente cuando me dicen que la película está exagerando. No, esa película es fiel a una realidad que no era de Extremadura sino de todo el Estado español, e incluso suaviza muchas cosas.

Como cosa curiosa se me ocurre comentar, porque yo tengo recuerdos de esa edad y de mi vida en la finca, lo que pasaba con los perros que eran compañeros de fatigas en el pastoreo. Eran una ayuda imprescindible en el trabajo del campo, sin embargo, cuando venían los señoritos a cazar obligaban a los pastores y a los porqueros a mantener a los perros atados durante su estancia. A mí aquello, ya con seis años, me parecía atroz porque hacían que el trabajo de la gente se volviera una sobrecarga, y negaban a los animales una vida digna junto a los humanos.

De aquel tiempo recuerdo que el comercio que llegaba a las fincas era principalmente el pan o los alimentos que no producíamos por nosotras mismas. Venía el recovero, un oficio que se ha perdido, y aunque venía cargado con todo lo que nosotros no podíamos conseguir por nuestros medios, igual se iba cargando las cosas que nosotros producíamos y otras personas necesitaban. Mi madre en concreto hacía un pan delicioso en un horno de leña que había construido mi padre, de modo que nosotros pan no comprábamos. Nuestra comida más habitual eran los garbanzos, además teníamos un huerto para la familia y gallinas que corrían por allí, a las que alimentábamos y ellas a cambio nos daban huevos.

Con aquella vida bastante autosuficiente, pero aislada, no había muchas oportunidades para acercarse a la cultura, y fue por eso que yo no aprendí a leer y a escribir bien hasta los 14 años. Cuando digo “bien” me refiero a tener una buena comprensión lectora.

De modo que ya estamos en tu adolescencia. ¿Cómo fueron esos años? ¿Cambió mucho tu vida?
Sí, a los 14 años llegué a la ciudad de Badajoz para trabajar. Entré en una casa como interna, pero podía ir a la escuela por la noche y fue en las clases nocturnas donde comencé a dominar el arte de la lecto-escritura, y también empecé el proceso de comprender el mundo en el que vivimos. Después, con 17 años, mi familia se trasladó a Mérida, porque mi padre vino a trabajar a una granja. Mi madre limpiaba por horas y yo comencé a trabajar en una fábrica de envases metálicos, un trabajo que me pareció de alguna forma liberador respecto a lo que había vivido hasta entonces. En esa época, mi hermana, que era ocho años más pequeña que yo, pudo estudiar incluso una carrera. Ella hizo magisterio con la ayuda y el apoyo de toda la familia. Lo cuento así porque, desgraciadamente para ella, mi hermana tuvo dos madres, porque, claro, con la diferencia de edad yo también ejercía una autoridad sobre ella y mi madre ha sido siempre una mujer muy, muy fuerte, con una fortaleza interior que se manifiesta incluso ahora que ya tiene 87 años y sigue viviendo sola y siendo autónoma. Así que mi hermana tuvo que aguantarnos a las dos [ríe]. 

¿Es la fábrica la que te abre los ojos a la conciencia social?
Tener un trabajo donde hay tiempos fijos, de entrada y de salida, y por lo tanto espacios personales es un gran paso. Y yo, a mí llegada a Mérida, aproveché ese espacio y me integré en una comunidad cristiana de base. Fue allí donde entre en contacto con los movimientos vecinales. La calle, el barrio y la comunidad de base son para mí una verdadera Universidad. Cuando a los catorce años aprendo a escribir y a leer, descubro que estoy llena de deseo de saber. Siempre tengo una curiosidad que es como un pozo sin fondo, y este deseo de saber que me ha acompañado toda la vida, sigue aquí.

Te estoy hablando del momento en que comienza la Transición y mi familia vive en un barrio donde la gente está empezando a organizarse. Yo había visto en mi familia que todo el mundo vivía como podía, niñas que crecían con sus abuelas y abuelos, o solo con sus madres porque se iban los hombres a trabajar a Suiza, Alemania u otras partes de Europa, esa era la realidad de mis amigas.

Mi padre siempre se negó a eso, a separar a la familia, tenía una sensibilidad especial. Esa elección, como todas, tuvo sus consecuencias. Eso suponía que al estar con ellos en el campo mi hermana y yo no tuvimos opción de estudiar, pero por otra parte, todos mis recuerdo de infancia son muy bonitos.

Marisa Prudencio mani

Cuando salgo al campo con mi pareja, a ella que es Ingeniera agrícola le asombra que yo sepa tantas cosas, y yo le respondo que mientras ella estaba en la escuela, en el instituto y en la universidad, yo estaba trabajando en el campo y teniendo todo el tiempo para mirar como los pájaros hacen sus nidos. Yo podía disfrutar de trabajar junto a mis padres y preguntarles. Gracias a eso sabía de cuánto tiempo estaba embarazada la burra y cuánto faltaba para el parto del burranquino, o las gallinas y los 21 días para que nacieran los pollitos. Y veía a mi madre preocuparse de los gatitos, y de buscar alternativas cuando a veces se quedaban sin madre y les buscaba una madre alternativa, que podría ser, por ejemplo, una perra que hubiera tenido cachorros, y criaba juntos a perritos y gatitos.

Supongo que por eso mismo, después de salir del campo, para mí dormir en una tienda de campaña es un placer, y escuchar al autillo mientras miras las estrellas ha sido siempre una de mis cosas favoritas. Algo que me hacía volver a la infancia. Ahora, con los años, me cuesta más dormir en el suelo [risas], porque luego no puedo levantarme.

Háblanos más de la comunidad de base.
En la comunidad de base me encuentro con gente muy variopinta. Entre esa gente había un cura que fue muy famoso aquí en Mérida, alguien que dejó huella en muchas personas de mi generación, Antonio Paniagua, que murió hace unos pocos años atrás. A los 22 años me caso y nos vamos a vivir a una barriada nueva, viviendas de VPO que tenían unas malas calidades que no se correspondían con lo que nos habían ofrecido. De modo que algunas gentes nos organizamos, nos responsabilizamos y formamos una asociación de vecinos en el Polígono Nueva Ciudad, en concreto en las 730 viviendas. De ahí sale un “máster” de presión social. Una noche nos encerramos en el Ayuntamiento entre quinientas o seiscientas mujeres, con nuestros hijos. Esa lucha la llevamos adelante uniendo a personas de diferentes ideologías, incluyendo a gente del Partido Comunista, y con personas como Ángel Calle, que luego fue alcalde de la ciudad con el PSOE. Gracias al encierro nos entrevistamos con el ministro de vivienda de esa época, Luis Gamir Casares, de UCD, y logramos algunas cosas.

Por la misma época, entré a trabajar en el centro de menores de Mérida, que entonces dependía del Instituto Nacional de Asistencia Social. Era el año 1982. Yo entré trabajando en la limpieza, pero a los tres o cuatro años hubo una promoción interna y participo en ella, y comienzo a trabajar en el equipo educativo con unos pequeños cursos formativos. Entonces las oposiciones no eran como son hoy, y yo estaba en el momento correcto, en el lugar adecuado, algo que agradezco porque mi vida ha transcurrido ligada a la infancia desprotegida, que es algo que me preocupa muchísimo. 

¿Ese es el trabajo que mantienes hasta ahora?
Siempre he vivido en la contradicción de estar aquí o de dejar este trabajo porque pienso una parte del tiempo que soy parte del problema, aunque por otra parte pienso que mi forma de trabajar aporta humanidad a este sistema, que no es el más adecuado pero es el que tenemos. Siempre me ha frenado para dejarlo el pensar que aunque sé que no lo voy a hacer mejor que nadie, también sé que no lo voy a hacer peor. Yo sostengo que los centros de menores no son el lugar adecuado para el desarrollo de una niña o de un niño, son como una jaula para un león. Creo, además,  que la humildad es revolucionaria, que siempre tenemos que aprender, también del niño que te dice “no me des un beso”. A mí, la humildad y la verdad me parecen revolucionarias. Por eso, cuando veo a alguien que saca pecho acerca de lo que sabe, me asusta, me preocupa y me hace alejarme de esos espacios faltos de humildad. 

Estamos hablando de los primeros años 80, del tiempo de la Transición, pero quiero situar mejor la época, que a veces se nos desfigura la memoria. En Mérida, desde 1974-75, que es cuando muere el dictador, ya hay mucho movimiento social que recorre la ciudad. Yo recuerdo que la primera vez que vi la bandera comunista en la calle fue en el entierro de Juan Canet Kolar, el abogado laboralista que murió en un accidente de tráfico muy dudoso. Iba junto a mi compañera Bienvenida Gómez Exposito, a Joaquín Macías Gómez y Francisco José Servan Fernández , en junio de 1977.

Eso era un caldo de cultivo que para mí era una ventana abierta a otros mundos posibles.
Cuando entro a trabajar en el centro de menores, la gestión la llevaba una comunidad de monjas Hijas de la caridad, que se comportaban como si aquello fuera suyo. Las nuevas trabajadoras comenzamos a denunciar las irregularidades. Obviamente, había de todo, y no todas las monjas eran igual en su capacidad de escucha, pero había demasiadas irregularidades. Afortunadamente, los centros de menores fueron de las primeras entidades cuya titularidad pasó al gobierno autonómico, y por aquel entonces muchas nos afiliamos a sindicatos. Mi padre, en esa época, ya estaba afiliado a CCOO, tras la fusión con la ORT. En esa época me presenté a las elecciones sindicales y estuve nueve años militando en el sindicato.

¿Cómo eran los menores entonces?
Durante mi tiempo de trabajo he vivido varias épocas, aunque siempre el problema es un problema de empobrecimiento, pero con diferentes matices. En los primeros tiempos llegaban niñas y niños que se habían quedado sin padres y no había familia que se hiciera cargo, pero habían tenido una vida ordenada, recibiendo cariño. Ahora, el empobrecimiento lleva aparejado un desorden psicológico que nubla la mente, que conlleva maltrato psíquico y físico. A los centros llegan los menores de los barrios limítrofes de las ciudades, donde viven siempre los empobrecidos, que están como están por la falta de reparto de la riqueza. La vida dentro de los guetos pone muy difícil salir adelante, adquirir una buena base cultural. Puedes ver que siempre vienen de familias que no participan de la vida de la comunidad, nunca están en las organizaciones políticas, sociales, sindicales u otras, y eso es porque no comprenden el mundo en el que viven.

Aunque no quiero que pensemos que el maltrato a la infancia es algo que solo se ve entre las personas empobrecidas. Yo escuchaba hace poco las declaraciones de Cayetano Luis Martínez de Irujo y Fitz-James Stuart, donde contaba cómo a los ocho años su hermano mayor le había dicho, fríamente, que su padre había enfermado, y días después, el mismo hermano le dijo “papá ya no está. Se ha ido al cielo”. Y vio el entierro de su padre por la televisión, sin que le hubieran permitido verlo, ni despedirse de él. Y tuvo que superar la muerte de su padre sin ninguna preparación y sin que la familia le aportará ningún consuelo.

Como anécdota, te contaré que en el 2012, cuando salta la noticia de que Froilán Marichalar y Borbón, que tenía 13 años, se ha disparado en un pie con una escopeta cuyo uso no estaba permitida a menores de 14, yo al llegar al trabajo les dije en broma a mis compañeras: “¿Ya habéis preparado la llegada del niño nuevo?”. Porque todas sabíamos que Servicios Sociales no iba a intervenir, pero si no hubiera sido hijo de la familia real, lo sucedido se hubiera considerado maltrato y hubiera estado con nosotras.

Pero esta sociedad todo lo mide en términos materiales, comer bien, tener una buena casa, y eso no es todo. En cambio, a una niña o un niño que entra en un centro de menores se le investiga todo, todo, todo. Se sabe de sus padres, de la madre sobre todo, cualquier mínima cosa o incidente. Se nos olvida muy a menudo que tenemos el compromiso social de atender al interés superior del menor. Esto me cabrea mucho porque es algo que se nombra mucho, pero que en nuestras administraciones es mentira. Y se nos olvida que en el momento de nacer un bebé está aportando a la sociedad y pagando impuestos, porque se compra desde antes de nacer, y solo para su uso exclusivo, ropa, pañales, muebles, etc. 

En esa época, cuando comienzas a trabajar en el centro de menores, ya eras madre ¿Cómo lo vivías?
Cuando entro a trabajar ya tenía mi hijo mayor un año, después vino mi hija. De modo que han crecido mientras cuidaba también a estas otras criaturas. Al contrario que muchas mujeres, yo siempre he querido que mis hijos crecieran, porque verlos pequeños me provoca mucha inseguridad. Luego se me dan estupendamente, pero a mi me gusta la adolescencia, me entiendo muy bien con las personas de 12 a 18 años.

El feminismo es importante para ti, ¿desde cuándo?
En el año 1993 tomo mucha conciencia de lo que es el feminismo y empiezo a ponerle nombre a muchas vivencias previas. Ese año entré en contacto con el movimiento cuando participo en una acción de Mujeres de Negro, una organización que aboga por la paz desde ahora mismo. Vamos ha hacer la paz y la vamos a hacer ahora. Mujeres de diferentes nacionalidades, serbias, croatas, musulmanas, cristianas, anarquistas… y estaban todas juntas porque su objetivo era conseguir la paz. Hacían cosas valientes, como ayudar a escapar a chicos que no querían ser soldados. Y podían hacerlo porque básicamente las mujeres somos internacionalistas, no queremos la guerra porque nosotras damos vida. Yo tenía entonces treinta y tantos años y debo decir que además fue allí donde conocí a mi compañera. Pero antes de eso veía en el sindicato que las mujeres estábamos como floreros y las grandes responsabilidades las asumían los hombres. Ahora mismo ya no estoy cercana a los sindicatos mayoritarios, pero veo con alegría que en Extremadura, en UGT y CCOO hay dos mujeres ocupando los puestos de la Secretaría General. En el caso de la secretaria general de CCOO de Extremadura, Encarna Chacón, me alegro porque además es amiga mía. Aunque mi relación con el sindicato quedó rota cuando CC OO dijo sí a la refinería.

Pero el feminismo no es algo nuevo. En realidad está arraigado en las mujeres desde la edad media o antes, porque éramos conscientes de la discriminación, de la negación de nuestros talentos, del robo de nuestra sabiduría. 

Y ahora, ¿qué tienes entre manos?
Sororidad. Hemos creado Mujeres Sembrando, una asociación que une a mujeres de diferentes nacionalidades y etnias, para remar juntas en la misma dirección. Somos un conglomerado de colores, donde todas aportamos y aprendemos las unas de las otras, sin prejuicios. Somos mujeres a las que en menor o mayor medida el capital nos maltrata y sabemos que frente a ese enemigo debemos estar unidas. Porque nos afecta como mujeres, pero además afecta a nuestras criaturas. Porque no es solo que tu no tengas para comer, o para pagar la vivienda, sino que no tienes para darle un techo o una tostada a tus hijos e hijas.

En Extremadura se tiran a la basura miles y miles de kilos de comida, mientras muchas personas pasan necesidad. Desde Mujeres Sembrando les hemos planteado a todos los grupos políticos con representación en la Asamblea la necesidad de una Ley autonómica que impida que se tire a la basura comida en buen estado. Parecida, pero mejor, que la ley que tienen en Francia desde hace dos años, que es un paso, pero que está lejos de ser realmente capaz de atajar el problema. En la asociación tenemos mujeres que trabajan en empresas de limpieza cobrando 3€ la hora, y siempre con miedo porque hoy te llaman y mañana no te llaman. Otras se han ido a trabajar a la costa, donde es verdad que hay trabajo, pero en esos lugares turísticos tienes que pagar la vivienda a precio de turista, y si vas con tus hijos, el sueldo que ganas no te da para mantenerte y mantener a tu familia.

Desde Mujeres Sembrando trabajamos mucho el problema de la vivienda, porque hay en Extremadura, y en todo el estado español, viviendas suficientes para que todas las personas tuvieran un techo, y sin embargo preferimos dejar que las viviendas se deterioren antes de abrirle la puerta a una familia sin recursos. Y quien se atreve a dar una patada en la puerta para entrar, es un delito y conlleva antecedentes penales que a la larga te dejan sin trabajo. Yo recuerdo que en el discurso de investidura de Fernández Vara como presidente de la región para la actual legislatura dijo que en esta tierra los menores no se distinguirían por la cuna donde nacieran. Esas palabras se me quedaron grabadas porque tengo una especial sensibilidad hacia la infancia. Pero estamos casi acabando y no se ha construido ni una sola vivienda social en la región.

Yo no soy una persona para participar dentro de un partido político. Soy una persona que participa activamente, pero desde la calle, y creo humildemente que la representación a través de partidos políticos ha sido un fracaso… Yo no sé muy bien cómo habría que hacerlo, pero creo que la mayoría empobrecida, con el actual sistema, no llega a estar representada en las toma de decisiones. 

¿Cuéntame cosas de Mujeres Sembrando?
Nos estamos gestando. Llevamos cuatro años y aún está todo por hacer. La Junta le cedió este local al Ayuntamiento, y el Ayuntamiento nos lo ha cedido a nosotras, un espacio dentro del centro de menores para que lo gestionemos y hagamos realidad ese Centro de Alimentación Solidario (que nos está costando la misma vida), y también queremos montar talleres de recuperación de ropa, muebles y juguetes, para autoabastecernos. Tenemos una compañera psicóloga que está haciendo entrevistas personalizadas a cada una de las socias para poder conocer las necesidades de cada caso en lo que se refiere a habilidades personales, resolución de conflictos, etc. Otras dos compañeras maestras están ayudando con formación en lectura comprensiva y otras herramientas. Somos por ahora unas 57 familias, y creciendo. Porque detrás de cada mujer hay una familia. Nosotras analizamos que había mujeres en la cola de Cruz Roja o de Caritas, pero que eran mujeres jóvenes y capaces, que deberían ser las protagonistas de su propia liberación.

Dentro de la asociación animamos a expresarse, a tomar la palabra, y también animamos a dar el paso de participar socialmente, salir a la calle, implicarse en otros ámbitos de la vida, más allá del hogar y del cuidado que son los espacios que tradicionalmente nos han dejado a las mujeres. Somos conscientes de que cada una aquí viene cargada de cultura, y una cultura que debe ser puesta en valor, pero también debe ser puesta en relación. Porque necesitamos conocernos y conocer a las demás para que cada persona pueda decidir por sí misma quién es y lo que quiere.

Nos han cedido este espacio, el espacio de las mujeres, en principio por cinco años, revisable, ya que nuestro proyecto es muy ambicioso. Queremos tener una biblioteca, queremos tener un taller de recuperación de ropa, un taller de recuperación de muebles, y muchas cosas más. 

¿Por qué con mujeres?
Decía Rosa Luxemburgo: “El socialista que no es feminista carece de amplitud. Quien es feminista y no es socialista carece de estrategia”. Yo estoy más cómoda trabajando con mujeres, mucho más que en los espacios mixtos. En los espacios solo de mujeres siento que he llegado a casa, puedo relajarme y ser yo misma. He sufrido mucho en los espacios mixtos, donde los hombres son los que se van apropiando del protagonismo y cuando te quieres dar cuenta llevan la voz cantante. Se dicen feministas y se ofenden si les llevas la contraria. Y esto no solo lo digo yo, también se lo he escuchado a otras compañeras dentro de los partidos, los sindicatos, las asociaciones, las plataformas. Entre mujeres tenemos otra manera de resolver los desacuerdos, que siempre los hay, la convivencia no es siempre una balsa de aceite, pero hemos sido educadas para comprender y nos damos la posibilidad de abrir espacios y sabemos respetar los tiempos, entendemos que lo personal también cuenta. Yo respeto y admiro a las compañeras que se mantienen en espacios mixtos, comprendo y comparto los argumentos sobre ocupar los espacios públicos en partidos políticos, sindicatos y otras instituciones, pero yo he sufrido mucho en esos espacios, teniendo que correr detrás del líder de turno, o aguantar descalificaciones por querer gestionar tomando en cuenta las distintas realidades. La competitividad y la efectividad están demasiado arraigadas y no dejan nacer una nueva realidad.

Si las mujeres tenemos que luchar por el pan, el techo y la dignidad, podemos crear espacios donde luchemos por eso, al tiempo que nos cuidamos y cuidamos de nuestras criaturas. Es mi forma de alumbrar un mundo nuevo. Sin perder tiempo en luchas internas, porque el día tiene 24 horas y dan para lo que dan.

Hemos hablado mucho de lo que haces en tu vida, pero la vida es mucho más, nos lo acabas de recordar. De pasada, a lo largo de la entrevista, a aparecido tu vida en pareja… ¿Me permites preguntar?
Bueno, tú ya sabes lo que es el amor. En realidad es sencillo [risas]. Es sencillo, pero no tanto.

Ten en cuenta que ahora tenemos diez etiquetas para clasificar nuestro modo disfrutar de nuestra sexualidad [más risas].

Ya te entiendo, aunque ahí también me pierdo mucho. Tengo 62 años ahora mismo, mi madre dice que ahora vivimos muchos años, pero mal. Pero, supongamos que a mí me quedan unos 15 años llenos de energía, no sé lo que me depara el futuro… porque yo soy divina, pero no adivina. Lo que te puedo decir es que ahora estoy bien. Soy feliz, estoy enamorada de mi pareja y no me planteo más. No me pongo etiquetas. 

Concretando, lo has vivido siempre libre y positivamente.
Sí, la verdad es que ahora ves que la gente se manifiesta afectuosamente con más libertad. Pero la verdad es que yo siempre he hecho lo que he querido. También es cierto que nadie me ha dicho nunca nada. Claro, que de haberme dicho algo se hubieran encontrado un puñado de buenas respuestas, muy firmes. Nosotras llevamos a cabo la política de los hechos consumados y nunca nos hemos encontrado ningún problema.

Al hablar de tu adolescencia, al llegar a Mérida, has comentado tu vinculación con las comunidades cristianas de base, ¿sigues conectada con la Iglesia?
Soy creyente. La espiritualidad nunca ha sido un estorbo para mi ser feminista o mi ser sindicalista. Lo que no me gusta es que se confunda espiritualidad con religiosidad. 

Hablemos de Extremadura. Tu recorrido vital está imbricado en esta región. Nos has contado que tus padres te enseñaron a conocer y respetar las naturaleza, y que eran bastante autosuficientes, pero eso es una realidad que corresponde al pasado. ¿Cómo ves el futuro?
Estamos creando una falsa realidad. Nos hablan de subida de empleo en la región, y en realidad la gente se da de baja en el SEXPE porque se va de Extremadura, y eso hace que baje el índice de paro, pero es diferente a que se creen puestos de trabajo. Ahora mismo hay empresas en nuestra región que dan de alta a sus trabajadoras dos horas diarias, cuando la realidad es que trabajan una jornada completa. De modo que desde aquí hago un llamamiento a las inspecciones de trabajo.

Hay muchos recursos que creo que estamos desperdiciando, por ejemplo tenemos una pizarrera cerrada en Villar del Rey, tenemos corcho y no lo estamos llevando a la diversificación en la oferta, tenemos una región agrícola que no está apostando por la agricultura sostenible, que es la única que pueda dar respuesta de futuro y que está ahora mismo siendo la demanda de los mercados europeos y estamos perdiendo esta oportunidad de creación de empleo digno. Y no deberíamos dormirnos, solo hay que mirar a China y ver cómo están apostando por el olivar, pero también tomar en cuenta que EE.UU, por ejemplo, afirma que el 69% de los aceites de oliva importado no cumple con los estándares internacionales de calidad. Y España es el primer productor mundial (Universidad de California, informe del Olive Center 2010).  

Hemos tomado caminos peligrosos, como albergar centrales nucleares, que ponen en peligro en cualquier momento nuestro territorio, e incluso a nuestro vecino Portugal. Lo que tengo claro es que debemos replantearnos el modelo social. La realidad es compleja y hacer justicia es un laberinto, por ejemplo ante la ocupación, soy partidaria de dar respuesta ante las necesidades y no castigos. Sin embargo, no podemos exigirle a la Junta de Extremadura que regularice las viviendas sociales que están ocupadas, porque eso crea un precedente de la ley del más fuerte. Quien tiene capacidad de dar una patada en la puerta se va a hacer con una casa mejor, y mientras otras personas que no son capaces de dar una patada en la puerta se van a ver en la calle. Necesitamos solidaridad, necesitamos dejar de lado el pensamiento individualista y empezar a preocuparnos por quien tenemos al lado. No podemos poner a los pobres en contra de los pobres. Es prioritario repartir la riqueza y, al mismo tiempo, dejar de criminalizar la pobreza.

El artículo 4 de la Declaración de los Derechos Fundamentales de la Infancia dice: “El niño debe gozar de los beneficios de la seguridad social. Tendrá derecho a crecer y desarrollarse en buena salud; con este fin deberán proporcionarse, tanto a él como a su madre, cuidados especiales, incluso atención prenatal y postnatal. El niño tendrá derecho a disfrutar de alimentación, vivienda, recreo y servicios médicos adecuados”. Claramente, y textualmente, dice que todo menor tiene “derecho a una vivienda digna junto a su madre”. Por eso yo abogo por una sociedad responsable, y creo que eso sería lo que daría verdaderamente un futuro a Extremadura.

Soy una defensora de la Renta Básica Universal. La Renta Básica que tenemos en Extremadura, que es un primer paso que valoro positivamente, es arañar la superficie del problema. Tenemos que olvidarnos del pleno empleo, eso ya no va a existir, y la RBU nos va a garantizar ese reparto de la riqueza del que hablo y que va a dar como resultado una garantía de futuro dentro de un modelo de sociedad solidario. Una RBU no resta iniciativa, las personas somos activas por naturaleza, lo que nos desactiva es que nos anulen la autoestima, que nos hagan creer que no servimos para nada.

Y también creo que no podemos mirar al futuro si hemos olvidado nuestro pasado. Hay capítulos recientes de nuestra historia que la mayor parte de nuestras hijas e hijos desconocen. Como la historia del Plan de Colonización. El tremendo sacrificio que supuso para esas familias en las que cada miembro debía aportar su parte de trabajo, sin importar la edad. Lo sé porque la mía fue una familia a la que se le negó la opción debido a que mis padres solo, y quiero recalcar solo, tenían dos hijas y eso era poca mano de obra para todo lo que había que hacer.

O la historia del Matadero de Mérida. En Mérida tenemos la avenida Fernández López, que era el director del matadero industrial provincial, que estaba aquí en Mérida. Mucha gente en la ciudad te dirá que era un mecenas. Sin embargo, la fortuna económica que se labró fue en gran parte gracias a la especulación. Por ejemplo, hizo viviendas para las trabajadoras y trabajadores, algo que parece generoso, pero el uso de esas viviendas se les descontaba de la nómina. La empresa no tenía ninguna consideración por la vida de sus trabajadoras, fueron muchas las mujeres que murieron arrolladas por el tren. El tren pasaba por la puerta del matadero, para facilitar las cargas, y para llegar al trabajo las trabajadoras tenían que atravesar el río Guadiana por el puente de hierro por el que circulaba el tren. Para quienes no lo conozcan, el puente de hierro fue diseñado por el ingeniero inglés William Finch Festherstone. Se construyó en 1883 con el mismo tipo de materiales que la Torre Eiffel de París. En aquella época había muchos más trenes circulando que ahora.

Y, por último, recordar que en Galicia hay un museo abastecido de restos romanos de Mérida, y que esos restos llegaron allí gracias a este hombre que honramos como un gran mecenas, pero al que en realidad la ciudad le dio más de lo que él nos dio a nosotras…  

Cuidar y cuidarnos

Publicado en El Salto Diario

Todas queremos lo mejor para nosotras mismas y para el resto del mundo, o al menos eso decimos. Y sin embargo nos cuesta dar los pasos correctos para salvar el clima (lo que queda aún) del calentamiento global, siendo la estabilización de las temperaturas un factor clave para poder tener un futuro. Y lo que desconocemos también, es que esa lucha nos entregará un plus de justicia al acabar con un sistema que basa su éxito en el maltrato, en el día a día de una vida aterradora para muchas criaturas.

La mayor parte de las personas no sabe que, por ejemplo, los más de mil millones y medio de vacas que viven en macrogranjas, debido a la alimentación artificial a las que son sometidas, están produciendo una gran cantidad de metano no natural, y que para el año 2030 esas emisiones habrán aumentado en un 60%. Ni sabemos que ⅔ del amoniaco lanzado a la atmósfera proviene de los gases producidos por las mismas vacas sometidas a una alimentación no natural. Hablando claro, las vacas cuando pastan no se tiran tantos pedos.

Otra de las cosas que la gran mayoría desconoce es que el cambio climático amenaza a la mitad de las especies de árboles existentes. Algo que según un estudio del Global Forest Biodiversity Initiative (GFBI) puede estimarse económicamente en una pérdida de 490.000 millones de dólares por año, cinco veces más de lo que costaría tomar medidas efectivas de conservación a escala global.

Para este estudio, los investigadores han trabajado en 777.126 parcelas, en las que han medido más de 30 millones de árboles de 8.737 especies repartidas en 44 países de todo el mundo. El área analizada en el estudio representa la mayor parte de la biomasa terrestre y pone de manifiesto que la pérdida de especies arbóreas se traduce en la reducción de la producción de madera, lo que conlleva una pérdida en la absorción de CO2 de la atmósfera.

EL CALENTAMIENTO GLOBAL PRODUCE MÁS CALENTAMIENTO GLOBAL SI NO CAMBIAMOS NUESTROS HÁBITOS

Es necesario que entendamos, y por eso les pido que se hagan eco, como lo hago yo, y que incansablemente sigan diciéndolo una y otra y otra vez, que todo cuanto sucede en esta casa común que es la biosfera, importa. Y a su vez, debemos comprender que así como a las personas nos gusta ser felices, al resto de los seres vivos también. Si defendemos la felicidad como un derecho inalienable desde un punto de vista antiespecista (y esto también incluye a las plantas) quizás logremos salvarnos y salvar.

Pasó ya el tiempo de Descartes y su legado de una lógica al margen de la lógica de la naturaleza, es obsoleta su explicación de un mundo de apariencia mecánica. Ni los animales (nosotros entre ellos), ni las plantas, somos máquinas inanimadas a las que se puede acumular o se puede aislar. La vida no se puede arreglar con un poco o un mucho de química. Ese paradigma de la revolución científica del siglo XVII ha de ser superado.

La respuesta necesaria a esta urgente situación la da el ecofeminismo, una propuesta donde se integran la teoría y la práctica que defiende la vida, y la dignidad de los seres vivos. Porque el ecofeminismo nos alienta a cuidar y a cuidarnos, reafirmando el valor y la integridad particulares de cada ente vivo, y del conjunto. Ser y ser parte.

“Pensamos que la devastación de la Tierra y de los seres que la pueblan por obra de las huestes empresariales, y la amenaza de la aniquilación nuclear por obra de las huestes militares, son preocupaciones feministas.” Ynestra King.

Y esa es la propuesta, persona a persona, de boca en boca lograr convencernos de que el amor, la compasión, la solidaridad y el cuidado deben ser, son, la base urgente de una ética global. Y que debemos estar dispuestas a desobedecer (ante la presión social que nos ridiculiza al decir estas cosas) y debemos estar dispuestas a renunciar a lo que en los últimos cincuenta años se nos ha vendido como progreso y democracia. No hay nada de lo uno, ni de lo otro en torturar animales para poder comer carne tres veces o más cada día, ni en destruir bosques para torturar plantas en monocultivos adictos al petroleo.

LAS URGENCIAS DE LA HUMANIDAD

Tenemos tres urgencias dentro de la comunidad humana: La primera entender que somos una sola raza y que habitamos un único mundo. La segunda que las poblaciones urbanas tomen conciencia de su animalidad, porque eso les hará conscientes de su fragilidad. Y la tercera que las poblaciones rurales tomemos conciencia de ser imprescindibles para la vida humana. Basta de creernos la mentira de que nuestra vida es más sacrificada y triste, pongamos fin a nuestro complejo de inferioridad frente a quien tiene un horario y no depende del sol, el viento y la lluvia.

La tarea del cuidado del aire, y del agua dulce es conjunta. La tarea de mantener la biodiversidad de los bosques o recuperar las zonas marinas muertas es urgente. Y podemos hacerlo con una correcta y perentoria gestión de residuos y a través del empoderamiento energético.

Pero para eso necesitamos una transición personal, que pasa por una transición alimentaria. Sabemos que por salud la ingesta de alimentos debe tener una proporción de 80/20 entre productos vegetales (80%) respecto a cárnicos (20%). Sabemos que para una buena salud, como mínimo debemos tomar 500 gramos de fruta y verdura al día y que comer unos 9 kg de legumbres por persona al año, es saludable y sostenible. Algo de lo que nos hemos alejado en el estado español desde la década de los 60, y a día de hoy, en un país productor como el nuestro, estamos en un consumo de sólo 3,3 kilos de legumbres por persona/año.

Cuando damos a alguien consideración moral, sencillamente tenemos en cuenta cómo ese individuo se verá afectado por nuestras acciones y omisiones. La consideración moral no debe aplicarse solamente a seres conscientes, es decisión nuestra tener consideración moral hacia los ecosistemas.

Hoy por hoy, en nuestro esquema de pensamiento damos mayor consideración moral a algunos seres sobre otros, siempre frente a nosotros. El sexismo apoya una cultura de seres vivos mercantilizados, seres que no son lo suficientemente buenos tal y como son, y se nos desmembra-exhibe-viste para satisfacer los caprichos de una clase dominante. Una idea extensamente desarrollada en el libro “La política sexual de la carne”. Una teoría crítica de la feminista vegetariana de Carol J. Adams, por si quieres saber más.

Pero, para que quede claro aquí y ahora, que esto no es parte del buenismo sensiblero del que nos suele acusar la sociedad patriarcal para desacreditar nuestro juicio, les comparto una valiosa herramienta: La Declaración de Cambridge sobre la conciencia. En el año 2012, durante una serie de conferencias sobre la conciencia en los animales humanos y no humanos, se concluyó con este comunicado público a la sociedad en el que se hacía saber que los animales no humanos tienen conciencia, porque la neurociencia al estudiar las diferentes áreas del cerebro, ha descubierto que las áreas que nos distinguen del resto de los animales no son las que producen la conciencia. Las redes emocionales y los microcircuitos cognitivos de mamíferos y aves son más homólogos de lo que se pensaba, ya que los patrones neurofisiológicos que anteriormente se pensaba requerían del neocórtex mamífero, no son la clave. Las sensaciones emotivas en seres humanos y animales no humanos surgen de redes cerebrales subcorticales homólogas, lo que sugiere que, evolutivamente, compartimos qualia: cualidades subjetivas de las experiencias individuales.

Y en esto se basa el bienestar, que es un concepto que va más allá de la salud. El bienestar requiere de la ausencia de dolor y de miedo crónico. Requiere tener la posibilidad de expresar conductas normales según la propia especie. Donald Broom, biólogo y profesor emérito de bienestar animal en la Universidad de Cambridge nos dice cómo puede medirse el bienestar en cinco ítems comprobables y contrastables: Alimentación (sin hambre, sin sed, sin desnutrición); hábitat confortable para el descanso; facilidad de movimiento; salud (sin lesiones, sin enfermedad, sin dolor); y equilibrio emocional.

En un mundo en el que las opresiones están interconectadas, la solidaridad y las luchas deben también converger. Combatir la visión androcéntrica del mundo asociada al distanciamiento emocional, la competitividad y la violencia exigen una revolución moral personal y colectiva. Y no quiero sonar grandilocuente, pero la respuesta completa la da el ecofeminismo y el momento es ahora.

Días en que no me han violado

Publicado en El Salto Diario

He vivido aproximadamente 18.885 días. Al principio, en algunos de esos días tuve que esquivar manos de profesores, manos y palabras de desconocidos y de conocidos. Afortunadamente nunca de familiares o amigos, y es triste tener que decir afortunadamente, por lo que implica de excepción.

Suelo ir de acá para allá, por el mundo, a veces sola y a veces acompañada. Sufro más el micromachismo que el machismo porque soy mi propia jefa desde hace 25 años, y eso te da una forma de estar en el mundo que, supongo, transmite autoridad.

Siempre, y con siempre quiero decir desde los cuatro años, supe que no quería ser una mujer atractiva, de esas de caminar sensual y cabellera ondulada que nos muestra la publicidad, deteniendo el tráfico. Y es que fui hija de una mujer atractiva que caminaba entre “piropos” de hombres desconocidos, como quien camina en medio de una selva enmarañada, sorteando raíces y ramas.

Sin embargo, pese a mi esfuerzo consciente por no ser una mujer que llama la atención, para poder ser más libre, más yo, y vivir menos expuesta, a los 14 años comencé a ser víctima de los piropos callejeros de hombres desconocidos, y descubrí que, pese a lo que nos cuenta el patriarcado, optar por el no atractivo no te libera del calvario cotidiano de las voces masculinas impuestas.

A los 16 años, huyendo de esas voces impúdicas que me cosificaban en “¡qué rica estás!” o “¡eres justo lo que necesito!”, una noche al final del invierno, al regresar a casa antes de las diez, tal como exigía mi padre, esquivé el camino iluminado y me adentré en una zona en construcción, sin farolas y sin personas.

Allí, a pocos metros de las voces impúdicas, pero en la absoluta soledad de una calle sin luz de Madrid, unos brazos musculosos me atraparon y un hombre, con los pantalones desabrochados, forcejeó conmigo para placarme, como en el fútbol norteamericano.

Justo el día anterior había estado leyendo un artículo (soy una lectora voraz y estoy segura de que leer salva vidas) en el que un estudio de una universidad desconocida para mí explicaba que las víctimas de violación son paralizadas por el miedo en un gran número de casos. Aquel desconocido, que esperaba acechante entre un bosque de camiones, se encontró de frente con una víctima propicia que reaccionó inopinadamente, para mi propia sorpresa. Y con la flexibilidad de los 16 años, me escurrí hacia el suelo, mientras mi propio brazo, cobrando vida propia, lanzaba un puño cerrado a la cara del atacante. Mi primer y último puñetazo, hasta hoy.

Yo, que lo había hecho todo bien. Sin maquillaje, sin ropa provocativa, sin alcohol, sin drogas, sin llegar tarde a casa, había estado a punto de convertirme en una mujer violada.

Sin embargo, no es ese momento el más violento que he vivido en mi vida. Lo verdaderamente violento fue encontrarme con aquel hombre, de entre 30 a 35 años, musculoso y en cierta forma atractivo, paseando de la mano de su esposa, acompañado de dos niños que caminaban alegres delante de sus padres.

Esa imagen de familia feliz. Con miradas divergentes, caminando uno junto a otro envueltos en sus propias soledades, me dolió y me duele porque no cesa. Descubrir esa violencia fue para mí descubrir la crueldad cotidiana que acompaña muchas vidas. La violencia que no nos abandona, y que lleva acompañándonos documentadamente desde el año 3.000 a.n.e. con el nacimiento de la escritura.

La violencia patriarcal que ha dejado su rastro en la correspondencia entre la reina Shibtu (que reinó en la ciudad de Mari entre 1775 a.n.e. – 1761 a.n.e.) y su esposo el rey Zimri-Lim, cuando él le encarga:

(…) Escoge 30 tejedoras o cuantas sean apuestas (y) atractivas, las que desde la punta del pie hasta la raíz del los cabellos no tengan ninguna imperfección (…). Da instrucciones sobre sus raciones para que no empeore su aspecto físico.(…)”Y ella acepta.

Acepta porque no se plantea que, además de reina, es mujer y persona, o porque ha integrado tanto el incipiente patriarcado que puede comerciar con sus hermanas sin sentir la degradación moral que implica. Y se va normalizando la violencia, y se va naturalizando el patriarcado que nos hace exclamar “¡pobres hombres!” y nos aconseja no ser crueles con ellos porque “si los etiquetas de violadores les vas a arruinar la vida”.

Algunas veces he escuchado expresar a hombres que han sufrido un robo en su casas, que sienten una desazón en el pecho que no los deja dormir. Que sienten que los han violado. Lo dicen así, usando la palabra violación, porque quien a entrado a robar ha invadido su espacio, ha manoseado sus cosas, ha desordenado y destrozado ese espacio íntimo que es el hogar, y esa presencia intrusa desestabiliza su equilibrio mental-emocional. Y sin embargo, cuesta mucho a la gran mayoría de la población mundial entender cómo se siente una persona que es invadida, manoseada y destrozada por otra u otras, en el espacio más íntimo y personal que podemos tener, nuestro cuerpo, el que alberga nuestra mente y nos da identidad.

Yo abracé la crianza con apego como una forma de luchar contra la violencia. Pensé que, ofreciendo a mis hijos atención y amor, en el camino que nos muestra Jean Liedloff, en El concepto del continuum tras observar durante años al pueblo Yekuana (amazonia venezolana) lograría que fueran unas personas más equilibradas y felices que yo.

Sin embargo, olvidé que quien educa realmente es la comunidad, y que para sanarnos de tanta violencia patriarcal debemos emprender juntas el camino de transformación, hacerlo unidas, y me refiero a todas las personas sin importar su género, su sexo, o su edad. Todas deben abrazar el camino de la deconstrucción, que también puede llamarse feminismo porque la clave está en ser conscientes de que lo que hay está mal, que lo que nos han enseñado está mal, y que desobedecer las normas sociales que nos hemos impuesto es lo correcto.

Y, sobre todo, que cualquier transgresión del respeto a la dignidad de cada una de nosotras sea afrontada como lo que es, violencia vergonzante.